«TÚ ERES EL MESÍAS… EL HIJO DEL HOMBRE TIENE QUE PADECER MUCHO».
Apreciados amigos, sé que hoy en día el miedo, la angustia, la desesperación, la inseguridad, la falta de confianza hoy nos arropan. Y es una situación que a todos nos afecta. A causa de lo que hoy el mundo está viviendo, y que aun en nuestra propia casa, no nos sentimos seguros. Nos hemos enfermado psicológicamente, nos hemos vuelto prisioneros en nuestro propio espacio. Nos hemos alejado incluso hasta de Dios. Porque no le dedicamos tiempo, ni espacio, ni siquiera para la oración.
Y es el momento propicio para presentarle tu corazón, para presentar todo eso que te aqueja. Y ponerlo en manos del único que te puede ayudar. Deposita en él tus miedos y también los problemas que a diario te aquejan. Él, hoy contigo quiere estar, pero necesita que tu corazón esté dispuesto para él poderse quedar. Y así conozcas la identidad de quién es él para ti.
Podemos identificar el valor que cada uno tiene para Dios y la identidad que cada uno posee. Pero cuánta falta nos hace sentirnos personalmente identificados con lo que somos. Porque hay momentos que no sabemos nada al respecto de nuestra propia persona. Pero si diéramos testimonio con nuestra vida y nos diéramos a reconocer ante los demás por nuestros valores.
Qué bonito sería que nos ganáramos el apego y la confianza de los demás. Porque hay personas que se caracterizan por cosas negativas o que la gente la sigue por el poder que tiene. Aunque estos muchas veces hagan daño. Y cuántos otros también son reconocidos porque brindan amor, dan un buen consejo, porque tienden la mano al que pasa por su lado o que simplemente son personas acogedoras.
Qué bello sería si fuéramos personas que nos dejáramos acercar y que seamos atrayentes para otros a través de nuestro testimonio y de nuestra aceptación a los hermanos. Y si para los que están a nuestro lado somos atrayentes, cuánto más lo seriamos para la persona de Dios. Porque para Dios somos importantes por el hecho de ser, no del hacer. Y sería bueno tener presente, que a pesar de no tener nada ante la sociedad, ni siquiera un trabajo, pues no producimos porque estamos enfermos. Aun así, para Dios somos sumamente importantes.
En el evangelio podemos notar que después de la larga misión en el territorio de Galilea. A Jesús le preocupa que la gente siga con la idea de un Mesías poderoso y rico. La identidad de Jesús es otra muy distinta. Por eso la pregunta ¿Qué dice la gente que soy yo? Y surge otra pregunta ¿Qué dicen sus discípulos que es él? Quiere escuchar la opinión de sus seguidores cercanos. Y es Pedro que confirma las confusiones que tiene la gente. Porque no lo identifican por lo que él es, sino por su relación con personajes del Antiguo Testamento.
Y Pedro es quien sale y lo identifica como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y para nosotros ¿Quién es Jesús? Y yo ¿Quién soy yo para él? Entonces descubrimos el misterio de nuestra vida. A través de lo que estás viviendo, lo que viviste y vivirás. Y nos damos cuenta del gran lazo que nos une a la vida de Jesús por medio de la Iglesia.
Y hoy también te invita a que prestes atención a lo que él, día a día te quiere anunciar. Y en la Palabra, Jesús nos vuelve hablar de su anuncio, su pasión y muerte. Y él todo esto lo anuncia cuando todos quedan admirados por las cosas que él hacía. Por eso es por lo que era difícil para los discípulos entender el plan salvífico de Dios. Entonces les daba miedo referirse a aquello de lo que Jesús les hablaba. Eso de que el hijo del hombre va a ser entregado a manos de los hombres.
En tiempo de Jesús, ellos esperaban a un Jesús poderoso. En sus mentes no cabía aquel que se debía entregar y padecer para salvarnos. Hoy en día nosotros debemos dejarnos transformar por la experiencia y vida de Jesús. Para poder seguir entregando, aun sabiendo que se debe pasar por las pruebas y el sufrimiento. Aunque al final una vida eterna tendremos.
Que este texto nos permita no tener miedo sino confianza en Jesús, quien ha entregado su vida para salvarnos. Y quiero hacerte hoy las siguientes preguntas. ¿Cómo enfrentas tus miedos? ¿Eres tú capaz de entender el plan salvífico de Dios? ¿Está Dios hoy presente en cada acontecimiento de tu vida? Que hoy puedas tu sentir el poder del Dios que todo lo puede, en cada acontecimiento de tu vida, y lo puedas enfrentar con esa fuerza que solo viene de él.
Porque, a decir verdad, seguir a Jesús no es obligatorio. Es una decisión libre de cada uno. Pero hemos de tomar en serio a Jesús. No bastan confesiones fáciles. Si queremos seguirlo en su tarea apasionante de hacer un mundo más humano, digno y dichoso, hemos de estar dispuestos a dos cosas. Primero, a renunciar a proyectos o planes que se oponen al reino de Dios. Segundo, a aceptar los sufrimientos que nos pueden llegar por seguir a Jesús e identificarnos con su causa. Sé que Jesús puede ser el sanador y liberador de no pocas personas que viven atrapadas por la indiferencia, distraídas por la vida moderna, paralizadas por una religión rutinaria o seducidas por el bienestar material, pero sin camino, sin verdad y sin vida.
Terminemos orando.
«Mi amor se derramará. Cada vez que están orando. Pues me están suplicando. Que yo me apiade de ustedes. Yo he escuchado sus ruegos. Y los acojo con amor. Los entré en mi corazón. De ahí no los sacaré. Muy dentro los dejaré. Yo no los puedo sacar. Porque me sirven a mí. Amén».
«Cómo los dejo de amar. Si el amor es que da fuerza. Permanezcan bien despiertos. Dispuestos siempre a orar. Me piden a mi primero. Ven acércate, Dios mío. Tú eres mi compañía. Quien tiene que estar conmigo. Pero ven, no te me vayas. Señor dame más amor. Y yo le diré a mi hermano. Mi Dios te manda un regalo. Que a él le salió del alma. Y también del corazón. Amén».
«No crean que yo estoy lejos. De ustedes yo estoy muy cerca. De lo que hacen me doy cuenta. Su tiempo es para orar. Yo no me puedo quejar. Yo sé que ustedes me aman. Así los amo yo a ustedes. Como se mueve su amor. Dentro de su corazón. Por su Padre que los quiere. Amén».
«Hijos no pierdan la fe. Que hablo una sola vez. Las palabras del Señor. Son palabras verdaderas. Que yo las tengo guardadas. Dentro de mi corazón. Están tan llenas de amor. Para aquel que la recibe. Son enviadas del Señor. Guárdalas en tu corazón. Como una prenda preciosa. Tú Dios te la dio con gozo. Y te la envolvió en amor. Amén».
«Señor tu eres quien da vida. Y das la sabiduría. Tú eres el que da alegría. Y cambia los corazones. Yo quiero que cambie el mío. Para yo hacerte feliz. Y alegrar tu corazón. Pues quédate, mi Señor. Dentro de mi corazón. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

