«EL QUE VIENE A MÍ NO PASARÁ HAMBRE, Y EL QUE CREE EN MÍ NO PASARÁ NUNCA SED». «TRABAJEN… POR EL ALIMENTO QUE PERDURA».
Queridos amados de Dios, cuántos acontecimientos están pasando en el mundo entero, de enfermedad, destrucciones, hambre, muertes masivas, destrucciones familiares, personas abandonadas, violencia, pobreza extrema, cambios bruscos en la naturaleza. Y aun así seguimos como si nada; seguimos en la vida con total normalidad e incluso hay otros que viven una vida totalmente desorganizada. Aunque ahora debiéramos de tomar conciencia, ponernos a orar y cambiar por completo nuestras vidas.
Porque no sabemos ni el día ni la hora en que nos toque presentarnos ante nuestro Padre Dios. Y más en este tiempo, donde el desafío por encontrarnos más de cerca con Él es lo que tiene que motivar y orientar nuestras vidas, nuestro camino espiritual y nuestra experiencia de fe.
El evangelista Juan va ofreciendo su visión de la fe cristiana elaborando discursos y conversaciones entre Jesús y la gente a orillas del lago de Galilea. Jesús les habla de que no trabajen por cualquier cosa, que no piensen sólo en un «alimento perecedero». Lo importante es trabajar teniendo como horizonte «la vida eterna». Hoy encontramos a Jesús que se lamenta al ver a la multitud que se aglomera. A él le cuesta ver la dureza de los corazones y que la gente se resiste a confiar en él, a pesar de recibir los muchos signos. En este texto vemos a un Jesús diferente al que estamos acostumbrados. Él reprocha a la multitud sus actitudes: “Ustedes me buscan, no por los signos, sino porque comieron hasta saciarse”.
«Creer en Jesús» es configurar la vida desde él, convencidos de que su vida fue verdadera; una vida que conduce a la vida eterna. Su manera de vivir a Dios como Padre, su forma de reaccionar siempre con misericordia, su empeño en despertar esperanza, es lo mejor que puede hacer el ser humano. Y lo más triste es que en muchas ocasiones buscamos a Jesús por intereses personales. Hoy debemos de buscar la imagen de dónde venimos. Porque la realidad es que estamos hecho a imagen y semejanza de Dios. Con capacidad de amar, y de ser amados por Dios y por los demás. Pero muchas veces dejamos pasar por alto esto.
«Creer en Jesús» es vivir y trabajar por algo último y decisivo: esforzarse por un mundo más humano y justo; hacer más real y creíble la paternidad de Dios; no olvidar a quienes corren el riesgo de ser olvidados por todos. Y hacer todo esto sabiendo que nuestro pequeño compromiso, siempre pobre y limitado, es el trabajo más humano que podemos hacer. Nos olvidamos y llenamos nuestro corazón de cosas que nos vacían de sentido y de propósito. Es ahí cuando nos llenamos de malas actitudes. Pero es el tiempo para alejar todo esto de tu vida, y poner esfuerzo en buscar al Señor y dejar brotar de lo bueno que hay en tú vida. Que eso sea lo que en estos tiempos se destaque en ti.
Es necesario confiar en los signos de los tiempos. Saber que Dios siempre está ahí para ayudar. Pero tú debes descubrir que él actúa en todo momento de tu vida y es él quien da sentido a ella. Porque él es quien te ama y te sostiene. Entonces no se trata de pedir más signos, sino de que seas capaz de descubrir los que ya han estado presentes en ti. Lo que pasa es que muchas veces tenemos el corazón en otra sintonía y peor aún, pedimos señales de Dios, pero cuando éstas no coinciden con nuestra voluntad nos enojamos o incluso le ponemos penitencia a Dios. Pero recuerda que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que ama.
Sin olvidar que la conversión es un camino y podemos ver a Jesús sufrir por la incredulidad de la multitud, pero no solamente por la generación de su tiempo, sino por la nuestra, en que muchas veces somos desagradecidos y desconfiados a la hora de acercarnos a Dios. No olvidemos que la conversión es camino de todos los días. Confiar en que el Señor es grande y más grande que tus limitaciones, que tus miedos, e incluso que tus propios pecados. Por eso te invito a confiar en él. Y pídele su gracia para que puedas transformar tu vida.
Hoy se intenta por todos los medios detener el tiempo, dar culto a la juventud y a lo joven. El hombre moderno no cree en la eternidad y, al mismo tiempo, se esfuerza por eternizar un tiempo privilegiado de su existencia. Se ha hecho, a veces, burla de los creyentes diciendo que, ante el temor a la muerte, se inventan un cielo donde proyectan inconscientemente sus deseos de eternidad. Cuando el hombre busca eternidad, busca encontrar una vida de calidad definitiva que responda plenamente a su sed de felicidad. El evangelio nos invita a «trabajar por un alimento que no perece, sino que perdura dando vida eterna». El creyente es un hombre que se preocupa de alimentar lo que en él hay de eterno, enraizando su vida en un Dios que vive para siempre y en un amor que es «más fuerte que la muerte».
