EL CIELO Y LA TIERRA PASARÁN, MIS PALABRAS NO PASARÁN.
En el evangelio de hoy Jesús anuncia destrucción y lo hace como una tragedia para sus habitantes, y como una oportunidad para sus seguidores. Pues algún día la historia apasionante del ser humano sobre la faz de la tierra llegará a su final. Pues hermanos, este mundo no es eterno, esta vida algún día terminará, a pesar de que nadie sabe el día, ni la hora; esto está reservado solo a nuestro Padre Dios.
En nuestros días actuales también notamos que, al escuchar la radio, al leer los periódicos, al ver la televisión para escuchar la noticias. Lo más que nos brindan son malas noticias. Corrupciones, muertos por diferentes enfermedades, huracanes, tsunamis, terremotos, muchos muertos por el hambre, la sed y por muchas cosas más.
En los últimos días nos hemos vuelto a sentir en plena libertad, hacemos lo que nos place, andamos por las calles como si no pasara nada; durante unos cuantos meses nos cuidamos, pero ya nos hemos olvidado de ese detalle. Y a pesar de las muchas advertencias y signos de estos tiempos, hoy no los tomamos en cuenta. Nos vamos de rumba a los diferentes establecimientos públicos y allí nos sentimos que nada está pasando. Pero después de la destrucción máxima que hemos observado en estos tiempos y que hemos vivido abiertamente, sería bueno preguntarnos: ¿Por qué aun así no nos cuidamos?
Los seres humanos somos capaces de identificar nuestras necesidades. Poseemos inteligencia, razón y esperanza. Pero en los tiempos de Jesús muchos carecían de esa capacidad. Por eso no reconocen a Jesús, no aceptan el proyecto de su reino y no contribuyen con la causa de la justica; viven inmersos en una sociedad legalista y autoritaria. Pero Jesús quiere que su pueblo recobre su capacidad para vivir la verdadera práctica del amor, la solidaridad y la justicia.
Al escuchar este evangelio y hacer una comparación con nuestro tiempo, podríamos decir que casi estamos en el final de los tiempos. Pero Jesús nos trae un mensaje de esperanza, en medio de tantas situaciones, así como se dio con aquel pueblo de Jerusalén en su tiempo. Por lo tanto, el cristiano tiene que estar vigilante y preparado. Porque desconocemos el día y la hora en que todo eso suceda. Jesús lo que espera es un seguimiento constante, que lo amemos por encima de nuestras tribulaciones y que aguardemos con fe, esperanza y confianza su próxima venida.
Es necesario que tomemos conciencia de lo que estamos viviendo, pues hoy estamos llamados a estar preparados. Pues si miramos a nuestro alrededor vemos como el ser humano anda tan descuidado sin prestar atención a nada ni a nadie. Andamos llevándonos la vida por delante. Sin que nos detengamos ni siquiera a observar ¿Cómo va mi vida? ¿Soy capaz de ver los pequeños detalles que Dios me regala? El aire que respiras, la luz de un nuevo día, tu familia, ese árbol que bota las hojas y le vuelven a brotar. Son pequeños detalles que debiéramos notar y así tener un corazón preparado para recibir ese reino de Dios en nuestras vidas y en nuestra sociedad.
¿Por qué, si vemos el sufrimiento de los demás, no nos compadecemos de ellos? Y tienes en tus manos la manera de ayudar, no solo con cosas materiales, sino también con la oración. Este es el momento propicio para ponerte a los pies del Señor y pedirle, no solo por tus necesidades, sino también por las de los demás. Porque los acontecimientos que están viviendo les causa temor y dudas. Para que también ellos, en esos acontecimientos de la vida, puedan acrecentar más su fe en aquel que todo lo puede.
Hoy nos estamos acercando al fin de este año litúrgico; por esta razón escuchamos ese lenguaje del final de los tiempos que tantas veces incomoda y preocupa a quien lo escucha. Pero éste no busca generar temor ante lo que pasa, sino que busca ayudar a leer sus dificultades con lentes de esperanza.
Una de las palabras que Jesús utiliza es: “El cielo y la tierra pasaran, pero mis palabras no pasaran”. Porque él siempre habitará ahora y en las generaciones futuras. Todo, incluso tus problemas pasarán, pero la palabra de Dios nunca pasará. Por eso es por lo que debemos abrazarnos a la fe, que es donde debemos cimentar nuestra vida. Este es el momento clave para acercarnos más a nuestro Padre Dios que te invita en este momento a no renegar tu fe, sino a confiar más en él. Valora este tiempo para preparar tu vida, obedece siempre la voluntad de tu Padre Dios, sin alejarte ni renegar de él.
