¿CON QUÉ COMPARAREMOS EL REINO DE DIOS?
Amados de Dios, la paciencia, la confianza y la perseverancia. Son valores fundamentales para nosotros que hoy estamos llamados a comprometernos con el proyecto del reino de Dios. Pero en los últimos días vemos que, de esos valores, muchos se han perdido. No sabemos esperar, queremos todo en el momento. Y lo podemos ver en los últimos días con lo del toque de queda. Estamos ya desesperados por poder estar más tiempo en la calle, aunque esto produzca mayor riesgo en los contagios de esta enfermedad. Y, sería bueno que nos preguntemos. ¿Qué puede hacer uno ante tanto sufrimiento?
Y nos encontramos con otros que han perdido la esperanza y la confianza en Dios. Porque han esperado mucho sin ver ningún resultado de mejoría; de que las cosas van a cambiar. Por otra parte, también muchos ya se sienten cansados, y no han sido perseverantes con el paso de los años, en los proyectos, en los matrimonios, en los ejercicios para poder bajar de esa obesidad, en una carrera universitaria y en la religión,
Si nos damos cuenta, en muchos aspectos de la vida no logramos perseverar, y muchas veces queremos hacer cambios en todo. Qué hermoso sería si le agregamos a nuestras vidas el temor de Dios. En donde nos dejamos abandonar en sus brazos y podemos ser pacientes para aceptar con alegría los frutos en su momento. Esperanza para cultivar y en el momento menos esperado, ver los resultados. Confianza de que todo, con la ayuda de Dios, nos saldrá bien a pesar de nuestras dudas y dificultades.
A Jesús le preocupaba mucho que sus seguidores terminaran un día desalentados al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no obtuvieran el éxito esperado. ¿Olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Lo más importante es que no olvidasen nunca cómo han de trabajar. Con ejemplos tomados de la experiencia de los campesinos de Galilea, los anima a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con una confianza grande. Porque cuando la Buena Noticia de ese Dios penetra en una persona o en un grupo humano, allí comienza a crecer algo que a nosotros nos desborda.
En el evangelio de hoy, se nos ofrece la parábola de la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza. En la primera, la atención se centra en el dinamismo del sembrador. La semilla que se echa en la tierra y crece por sí sola. Ésta se refiere al misterio de la creación y de la redención. En el trabajo fecundo de Dios en la historia, Él es el Señor del reino. Mientras que el hombre es el humilde colaborador. El que contempla y disfruta de la acción creadora y espera pacientemente los frutos. En el mundo actual, el momento de la siembra y crecimiento de la semilla está asegurada por el Señor. Cada uno de nosotros debe hacer todo lo posible, para que lo que realice en su vida se haga acompañar por Dios. En la segunda parte, se utiliza también la imagen de la semilla, en particular el grano de mostaza que es sumamente pequeño y a pesar de su tamaño está lleno de vida. Y que, al partirse, puede brotar y es capaz de salir y crecer hasta convertirse en un arbusto fuerte.
Así es el reino de Dios en nosotros, una realidad humana pequeña. Compuesta por quien es pobre de corazón, por quien no confía sólo en su propia fuerza, sino en la fuerza del amor de Dios. Por quien no es importante a los ojos del mundo. Pero es ahí, a través de ellos que irrumpe el poder de Dios y transforma todo aquello que aparentemente es insignificante.
Hoy se nos invita a seguir trabajando en la construcción del reino, aunque a veces no veamos los frutos. El reino crece lentamente en nuestra vida, y cuando menos lo esperamos podemos ver germinar esos frutos. Hoy más que nunca debemos tener confianza y creerle a Dios, porque no somos nosotros que hacemos crecer la semilla, es él quien lo permite. Te pedimos Señor, que cada día seamos más pequeños ante ti, y que podamos dar muchos frutos y mejorar en todo.
Quizás en nuestra sociedad dominicana necesitamos aprender de nuevo a valorar las cosas pequeñas y los pequeños gestos. No nos sentimos llamados a ser héroes ni mártires cada día, -aunque hoy los mártires son los tantos médicos que se dan por los enfermos- pero a todos se nos invita a vivir poniendo un poco de dignidad en cada rincón de nuestro pequeño mundo. Un gesto amistoso al que vive desconcertado, una sonrisa acogedora a quien está solo, una señal de cercanía a quien comienza a desesperar, un rayo de pequeña alegría en un corazón agobiado, no son cosas grandes. Son pequeñas semillas del reino de Dios que todos podemos sembrar en una sociedad complicada y triste, que ha olvidado el encanto de las cosas sencillas y buenas.
El ser humano de hoy necesita educarse para la contemplación; aprender a vivir más atento a todo lo que hay de regalo en la existencia; despertar en su interior el agradecimiento y la alabanza; liberarse de la pesada «lógica de la eficacia» y abrir en su vida espacios para lo gratuito. Amigos, hemos de aprender a agradecer a tantas personas que alegran nuestra vida y no pasar de largo por tantos paisajes hechos sólo para ser contemplados. Sólo saborea la vida como gracia el que se deja querer, el que se deja sorprender por lo bueno de cada día, el que se deja agraciar, bendecir y perdonar por Dios. Porque Dios sigue sembrando en las personas inquietud, esperanza y deseos de vida más digna. Lo hace desde los testigos que viven su fe en Dios, de manera atractiva y hasta envidiable.
Al hoy San Juan XXIII se le atribuye este “decálogo”. Estas son algunas pequeñas semillas que queremos compartir con ustedes, mis queridos amigos.
- Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi existencia todo de una vez.
- Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto; no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o corregir a nadie sino a mí mismo.
- Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también.
- Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.
- Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura, recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.
- Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.
- Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer, y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.
- Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.
- Sólo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie más existiera en el mundo.
- Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.
Muchas gracias, queridos amigos. Y no olviden que, en su misterio más profundo, la vida es regalo y don. Lo gratuito nos envuelve. Y el hombre no es sólo trabajador sino también «cantor de la irradiación de Dios». Es por esta razón, queridos amigos, que el estado de ánimo más propio del creyente no es la lucha y el esfuerzo sino la admiración maravillada y el gozo agradecido.
Terminemos orando con el texto. «Jesús le dijo al gentío. Es que el reino de Dios. Se parece a un hombre. Que siembra semilla en la tierra. Pero después que la siembra. Él se duerme por la noche. Y se levanta en la mañana. Pero empieza a germinar. Va creciendo la semilla. Pero sin que nadie sepa. Pues va produciendo sola. Primero vienen los tallos. Y más luego las espigas. Y después vienen los granos. La semilla es la Palabra. Y da fruto en abundancia. La hoz es para cortar. Los frutos que hay de provecho. Hay que aprovechar la siega. Que es para recoger. Todos los frutos cortados. Pues Dios compara el reino. Con un grano de mostaza. Jesús se hizo pequeño. Así tenemos que ser. Pequeños como aquel grano. Y ser cada día mejor. Aquí estamos tus discípulos. Lo que nos vas a explicar. Sabemos que es privado. Amén».
«No te faltará el amor. Y no te faltará nada. Pues siempre estaré a tu lado. Nunca Dios se apartará. Amor tú Dios te dará. Yo quiero que vayas al cielo. Es que tu Dios así lo quiere. Sigue mis pasos hijo/a mío. El que camina conmigo. Tu Dios te puede decir. Que no te me perderías. Amén».
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