La oración es la verdadera súplica a Dios y sólo puede nacer en el ser humano cuando la persona es capaz de vivir su existencia hasta el fondo. Pensemos un poco cómo se gesta la oración en el corazón humano. El ser humano es capaz de gritar: «Tengo hambre, siento miedo, deseo ser amado, estoy agobiado, me muero». Este grito es al mismo tiempo una llamada. La persona no sólo grita su necesidad. Su grito se dirige a alguien para que venga en su ayuda. El ser humano es un mendigo, y su existencia es siempre, de alguna manera, grito, llamada y petición de ayuda. El hombre necesita «salvación». Cuando la persona lo capta, su grito se hace súplica a Dios: «Desde lo hondo a ti grito, Señor; escucha mi voz» (Salmo 130, 1).
Es verdad que muchos sólo piden a Dios cosas. Pero la verdadera oración brota siempre de la «necesidad de salvación» y de la confianza total en Dios, Salvador último del ser humano: «El Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación» (Salmo 118, 14). El verdadero orante no pide a Dios cosas. Su corazón busca a Dios por sí mismo. Lo que desea es su presencia callada, amistosa y salvadora. Le pedimos «el pan de cada día» y cuanto necesitamos para vivir, pero esas peticiones concretas son expresión de nuestra necesidad de Dios. El relato de Juan nos indica que la gente seguía a Jesús porque les había dado pan hasta saciarse. Jesús les saca de su error y les habla de otro pan que «da vida al mundo». Sólo entonces brota en ellos la verdadera oración: «Señor, danos siempre de ese pan» (Juan 6, 34).
Si buscas a Dios, antes que nada, deja de temerlo. No tengas prisa. Actúa con calma. Descubre humildemente tu pobreza y necesidad de Dios. Desciende a tu corazón y llega hasta las raíces más secretas de tu vida. Quítate todas las máscaras. Te puede hacer bien buscar un lugar tranquilo y reservar un tiempo apropiado. Busca en la Biblia el libro de los salmos y comienza a recitar despacio alguno de ellos. Pronto descubrirás que los salmos reflejan tus sufrimientos y tus gozos, tus anhelos y tu búsqueda de Dios. Toma el evangelio en tus manos. Ahí encontrarás a Jesucristo: él es el verdadero camino que te llevará a Dios. Jesús te enseñará a vivir. Porque «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed». Señor, que no tenga que ver ni obras ni signos para creer en ti. Dame la gracia para venir a ti, para no tener hambre, y creer en ti para no tener sed.
Terminemos orando:
«Ni Jesús ni sus discípulos. Al ver que no estaban allí. Subió la gente a la barca. Fueron a Cafarnaún. Pero en busca de Jesús. Y cuando lo encontraron. Le preguntaron, maestro. ¿Cómo es que has venido? Y Jesús les contestó. No me buscan por los signos. Que ustedes hayan visto. Por lo que me están buscando. Es por lo que han comido. Pan hasta que se han saciado. Pues no deben trabajar. Por un día de alimento. Sino por el alimento. Que da la vida eterna. Este solo lo da Dios. Porque lo ha sellado el Padre ¿Y qué tenemos que hacer? Pues queremos trabajar. En la obra de Dios. Y Jesús les respondió. Solo tienen que creer. En aquel que lo ha enviado. Pero ellos le dijeron. ¿Qué señal tú puedes hacer? Para poder creer en ti. Pues tendríamos que verlo. Quien comió de aquel maná. Fueron los antepasados. Que estaban en el desierto. Pues dice la escritura. Que comieron pan del cielo. Mas no fue Moisés que les dio. A comer del pan del cielo. Pues el verdadero pan. Es mi Padre que lo da. Aquel que baja del cielo. Yo soy el pan que da vida. Aquel que viene a mí no tendrá hambre. Y quien cree en mí no tendrá sed jamás. Amén».
«Quisiera encontrarte. Aunque sea en la orilla. Y darte cariño. A ti mi Señor. Con toda la fuerza. De mi corazón. Me quiero saciar. Del pan que da vida. Que da fortaleza. A mi corazón. Solo tu Señor. Me la puedes dar. Llenarme por dentro. Solo de tu amor. Tú Dios te lo ha dado. Porque estás muy dentro. De mi corazón. Amén».
«Tú estás presente. En cada momento. Cuando estoy orando. Me acompañas siempre. Empiezo alabarte. Me lleno de gozo. Es lo más hermoso. Caminar contigo. Tú eres mi Padre. Y yo soy tu hijo. Llévame al cielo. Quiero estar contigo. Amén».
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola

