«EL SEÑOR ME HA ENVIADO PARA ANUNCIAR EL EVANGELIO A LOS POBRES».
Apreciados hijos de Dios, la liturgia de hoy se centra en lo que podríamos llamar la presentación del proyecto de Jesús al inicio de su vida pública. Hoy nosotros nos reunimos para hacer memoria de su palabra y de su amor, para celebrar que Jesús el Señor vive en medio de nosotros y es por eso por lo que debemos ser un signo vivo de su presencia. Sé que hoy en día muchos quisieran que sus vidas fueran diferentes, con más libertad, con menos violencia, con menos tinieblas, pero hay algo que aún le hace falta a la humanidad para poder cambiar su vida personal, familiar y comunitaria, y es el amor. Sé que si amásemos como Dios nos ama, hoy las guerras no existirían, la violencia e incluso mucho menos esta enfermedad Porque en vez de buscar destruir a nuestros hermanos, velaríamos por su bienestar y buscaríamos la manera de ayudar. Así como lo pide ese mandamiento: «Amar al hermano como a ti mismo». Es fácil de decir, pero difícil de cumplir, porque muchas veces digo “yo amo a mi hermano, pero no sus imperfecciones”. Amo a mi hermano, pero cuando me necesita le doy la espalda. Soy del tipo de amigo que mientras veo beneficios en el otro, ahí yo siempre estoy. Pero eso no es amor. Cuando de verdad amo a alguien, estoy ahí en todo momento. Y vemos cómo, por amor, Jesús se hace hombre y se convierte en luz y guía para nuestros pasos, y es capaz de nunca abandonamos en nuestros peores momentos.
Ya en el evangelio vemos una introducción o prólogo, realizado por los testimonios de una comunidad de quienes eran los primeros testigos y seguidores de Jesús. Lucas nos quiere mostrar con esto, que el fundamento de nuestra fe se apoya en la experiencia de aquellos primeros cristianos que escucharon la palabra de Jesús.
Vemos también cómo Jesús, al presentarse ante sus paisanos, quiere dejar claro quién es él: Es el Mesías, el enviado del Padre. Y a la vez expone la buena noticia que procede de Dios. Por eso resalta su identidad de ser el anunciado por los profetas, que aparte de ser hijo de Dios, es también del linaje de David. Jesús quiere transmitir su mensaje desde un lugar solemne, desde la sinagoga. Lugar elegido para escudriñar la Palabra de Dios.
Jesús, entra a la sinagoga de Nazaret donde se rezaban los salmos y algunos libros proféticos, en este caso al profeta Isaías que dice: “El Señor me envió a evangelizar a los pobres”. Jesús aprovecha para dar cumplimiento en su persona al texto: “Hoy se ha cumplido”. Pero para él no fue fácil predicar a los conocidos; para él esas personas lo conocían muy bien. Como el hijo de María y José.
A ellos les cuesta aceptar su mensaje y esto crea envidia, celos e incluso odio. Hermanos, no olvidemos que Jesús viene a nuestro encuentro, no dejemos que pase de largo porque quizás estemos entretenidos en otras cosas. Estemos atentos a su visita con el corazón abierto, para descubrirlo en su palabra, en la eucaristía, en cada hermano y en cada acontecimiento. Que en este tiempo seamos capaces de romper con la ceguera que no nos deja reconocer al que le trae vida, y que estemos atentos a su llegada.
El evangelio resume en breves líneas el primer misterio de Jesús en Galilea y sus características. La buena noticia es un anuncio de salvación dirigido a todos los hombres. Jesús comienza su ministerio público por las periferias: Galilea de los paganos. Era la forma de decir que esta provincia fronteriza era considerada una región marginal, alejada de la capital de Jerusalén y del templo. Jesús recorre y anuncia el reino por allí, donde los atormentados y necesitados están esperando una luz para sus vidas. Jesús predicaba y no distinguía entre amigos y enemigos. El solamente veía su corazón y si éste estaba abierto para recibirle.
Jesús nos enseña algo y es que a pesar de que su fama aumentaba, nunca perdió su humildad y sencillez. Con el objetivo claro de ser luz que nos trae a la felicidad y que siempre debemos confiar en él. Pues la fe del pueblo sencillo y humilde pudo lograr que allí, él realizara tantos milagros, liberación y sanación. Y que hoy también se puedan lograr en tu vida y en ti. Sólo ábrete a la acción de Dios a través de la fe, para que él pueda obrar en ti y en los tuyos.