Otra afirmación que él utiliza es que “verán al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad”. Es por esta razón que nos invita a estar preparados, para que no estemos desprevenidos ante lo que nos espera. Y es que él espera mucho de nosotros para poder ser merecedores de su reinado. Es que cuando menos se lo espere él puede venir. Y por ende debemos estar vigilantes. Y esto no es solamente permanecer sin pecado; debemos dedicar tiempo para la oración, debemos acrecentar ciertas virtudes que nos conduzcan al amor al prójimo.
Por eso Jesús vuelve a pedirnos que nos mantengamos despiertos y preparados leer los signos de los tiempos, y lo hace a través de la parábola de la higuera. Hoy debemos actuar siempre con ánimo y con una fe bien activa. No debemos ser seguidores de Jesús por conveniencia, sino seguidores fieles y de tiempo completo, como testigos de su amor inmenso en medio de este mundo que hoy sufre y padece dificultades. Debemos mantener el corazón y la vida preparados para la llegada del Maestro.
Pidamos a nuestro Padre Dios que nos conceda la gracia de mantenernos despiertos y preparados. A tener un corazón abierto y dispuesto. Que podamos ser siempre fieles a lo que Dios nos ha encomendado y que siempre mantengamos la esperanza y la confianza puesta en él. Sin olvidarnos de los demás, en especial de los más necesitados y desamparados, a ejemplo de Jesús.
Queridos amigos, al final, está Dios. No cualquier Dios, sino el Dios revelado en Jesucristo. Un Dios que quiere la vida, la dignidad y la dicha plena del ser humano. Todo queda en sus manos. Él tiene la última palabra. Un día cesarán los llantos y el terror y reinará la paz y el amor. Dios creará «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habitará la justicia» (2 Pe 3, 13).
Hermanos, por otra parte, son bastantes los que no reconocen sentir miedo en este tiempo de pandemia, aburrimiento, soledad y desesperanza, porque según el modelo social que se lleva, se supone que un hombre que triunfa en la vida no puede sentirse solo, aburrido o temeroso. Otras veces nos defendemos de nuestro «vacío de esperanza», nos sumergimos en la actividad. No soportamos estar sin hacer nada. Necesitamos estar ocupados en algo, para no enfrentarnos a nuestro futuro.
Hoy más que nunca, el hombre necesita una esperanza para vivir en plenitud. Una esperanza que no sea «una envoltura para la resignación», como la de aquellos que se las arreglan para organizarse «una vida tolerable» y aguantar bastante bien la aventura de cada día. Una esperanza que no debe confundirse nunca con una espera pasiva, que es con frecuencia, una forma disfrazada de desesperanza e impotencia. Una esperanza que no es tampoco el arrojo ciego y falto de realismo de quien actúa a la desesperanza, sin amor a la vida y por tanto sin temor a destruir a otros o a que le destruyan a él.
Queridos amigos, el hombre necesita en su corazón una esperanza que se mantenga viva, aunque otras pequeñas esperanzas se vean malogradas e incluso completamente destrozadas. Por eso, los cristianos encontramos esta esperanza en Jesucristo y en sus palabras que «no pasarán». No esperamos algo que «no puede ser». Nuestra esperanza se apoya en el hecho inconmovible de la resurrección de Jesús. Pues es una opción libre de fe, pero no es absurda ni irracional la postura del creyente que lucha y se esfuerza en la renovación y mejora de la sociedad humana, animado por la esperanza de una resurrección final.
Pidamos que sea Dios quien nos dé las señales para mantener un estilo de vida orante y vigilante, centrado en el amor y la paz. Al estilo de Jesús que vino a traernos vida en abundancia. Y quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Y que de mi corazón y mi boca solo salga la verdad.
Terminemos orando.
«Hijos llévense de mí. Y no se lleven de nada. Vivan siempre en oración. Y obedezcan a su Padre. Lo único que yo quiero. Es que tu salves tu alma. Ayuda a los demás. Tu Padre es que te manda. Del amor que yo te di. Dale un poquito a tu hermano. A ti no te faltará. La bendición de tú Padre. Amén».
«Señor quiero estar contigo. Mi único amigo. Como tú no hay más. Señor dame de tu amor. Que a mí me hace falta. Dame amor Señor. Cristo pronto viene. Cristo va a venir. Vendrá por su reino. Y vendrá por mí. La venida mía. Tu no lo sabrías. Si estás preparado. Conmigo te irías. Amén».
«Te estoy esperando. Con mi brazo abierto. Espero por ti. Te arrullo en mi pecho. Entrégate a mí. Por favor te ruego. Que fiesta tan bella. Con mis hijos buenos. Buscaron de mí. Su premio fue el cielo. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

