«YO SOY EL PAN VIVO BAJADO DEL CIELO». «NADIE VIENE A MI SI NO LO ATRAE EL PADRE».
En el evangelio nos volvemos a encontrar con Jesús que se ofrece como alimento de Salvación. Según el relato de Juan, Jesús repite cada vez, de manera más abierta, que viene de Dios para ofrecer a todos un alimento que da vida eterna. La gente no puede seguir escuchando algo tan escandaloso sin reaccionar. Conocen a sus padres. ¿Cómo puede decir que viene de Dios? Y vemos que para él no fue fácil ver que lo seguían solo por interés. Por eso les habla con claridad y les dice: yo soy el pan de vida. El alimento que merece la pena, la auténtica fuerza que hace posible caminar sin equivocarse, que posibilita la libertad. Estas afirmaciones provocaron que algunos le dejaran de seguir. Pero él va explicando lo que cada uno de nosotros debemos hacer, especifica lo que Dios quiere que hagamos. “Que creamos en él”, que adquiramos la fe que es un don de Dios.
En el contexto, la multitud que ante los signos de Jesús quieren aclamarlo rey. No lo acogen como “enviado de Dios”. Por eso, en este texto Jesús dirige su palabra a esa gente que se mantiene siguiéndole por la multiplicación de los panes. Pero él se les presenta a sí mismo como el pan de vida, el pan bajado del cielo. Cristo es la palabra personal de Dios, palabra que se comunica, se nos da a través del amor. Por eso, él se da a través de ese pan de vida que ha bajado del cielo.
Jesús no responde a sus objeciones. Va directamente a la raíz de su incredulidad: “No sigan murmurando”. Es un error resistirse a la novedad radical de su persona, obstinándose en pensar que ya saben todo acerca de su verdadera identidad. Queriendo dejar claro que el camino que nos lleva a la vida eterna es el de su seguimiento. El pan y vino consagrado se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor. Y estos son una muestra del amor que Dios nos tiene. Y es a la vez el alimento espiritual que repara nuestras fuerzas en el combate de nuestros pecados y debilidades.
Jesús presupone que nadie puede creer en él si no se siente atraído por su persona. Tengamos presente que Jesús, a través de su palabra transmite vida. Por eso se nos invita a escucharla y compartirla. Y a que acojamos su cuerpo a través de la eucaristía, ya sea de forma física o espiritual. Ya que nos sirve de sustento, sabiendo que a través de esto podemos adquirir la confianza y seguridad necesaria para continuar. La fe y la confianza se despiertan en nosotros cuando nos sentimos atraídos por alguien que nos hace bien y nos ayuda a vivir.
Cuando Jesús dice: “Yo soy el pan de vida”. Nos está diciendo que nos alimentamos con el amor de Cristo, nos identificamos con sus sentimientos y actitudes que son de acogida y de entrega. Que hoy sepamos acoger con alegría esta invitación que Jesús nos hace y que, al recibirlo en nuestras vidas, lo hagamos con gozo y de una forma intima, de profunda entrega. Para así mantenernos unidos y podamos adquirir la vida eterna. Por eso hemos de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos conducir por él hacia Jesús. Dejarnos enseñar dócilmente por ese Padre, Creador de la vida y Amigo del ser humano: “Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza me acepta a mí”.
Jesús nos ofrece la vida y tenemos que estar bien dispuestos para acogerla. Señor Jesús, permítenos abrir nuestro corazón, y que podamos recibirte como alimento que no perece, y que nos podamos sentir movidos por tú amor. Las palabras de Jesús nos invitan a vivir una experiencia diferente. La conciencia no es solo el lugar recóndito y privilegiado en el que podemos escuchar la Ley de Dios. Si en lo íntimo de nuestro ser, nos sentimos atraídos por lo bueno, lo hermoso, lo noble, lo que hace bien al ser humano, lo que construye un mundo mejor, fácilmente nos sentiremos invitados por Dios a sintonizar con Jesús.
En Jesucristo podemos alimentarnos de una fuerza, una luz, una esperanza, un aliento vital… que vienen del misterio mismo de Dios, el Creador de la vida. Jesús es «el pan de la vida». Hoy quizás sea ésta nuestra mayor tragedia: Estamos arrojando a Dios de nuestro corazón. Nos resistimos a escuchar su llamada. Nos ocultamos a su mirada amorosa. Preferimos «otros dioses» con quienes vivir de manera más cómoda y menos responsable. No olvidemos que, sin Dios en el corazón, quedamos como perdidos. Ya no sabemos de dónde venimos y hacia dónde vamos. No reconocemos qué es lo esencial y qué lo poco importante. Nos cansamos buscando seguridad y paz, pero nuestro corazón sigue inquieto e inseguro.
