«EL HIJO DEL HOMBRE VA A SER ENTREGADO… EL QUE QUIERA SER EL PRIMERO, QUE SEA EL SERVIDOR DE TODOS».
Apreciados amigos, camino de Jerusalén, Jesús sigue instruyendo a sus discípulos sobre el final que le espera. Insiste una vez más en que será entregado en manos de los hombres y estos lo matarán, pero Dios lo resucitará. Marcos dice que “no entendían lo que les quería decir, pero les daba miedo preguntarle”. No es difícil adivinar en estas palabras, la pobreza de muchos cristianos de todos los tiempos. No entendemos a Jesús y nos da miedo ahondar en su mensaje.
Jesús predice su muerte por segunda vez, aunque en esta ocasión acompañado del anuncio de su resurrección, esto trae tristeza a sus discípulos, porque se han quedado con ese anuncio de muerte que Jesús les ha comunicado. Y es justo esa la espiritualidad cristiana que a lo largo de la historia se ha fijado más en la muerte que en la resurrección, en el dolor y en el fracaso que en la alegría y el triunfo. Se impone así lo evidente sobre aquello que nos acerca a la fe. De ahí puede derivar una espiritualidad triste, derrotada y resignada. Le da entrada más al dolor que al amor manifestado por Cristo en la cruz.
Muchos de nosotros también necesitamos ahora que Jesús salga a nuestro encuentro para animarnos a continuar. Aun en medio de las pruebas o incluso de la muerte que hoy tanto nos acecha, nos abre y brinda amor para darlo a los demás.
Sé que hoy en día el miedo, la angustia, la depresión, la inseguridad, la falta de confianza nos arropa. Y es una situación que a todos nos afecta a causa de la situación que el mundo está viviendo, que hasta en nuestra propia casa no nos hemos sentido seguros. Nos hemos enfermado psicológicamente, nos hemos vuelto prisioneros en nuestro propio espacio, nos hemos alejado incluso hasta de Dios, porque no le dedicamos tiempo ni espacio, ni siquiera para la oración.
Y hoy es el momento propicio para presentar tu corazón, para presentar todo eso que te aqueja y ponerlo en manos del único que te puede ayudar. Deposita en él tus miedos y también tus problemas que a diario te aquejan. Pues él contigo quiere estar. Pero necesita que tu corazón esté dispuesto para él poderse quedar.
Apreciados hermanos, el día de hoy es propicio para sentirnos agradecidos porque a pesar de todo nos hemos levantado y hemos podido disponer de nuestro tiempo para acercarnos más a Dios a través de la oración o a través de la lectura de este Boletín Parroquial y a través de los acontecimientos de la vida, y es bueno que te preguntes ¿Puedes tú dar testimonio de lo que Dios ha hecho en tu vida?
Muchas veces dentro de nuestro seguimiento a Jesús nos hemos encontrado con personas que nos aprecian y otras que no. Pero cuántas personas hay que dicen seguir a Jesús, pero no dan testimonio con su vida y causan críticas y escándalos. Por su forma de ser y de actuar hacen que los rechacen y no los quieran a su lado. Y ese tipo de personas no es el que busca agradar a Dios, sino a sí mismos, pero alejan a los demás de tu lado y, no logras el objetivo de ese servicio referido a Dios.
Hoy Jesús nos muestra cómo el ser discípulo suyo no es camino fácil porque tiene mucho tropiezo. Debemos de tener claro que nuestra recompensa no está en la tierra, sino en el cielo. Y todo por causa de la verdad en este caminar. Sólo necesitamos mirar a tantos que ya han pasado por eso que Jesús anunció. Persecuciones, encarcelamientos e incluso hasta la muerte. Es el caso de muchos mártires y algunas personas ejemplares que donaron su vida por defender la verdad. Tenemos ejemplos en nuestro país y menciono algunos de ellos. Las Hermanas Mirabal, Narciso González (Narcisazo), Junior Ramírez, entre tantos hombres y mujeres que han luchado por la verdad y la justicia.
Solo el Señor puede darnos la gracia de mantenernos firmes en la fe ante las persecuciones y las dificultades de la vida. Por eso debemos de estar preparados para cuando lleguen estos momentos de pruebas, dolor, sufrimientos, dificultades, enfermedades, desilusiones que muchas veces nos llevan a dudar de la presencia de Dios, de nuestra fidelidad, incluso de nuestro seguimiento. Por eso debemos confiar en ese Padre de amor y de misericordia. Debemos dejarnos transformar por la experiencia y vida de Jesús. Para poder seguirle profundamente y hacerlo con un corazón dispuesto y entregado. Sabemos que se debe pasar por las pruebas y el sufrimiento, aunque al final tendremos una vida eterna.
