EL VIENTO CESÓ Y SOBRE VINO UNA GRAN CALMA.
Apreciados amigos, a la hora de embarcarse en un proyecto de vida, pueden presentarse ante nuestros ojos muchas posibilidades. Pues son tantos los afanes, las preocupaciones, el trabajo, las enfermedades, la violencia, la corrupción que no se detiene en nuestro país, que causan preocupación, y muchas veces miedo, a nuestras vidas. Y esta parece naufragar en la tempestad que hoy mueve al mundo. Pero en medio de todo eso el Señor nos invita a no temer, sino a confiar en él.
Tú no estás solo, y por esa razón no debes permitir que los problemas que enfrentas día a día te quieran ahogar.
Hermanos, a Dios si le importas y puedes percibir, que aun en el silencio, él te ayuda a avanzar y a no quedarte estático; él te levanta, te impulsa. Pero es a ti a quien le toca confiar. Dios no está lejos de ti, duerme junto al timón, para que cuando nuestra fe desfallezca, cuando estemos tristes y desamparados, él tome el control para no perder la fe, ni el rumbo.
Queridos, en el silencio, la oración, la palabra, la reconciliación, la gracia, la corrección fraterna, la eucaristía, el rosario, en una buena dirección espiritual y, por qué no, en esa confianza en María, quien es el mar de nuestras vidas, para que nos lleve al camino que es su hijo Jesús.
En el evangelio de hoy Jesús sigue luchando ante aquello que se opone a la instauración del reino. Al querer ir a la otra orilla, afectando así a la fuerza del mal, de la injusticia y de la mentira, vemos que sus apóstoles, confiados en él por lo que han visto realizado, le acompañan y suben a la barca. Pero el viento les impide avanzar. Entonces ellos se llenan de miedo. Y esto es el principal enemigo de la fe. Pero ellos piden ayuda y gritan al Maestro que les tienda la mano: “Sálvanos Señor que nos hundimos”. Dejando claro en esto, que sin Jesús nada somos.
La barca en la que van Jesús y sus discípulos se ve atrapada por una de aquellas tormentas, imprevistas y furiosas, que se levantan en el lago de Galilea al atardecer de algunos días de verano. Marcos describe el episodio para despertar la fe de las comunidades cristianas que viven momentos difíciles.
Apreciados hermanos, en el texto de hoy Jesús propone tres actitudes.
1er. «Cruzar a la otra orilla». La expresión no es nada inocente. Les invita a pasar juntos en la misma barca, hacia otro mundo, más allá de lo conocido: la región pagana de la Decápolis. Esto exige salir de tus propias comunidades, para ir a buscar al otro. Es necesario que no nos acostumbremos a lo fácil, sino más bien buscar salvar a otros para que se conviertan en hermanos.
2do. «Se levantó una tormenta». De pronto se levanta un fuerte huracán y las olas rompen contra la frágil embarcación inundándola de agua. Aterrorizados, los discípulos despiertan a Jesús. No captan la confianza de Jesús en el Padre. Lo único que ven en él es una increíble falta de interés por ellos. Se les ve llenos de miedo y nerviosismo. Es en el mar donde aparece el viento y las olas que muchas veces aparecen en tu vida, a los cuales te toca enfrentar, y no debes de temer a la marea. Pero aunque tengas miedo, acuérdate que Dios está contigo en esos movimientos, y aunque parece que duerme porque no lo sientes, él es el único en el que debes confiar.
3er. «El viento cesó y vino una gran calma». Esta puede llegar cuando tú ya no sabes que hacer en medio de la desesperación y te sientes desfallecer. Entonces allí llega Dios a traer la tranquilidad que necesitas. Por eso no tengas miedo, búscalo, llámale y pídele. «Señor, ayúdame que me hundo». Y déjate abandonar en sus manos. Jesús nos puede sorprender a todos. Solo se nos pide fe. Una fe que nos libere de tantos miedos, cobardía y nos comprometa a caminar tras las huellas de Jesús.
En este tiempo de pandemia las personas están llenas de miedos. Muchos individuos están atrapados por la inseguridad, amenazados por riesgos y peligros no formulados, habitados por un miedo difuso difícil de explicar. El miedo paraliza a la persona, detiene su crecimiento, impide vivir amando. Es un miedo que anula nuestra energía interior, ahoga la creatividad, nos hace vivir de manera rígida en una actitud de continua autodefensa. Esa inquietud no resuelta, impide afrontar la vida con paz, y muchas veces conduce a una vida ajetreada y frívola para acallar la desazón interior.
Jesús nos ayuda a liberarnos de nuestros miedos y nos dice de muchas maneras. «No tengan miedo a los hombres», «no tengan miedo a los que matan el cuerpo», «no se turbe su corazón», «no sean cobardes», «no tengan miedo, ustedes valen más que los gorriones». No olvidemos en este tiempo de esta terrible enfermedad que Dios no abandona ni se desentiende de aquellos a quienes crea, sino que sostiene su vida con amor fiel, vigilante y creador. No estamos a merced del azar, el caos o la fatalidad. En el interior de la existencia está Dios, conduciendo nuestro ser hacia el bien.
Porque la fe no libera de penas y trabajos, pero enraíza al creyente en una confianza total en Dios, que expulsa el miedo a caer definitivamente bajo las fuerzas del mal. Dios es el Señor último de nuestras vidas. De ahí la invitación de la primera carta de san Pedro: «Encomienden a Dios sus preocupaciones, que él se ocupara de ustedes» (1 Pe 5, 7). Y hoy te pido Señor, quítame todo miedo, pero que sea el miedo de hundirme en el pecado, para vivir en tu gracia y lleno del Espíritu Santo.
Terminemos orando. <<Pero al atardecer. En ese mismo día. Dijo Jesús a sus discípulos. Crucemos a la otra orilla del lago. Y despidió a la gente. Se los llevó a la barca. Que era en la que él estaba. Lo acompañaba otra barca. Pero un gran temporal. Fue el que se levantó. Las olas se estrellaban. Y era contra la barca. Que se llenaba de agua. Mientras Jesús dormía en el barco. Y era sobre un cojín. Que él estaba durmiendo. Mas ellos lo despertaron. Y le decían: Maestro. ¿Es qué a ti no te importa qué nosotros nos hundamos? Él increpó al viento. Y lo mandó a callar. Y el viento cesó. Entonces vino la calma. Mas les dijo Jesús. ¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Ustedes no tienen fe? Y se llenaron de miedo. Se decían uno al otro. ¿Pues quién será este? ¿Qué hasta el viento y el mar? ¿A él le obedecen? Amén>>
<<Vive el Espíritu Santo. Que me da la fortaleza. Y me envuelve en su presencia. Que yo lo pueda sentir. Por el fuego de su amor. Que entró a mi corazón. Que feliz yo me he sentido. Porque el Espíritu Santo. Lo siento que está conmigo. No se separe de mí. Yo se que tú eres mi amigo. Amén>>.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf José Antonio Pagola.