Se nos ha olvidado que la paz, la verdad y el amor se despiertan en nosotros cuando nos dejamos guiar por Dios. Todo cobra entonces nueva luz. Todo se empieza a ver de otra manera más amable y esperanzada. En este tiempo de pandemia el enfermo necesita los cuidados sanitarios que aseguren su mejor calidad de vida, pero también puede necesitar ayuda para curar heridas del pasado, para enfrentarse con serenidad a sentimientos oscuros de culpabilidad, para reconciliarse consigo mismo y con Dios, para despedirse de este mundo con paz. Es el momento de atender a sus demandas más hondas: ¿Cómo se siente interiormente?, ¿A quién quiere tener cerca?, ¿Cómo le podemos ayudar mejor?, ¿Desea algo más? Cuánto ayuda entonces poder hablar con fe y desde la fe. Poder sugerir al enfermo con palabras y gestos sencillos, la ternura y la bondad de Dios que nos espera y acoge al final de la vida con amor insondable de Padre. Entonces, tal vez, escuchemos con más hondura las palabras de Jesús: «Se los aseguro: el que cree tiene vida eterna».
Esta vida eterna se trata de una vida de profundidad y calidad nuevas, una vida que pertenece al mundo definitivo. Una vida plena, que va más allá de nosotros mismos, porque es ya una participación en la vida misma de Dios. Pero no se trata de amar porque nos han dicho que amemos, sino porque nos sentimos radicalmente amados. Y porque creemos cada vez con más firmeza que «nuestra vida está oculta con Cristo en Dios».
Ciertamente, hay una vida, una plenitud, un dinamismo, una libertad, una ternura que «el mundo no puede dar». Sólo lo descubre quien acierta a enraizar su vida en Jesucristo. Él Dios compasivo en el que creyó Jesús no conduce nunca a actitudes excluyentes de desprecio, intolerancia o rechazo, sino que atrae hacia una vida de acogida y hospitalidad, de respeto y de perdón. No nos hemos de engañar. De Dios no se aprende a vivir de cualquier manera. Él sólo enseña a amar. Señor, dame la gracia de ser compasivo con el que sufre y compartir con ellos lo que tú me das. Señor, te voy a pedir que siempre me des del pan que no da hambre, pero que me des la gracia de llenarme de ti.
Terminemos orando:
«Yo quiero comer. Del pan que tú das. Que tienes contigo. Y es del Señor. Que sacia a tus hijos. Lo que quiere Dios. Que vivan unidos. Que caminen juntos. El mismo camino. Así llegarán. Al cielo unidos. Y van a gozar. Para toda la vida. Amén».
«Señor yo quisiera entrar. A esa hermosa morada. Que tú tienes preparada. A tus hijos de la tierra. Pues Dios quiere que tu entres. Y goces toda la vida. Junto con Dios en el cielo. Amén».
«Si tuviera mucha fe. Cómo podría dudar. Solo quisiera confiar. Y creer en ti Señor. Cuando yo te pido a ti. Tú me respondes Dios mío. Es tan grande la alegría. Que queda en mi corazón. Ya no dudaré Señor. Porque mi Dios vivirá. Dentro de mi corazón. Amén».
«Que crezca la fe. En mi corazón. Lo que yo te pida. Tú me lo concedas. Y lo que tú puedas. Si es tú voluntad. Querido Señor. La fe que tú has puesto. Muy dentro de mí. No hay nada más grande. Que creer en ti. Por eso Dios mío. Me siento feliz. Porque yo te siento. Muy cerca de mí. Amén».
«Si tu das tu vida. Por aquel hermano. Dios está a tu lado. No te dejaría. Tu vida hijo mío. Tú la ganarías. Con los brazos abiertos. Dios te esperaría. Entrarás en el reino. Por toda tu vida. Amén».
«Quiero que me des. La gracia Señor. De compadecerme. Del necesitado. Con todo el amor. Lo tengo a mi lado. Que le pueda dar. De lo que me has dado. En ellos tú estás. Son tus hijos amados. En los que más sufren. Dios está a su lado. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

