¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero…?
Jesús comienza a anunciar lo que le lleva a Jerusalén y la previsión de lo que allí ha de suceder, como les había sucedido a todos los profetas; como estaba decidido a proclamar la Palabra de Dios por encima de todas las cosas. Jesús ve claro, porque a un profeta como él no se le escapa nada, aunque la expresión de este anuncio de su pasión se haya formulado así, después de los acontecimientos.
Pedro, como los otros discípulos, no estaba de acuerdo con Jesús, porque un Mesías no debía sufrir, según lo que siempre se había enseñado en las tradiciones judías; eso desmontaba su visión mesiánica. Entonces recibe de Jesús uno de los reproches más duros que hay en el evangelio. Jesús mirando a los que le siguen les habla de la cruz, de nuestra propia cruz, la de nuestra vida, la de nuestras miserias, que debemos saber llevarla, como él lleva su cruz de ser profeta del Reino hasta las últimas consecuencias. No es una llamada al sufrimiento ciego, sino al seguimiento verdadero, el que da identidad a los que no se acomodan a los criterios de este mundo.
Pedro quiere corregir al profeta con un mesianismo fácil, nacionalista, tradicional, religiosamente cómodo. Y Jesús le exige que se comporte como verdadero discípulo. “¡Vete! y no vengas conmigo como si fueras Satanás”; “¡quítate de mi vista!”. Pero también algunos ven el rechazo a Pedro “vete de mi vista”, semejante al de las tentaciones Mt 4,10.
La cruz es signo de lo ignominioso y de la crueldad para los hombres. Pero desde una perspectiva de “martirio”, de radicalidad y de consecuencia de vida, la cruz es el signo de la libertad suprema. No consiste en afirmar que el discípulo está llamado a sacrificarse y martirizarse como ideal supremo, porque tampoco Jesús deseó ni buscó su muerte en la cruz que le dieron, sino que le vino como consecuencia de una vida radicalmente orientada al amor y entrega a los demás. De la misma manera deben ser sus discípulos. El ideal supremo es amar la vida como don de Dios y llevarla a la plenitud.
En momentos de prueba y de aprieto, cuando irrumpe la adversidad y se hace la vida cuesta arriba, renunciamos con facilidad a la confesión de fe que habían profesado alegremente nuestros labios. Son situaciones que nos delatan la práctica religiosa, rutinaria y cómoda, a la que podemos estar acostumbrados.
El camino de Jesús, como el del profeta, es el que espera también a sus discípulos. De ahí el paciente y sinuoso camino de aprendizaje que hubo de compartir con ellos, para ir discerniendo y valorando sus motivaciones y actitudes más personales. Eran vulnerables y les aguardaban duras pruebas, momentos delicados de desorientación y de crisis. Iban a necesitar de apoyo, pero también de su implicación y fortaleza de ánimo, para no desdecirse de su vocación apostólica.
La dinámica de la fe, si quiere madurar, requiere un largo recorrido de sincera introspección y lúcido discernimiento. Apreciados hermanos volviendo a nuestra vida: ¿tiempos de crisis, acentuada por la pandemia y los diferentes huracanes?; ¿tiempos propicios para aprender a discernir y redimensionar los auténticos valores del Reino de Dios?; ¿tiempo oportuno para tomarnos el pulso y dar un salto cualitativo en el aprendizaje de la fe?
“Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierde por mí, la encontrará”. Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación, la otra a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.
Otro camino consiste en saber perder, viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien sino también el bien de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.
Jesús está hablando desde su fe en un Dios Salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una Humanidad dividida y fragmentada, donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países, su propio bienestar; los individuos, su propio interés?
Creer en Dios no es algo estático, una manera de pensar o de sentir que se conserva congelada en algún rincón interior de la persona. La fe consiste en vivir confiando en Dios, y la vida es la vida; no se congela en ningún momento; está llamada a crecer y desarrollarse. Cuando se vive ante Dios, no es posible quedarse siempre en el mismo punto. El creyente busca siempre vivir con más hondura. Repiensa las decisiones pasadas y toma otras nuevas. Trata de vivir siempre con más coherencia y dignidad. Lucha, cae, se arrepiente, vuelve a empezar.
También a nosotros el Señor nos invita a seguirle. Pero para eso debemos negarnos a nosotros mismos, a nuestras comodidades, riquezas y lujos. Dejar todo, tomar la cruz y seguirle, aunque a veces sea muy pesada y queramos tirarla, pero en el camino del seguimiento pueda llevarla. El que pierda su vida por su causa, por su misión y por su evangelio, la conservará, pero el que quiera salvar su vida alejándose de Jesús la perderá, y como decía San Antonio María Claret “De que le vale al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su vida”. De que nos vale tener todo. Todas esas cosas materiales, si con ellas no podemos hacer nada. Si no nos dignamos a ayudar a los necesitados, solo nos dignamos a vivir para nosotros. Aunque eso nos aleje de Jesús, cuando él es quien debe de reinar en nuestras vidas. Que ganemos nuestras vidas con Jesús, pues solo en él encontraremos felicidad. Pues ni tus problemas, ni tu enfermedad son más grandes que Él.
Volvamos a repetirnos, si queremos agradar a Jesús: “Niégate a ti mismo y sígueme”; ahora te pregunto ¿Estás dispuesto a todo? ¿Incluso a cambiar de vida para agradar y servir a Jesús? Sabemos que no es fácil dejarlo todo para seguirlo y hacer su voluntad, pero después en tu vida encontrarás la felicidad. Pues es él mismo, quien te la dará. Terminemos orando:
“Quiero olvidarme de mí. Para yo ser tu discípulo. Quiero cargar con mi Cruz. Así poderte seguir. No importa perder la vida, si fuera por causa tuya. Yo la puedo recobrar. De nada me serviría. Si ganara el mundo entero. Pero yo pierdo la vida. y también te pierdo a ti. La vida no tiene precio. Ni tendrás con que comprarla. Vendrá el hijo del hombre. Con la gloria de su padre. Y los ángeles también. Conforme a lo que has hecho. Tendrás una recompensa. Pero yo te aseguro que algunos no morirán. Así mismo lo verán: Nuestro Padre como rey”. Amén.