Que esta parte del texto nos permita no tener miedo sino confianza en Jesús quien ha entregado su vida para salvarnos. Quiero hacerte hoy las siguientes preguntas. ¿Cómo enfrentas tus miedos? ¿Eres tú capaz de entender el plan salvífico de Dios? ¿Está Dios hoy presente en cada acontecimiento de tú vida? Que hoy puedas tu sentir el poder del Dios que todo lo puede en cada acontecimiento de tú vida y lo puedas enfrentar con esa fuerza que solo viene de él. Señor, que nunca sienta miedo, mejor dame sabiduría para entender tu palabra y explicarla a los demás.
En la segunda parte de este evangelio nos encontramos con el tema de quién es el más importante. Y hermanos, las batallas son fuertes y todo este tiempo que han pasado encerrados en sus casas y sintiéndose abandonados, a muchos no les ha servido de nada. Porque en sus vidas nada ha cambiado. Nos sentimos más importantes, que somos mejores, y maltratamos y humillamos al que está a nuestro lado; aquel que no tiene nada y que es para nosotros pequeño porque para ti no es importante.
Y hoy yo les digo: el que es más grande en el reino de los cielos debe de hacerse como un niño. Porque un niño ama, perdona, no juzga, no maltrata, no condena; un niño se entrega y se da. El reino de Dios no se adquiere por tus propias fuerzas. Es un don que se recibe con la sencillez y el agradecimiento de un niño. Para Dios, pequeños no son solos los niños, sino todas las personas humildes y sencillas que, desde su pequeñez, desde su vida, han optado por seguir a Dios con total entrega.
En el día de hoy nos importa mucho el qué dirán, cómo me veo, nos gusta que nos reconozcan y sobresalir en todo lo que hacemos. Y muchas de las cosas que hacemos son para aparentar. Pero cuán diferente sería si lo hiciéramos para agradar a Dios. Y sentir que lo que hacemos es para ayudar a muchos que hoy se encuentran abandonados y sin nada que hacer, que incluso necesitan una palabra de aliento y un mensaje de esperanza. Donde ellos entiendan que van a estar bien a pesar de lo que están pasando.
También en esta segunda parte del evangelio se nos muestra una discusión entre los discípulos sobre quién era el más grande entre ellos. Y eso pasa en nuestra vida cotidiana; todos queremos formar parte de algún grupo, pero ser reconocidos y aprobados por todos. Y qué difícil es mantener la sencillez, la humildad y pasar desapercibidos en una sociedad tan competitiva como la nuestra. A muchos nos gustan los acontecimientos, el aparentar, los prestigios, los ascensos, los incentivos y la promoción.
Así como les pasó a los discípulos por ver quién es el más importante entre ellos. Ahí podemos notar que las raíces humanas son iguales para todos. Es importante reconocer nuestra historia e iluminar tantas zonas oscuras para liberar tantos miedos que nos acompañan. Para así disfrutar la sencillez, la alegría, el amor, la ternura, la sinceridad, la inocencia, la transparencia porque no tienen malicia.
Para Jesús el más importante es el que sirve, alejado de la arrogancia y se complace en tener un corazón dispuesto, pobre y humilde para gozar de las cosas de la vida con la alegría y la paz de los niños. Tenemos que aprender de Jesús a ser acogedores de todos, en especial de aquel que es excluido y marginado de la sociedad por no tener poder y no ser importante en la sociedad. Que el Señor nos conceda la gracia de tener un corazón abierto y dispuesto para la acogida y el servicio al próximo. Señor, tómame como tomaste a ese niño y lo pusiste a tú lado, así quiero que me pongas a mí y que cada día sea más pequeño y pueda ofenderte menos.
Terminemos orando.
«No crean que yo estoy lejos. De ustedes yo estoy muy cerca. De lo que hacen me doy cuenta. Su tiempo es para orar. Yo no me puedo quejar. Yo sé que ustedes me aman. Así los amo yo a ustedes. Como se mueve su amor. Dentro de su corazón. Por su Padre que los quiere. Amén».
«Cuántos dolores pasé. Por la cruz que yo cargaba. Cuántos dolores sufrí. Por los látigos en mi espalda. Pero nunca me quejé. Por tantos maltratos dados. Eran tantos los pecados. Que iban sobre mi espalda. Yo dije puedo cargarlos. Con mi fuerza y con mi amor. Esas almas rescatadas. Fueron a los pies del Señor. Amén».
«Tengan la seguridad. De que yo nunca los dejo. De su lado no me alejo. Yo los tengo que cuidar. Solos no los voy a dejar. Mando ángeles a cuidarlos. A donde quiera que vayan. Mis ojos los están mirando. Aunque ustedes no lo crean. Yo los busco donde sea. Vengan conmigo a orar. Por esas almas perdidas. Que ellas se pueden salvar. Amén».
«Apiádate de tu hermano. Que yo me apiado de ti. Qué te hace falta a ti. Que tú Dios no te haya dado. Nunca me voy de tu lado. Lo que más te doy es amor. Te di una cosa grande. Ahí tienes a mi madre. Que intercede por ti. La madre que más te quiere. Me pide a mí por ti. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

