«TODO EL QUE ES DE LA VERDAD ESCUCHA MI VOZ»
Queridos hermanos, hoy la Iglesia celebra a Jesucristo Rey del Universo y con esta fiesta terminamos el ciclo litúrgico. Al llegar este día debemos dar gracias al Señor de la vida y de la historia por el tiempo recorrido. Por eso es por lo que hoy le reconocemos como rey de todos, pues suyo es el tiempo y la eternidad.
Celebrar a Jesús como rey es a su estilo de vida, a su manera de entender a Dios y de entendernos a nosotros. Jesús que se entregó por completo se opuso a los que querían oprimir e imponer sus leyes. Él se despojó de todo e hizo de la cruz su trono y el lugar del más grande gesto de amor que ha podido existir.
La liturgia de este día proclama a Jesús como el príncipe de los reyes de la tierra, el rey de reyes y Señor de Señores, vestido de majestad. A pesar de su humildad, Él fue capaz de ponerse al servicio incondicional de todos. De esta manera nos acercamos al tiempo de Adviento. Cambiamos incluso, los colores y el año litúrgico en una semana.
También en este día celebramos la caminata “Un paso por la Familia” que nos motiva a que cada día más esta esté más unida. Y qué hermoso seria que sea como centro de ella ese Cristo Rey que luchó por la unidad, por el amor, la entrega y el servicio. Para que así todos y cada uno de nosotros, por fe, mantengamos esos valores, para poder ser testigos de ese Cristo Vivo, para que, como familias, nos dejemos acompañar por la Sagrada Familia de Nazaret.
Pero en este tiempo, esta preparación será muy diferente a lo que estamos acostumbrados, pues todo en nuestro mundo ha ido cambiando y podemos notar que las personas no se duelen del otro, no nos importa ver a alguien tirado en la calle o en un hospital, que no tiene que comer, que pasa carencias y necesidades. Lo que hacemos es pasar de largo ante esa realidad. No es que tú tengas que ayudar a todos, pero por lo menos a ese que pasa por tu lado, que tú sabes que necesita. Bríndale tú de lo poco que posees y ayuda a mitigar su hambre y necesidad.
No peques de omisión y date con amor. Aquel inmigrante que necesita ser acogido, por lo menos demostrarle algún gesto de cariño, porque ellos también son hijos de nuestro Padre Dios. No importan las grandes cosas que tú haces, es importante que tú las hagas con amor, no para que te vea la gente, porque a quien tú tienes que rendirle cuenta en algún momento es a tú Padre del cielo.
Amigos, no olvidemos que la vida tendrá un final aquí en la tierra y seremos juzgados por alguien que conoce muy bien a sus hijos. Porque él nos ha cuidado, nos ha alimentado con su palabra y nos ha hecho un llamado desde el nacimiento. También podemos ver la relación que nuestro Padre Dios tiene con aquellas personas las cuales han sido descuidadas, maltratadas, que nunca se les brindó oportunidad; pero en especial Él les pide cuenta a los poderosos, a los líderes y pastores que maltratan a sus hijos. Es por esa razón que llegará un momento de ser juzgados por todo lo que hicieron con los más pequeños que vivían sedientos, hambrientos, enfermos, desnudos, presos o eran extranjeros.
Si vivimos en la verdad debemos de practicar lo que Jesús nos enseñó. Practicar la solidaridad y la misericordia con el necesitado como símbolo de un verdadero amor, no solo hacía el próximo, sino también a Dios que vive en él. No es necesario esperar al día que el Señor nos llame, para darle cuentas, para poder remediar todo lo que hemos hecho mal. Mejor hagamos ahora todo el bien a aquel hermano. Porque todo el amor que damos ya lo hemos recibido el ciento por uno. Es necesario entonces, que nos mantengamos firmes y perseverantes en aquello que nos puede salvar.
Porque la verdad se demuestra en el amor verdadero por el prójimo. Y ese amor debe ser siempre de una forma directa, entregada y sin prejuicios. Hoy nos toca a nosotros practicar una gran obra de estas, recordar siempre que en el que pasa necesitado por tu lado, ahí está Jesús. Nuestra fidelidad en los pequeños detalles reconoce siempre nuestro esfuerzo.
En el evangelio de este domingo vemos a Jesús que se encuentra ante Pilatos. Jesús, quien era interrogado, se presenta como testigo de la verdad. Para Pilatos el problema mayor fue que se presentó como rey. Él no entendía el poderío de Jesús. Por eso, ese juicio era entre la luz y las tinieblas, entre la verdad de Dios y la mentira del mundo, entre la vida y la muerte.
Aquí, en la acusación de Jesús se le daba sentido a su reinado. Pues este no se valía de injusticia, ni de mentira, ni de dinero, mucho menos de hipocresía. Hermanos, Jesús reina en la verdad, en la justicia, la paz y el amor. Por eso es en nuestros corazones y en nuestro mundo que él se ha querido quedar siendo testigo de la verdad. Y hoy se nos hace una llamado a vivir en gracia para que así Dios pueda seguir como rey en nuestras vidas.
Según el evangelista, Jesús es condenado porque los poderosos no quieren escuchar la verdad. La verdad de Dios, pues la vida de ellos se basa en la mentira. Qué diferente sería el mundo si nos alejáramos de la maldad, de las injusticias, las violencias, las mentiras y el maltrato. Jesús podría ser el centro de nuestra historia, pues seriamos libres. Pues ésta ha sido peleada y luchada desde la cruz. Donde hemos podido ver el más grato gesto de amor.
Pidamos a nuestro Padre Dios en este día, que nos conceda la gracia de vivir fielmente unidos a él y que sea su amor, su unidad la que reine en nuestras familias. Que yo te pueda reconocer Señor e imitarte a través del amor y del servicio, a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret. Señor, yo reconozco que tú eres el rey del mundo y solo dices la verdad. Concédeme esa gracia de escuchar tu voz.
Terminemos orando:
«Lo mejor que hiciste. Amado Jesús. Que tú me llamaste. Ven aquí a mi lado. Tú eres mi hijo. Por eso te digo. Ven aquí conmigo. Nunca te separes. Ama siempre a Dios. Es lo más hermoso. Hijo de mi alma. Dios te llenará. De todo su amor. Quien te ha llenado. Tú Padre que te ama. Yo soy tu Señor. Que nunca te saco. De mi corazón. Amén».
«En este momento. Te alabo Señor. Con toda la fuerza. De mi corazón. Cuando yo te alabo. Me gozo Dios mío. Es que el alma mía. Es tuya Señor. No me saques nunca. De tu corazón. Tú eres mi Dios. Tú eres mi rey. Tú eres mi todo. Y también mi amado. Déjame, Señor estar a tu lado. Amén».
«Señor es tan grande. El amor que siento. Te llevo tan dentro. De mi corazón. Sin ti mi Señor. No puedo vivir. Pues mi pensamiento. Solo está en ti. Te alabo y te siento. Me llenas de gozo. Tú eres precioso. Eres rey de reyes. Que estas en el cielo. Esperen a su Dios. Que va por ustedes. Amén».
«Ven llena mi alma. Y mi cuerpo entero. Ven llena mi vida. Eso es lo que quiero. Llénala de amor. Jesús mi Señor. Cuánto yo te quiero. Como viviría. Amado Jesús. Pues tú no te apartes. Nunca de mi lado. Tú eres la paz. Tú eres la luz. Y cómo me haría. Si me faltas tú. Tómame de mano. Porque quiero ir a dónde vas tú. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