Cuánta falta hacen hoy en día las personas sencillas y humildes, porque siempre vemos que lo que más vale para la sociedad es todo lo contrario. Esas personas altaneras que utilizan más el lujo y la vanidad y gustan de presumir de ser por lo que tienen, o por los conocimientos que poseen. Pues si buscamos agradar al mundo, esas son las cualidades que debemos resaltar. Pero qué bello sería si a quien buscáramos resaltar fuera a nuestro Padre Dios. Quien siempre elige y se fija en lo mejor: A esas personas, que sin hacer mucho alarde sirven con amor, ayudan al hermano y que en secreto buscan el bienestar de muchos.
Él, con el fragmento que proclama, da a conocer que no va solo, que el Espíritu del Señor está sobre él. Porque lo ha ungido y destinado a anunciar la buena noticia a los pobres y a los cautivos. Él quiere llegar a todos los que de una forma u otra siguen siendo marginados. Él quiere resaltar el amor para con los demás. Por eso, se compromete con cada uno de nosotros, que hoy nos encontramos sumergidos en oscuridad. Jesús quiere ofrecernos luz y también la liberación de nuestras propias ataduras. Pero para esto nos exige compromiso para crear una sociedad más justa. Lejos del egoísmo y la ambición que nos impide dejarnos acercarnos a otros.Jesús se ofrece a aquellos que realmente lo necesitan, e impulsado por el Espíritu Santo nos trae la liberación y la transformación que debemos de realizar en nuestra vida, pero acompañados por él. Cabe notar que este mismo texto que hoy Jesús proclama en el evangelio, fue el que motivó a San Antonio María Claret a fundar la congregación y a llevar arduamente la misión evangelizadora a todos los pueblos. Y que también lo unió a ese Espíritu que todavía sigue impulsando a esos misioneros que hoy anuncian la buena noticia del evangelio. Proclama la libertad a esos cautivos que hoy están prisioneros, lleva esperanza a esos enfermos que se sienten abatidos por la enfermedad.
En este día sería bueno abrirnos a la gracia que se nos ha dado, que acojamos a otros y que anunciemos a ese Cristo vivo que nos vino a traer libertad. Que hoy, como cristiano, yo me pueda sentir incorporado al cuerpo de Cristo. Y podamos proclamar la gracia que el Señor nos trae a pesar de lo que estemos viviendo. Que podamos transmitir la unidad, el amor y la libertad para así sentirnos libres de nuestras ataduras. Que Dios, en este día, traiga alegría a nuestras vidas y podamos ser anunciadores de esperanza a los que hoy sufren y padecen la maldad de los demás. Y que nos sintamos identificados y unificados por ese Espíritu Santo que se nos ha dado. Pidamos a nuestro Padre Dios que nos de la gracia de aceptarlo hoy en nuestras vidas, con un corazón dispuesto y alejado del miedo. Sabemos que no vamos solos, que él va abriendo caminos para permanecer en toda nuestra misión. Señor, yo sé que la libertad la das tú, pero ayúdame a mí a llevar el amor a los presos, oprimidos y necesitados. Y a aquellos que están enfermos yo los abrace con amor. Terminemos orando.
«El mejor regalo. Es amarte Señor. Y llevarte siempre. En mi corazón. Yo te amo Señor. Con toda mi alma. Que mi vida entera. Sea para ti. Te quiero decir. Que tú eres mi vida. Envuelve mi alma. Y mi corazón. Camina Señor. Camina conmigo. Que cuando me vaya. Quiero estar contigo. Amén».
«Jesús cuánto yo te quiero. Pero tú más me has querido. Eres mi mejor amigo. Que me has llenado de amor. Es que tú eres mi Señor. Que me escuchas si te pido. Quiero andar siempre contigo. Padre de mi corazón. Amén».
«Saben que yo soy la luz. Y se la doy a ustedes. Para que caminen en ella. Y no puedan tropezar. Si están en la claridad. Conmigo ustedes se encuentran. Porque en todo momento. Yo ando en la claridad. Con ustedes Dios irá. Yo nunca los dejo solos. Qué sería de ustedes. Conmigo pueden contar. Los llevo al mejor lugar. Que es el camino del cielo. Trabajaron en la tierra. Para poderlo ganar. Y así poder llegar. A la patria celestial. Amén».
«Yo sé lo que está pasando. Y sé por lo que has pasado. Nunca te he abandonado. Tampoco lo voy a hacer. Vas a dejar de padecer. Yo te aliviaré tus cargas. Es que eran tan pesadas. Que no la podías cargar. Me llené de compasión. Mejor quise darte amor. Y llenarte de alegría. Quise hacerte compañía. Así poderte ayudar. Si no puedes caminar. Yo te cogeré de manos. Este es el mejor regalo. Que tú me has dado Señor. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

