Apreciados y amados hijos de Dios, hoy damos inicio al VI domingo de pascua y en este domingo Jesús nos explicará el significado de su vida, su misión, su pasión y muerte. El amor de Dios es lo único que da sentido a la vida de Jesús y que da sentido a nuestras vidas. A pesar de las tantas dificultades, el amor que viene de Dios es la roca firme en la que podemos construir nuestro proyecto de vida, es como la brújula con la que nos podemos guiar y el motivo de levantarnos cada día y seguir hacia adelante.
Jesús cuando entró en la historia trajo alegría y cuando resucitó, esa alegría inundó y llenó de felicidad a todo el mundo. El clamor de Dios por la humanidad ha sido tan grande que nos ha regalado también su espíritu Santo. Jesús, como lo hemos escuchado en estos días, ha dado la vida por sus amigos; no somos esclavos. Somos amigos liberados del pecado y de la muerte, él nos ha elegido para acompañarnos en el camino de la vida y de esta manera, poder mantenernos de pie en medio de las dificultades y vicisitudes de la vida.
En el evangelio de hoy Jesús resalta la importancia del amor. Él pide aceptar sus preceptos y ponerlos en práctica; la obediencia es la prueba del amor y es el modo más acertado para expresar la comunión entre Dios y el hombre. El amor es exigencia y nace después de escuchar su mensaje y luego hacerlo vida. Jesús quiere sacar de sus seguidores lo mejor de ellos. En especial eso que impulsa a la fidelidad ante lo que él propone.
Dios ha enviado al Espíritu Santo como defensor a la comunidad y es éste quien nos enseña lo que falta y es necesario, para que la resurrección llegue a ser una realidad y una experiencia en la vida del creyente y de la comunidad. Es por eso que debemos estar abiertos a la acción de la palabra de Dios. Y debemos estar atentos para ser testigos del resucitado. La misión del Espíritu Santo es enseñar y recordar que no estamos solos, que debemos de luchar y hacer siempre el bien, manteniéndonos fieles, en gracia, y en movimiento para la transmisión de un mensaje liberador.
El Espíritu Santo nos empuja, nos ilumina para que podamos cumplir la palabra que Jesús nos manda y esta se debe hacer desde el amor. Por eso hay que pedir al Espíritu Santo que nos de la sabiduría para identificar el yugo de Jesús que libera. Dejemos que Dios habite en nosotros para que podamos soportar todo sin protestar en los momentos de dificultad que nos toca vivir. Que Dios sea quien tome posesión de nuestra vida, que él disponga de ella, para que así podamos avanzar y dejarnos iluminar por el Espíritu del Padre, para mantenernos siempre obedientes al mandamiento del amor.
En un segundo momento de este texto de hoy, nos encontramos con la despedida de Jesús. Vemos como él se mantiene firme en cuanto a su fidelidad a Dios, y a pesar de lo que le espera, él quiere animar y consolar a sus seguidores, para así no dejarlos desamparados. Él les transmite confianza. Por eso les da su paz para que se sientan animados.
La paz que Jesús les ofrece no es como la entendemos hoy. No es una paz como la de no tener problemas, ni guerras. Pues esto sería tranquilidad, pero en esa tranquilidad muchas veces puede haber ausencia de paz. Hoy Jesús llega como mensajero de paz. Paz que consiste en llenarse del amor misericordioso de Dios, que trae consigo el perdón, la reconciliación y la caridad. Esto debe nacer de lo profundo del corazón. La paz de Jesús es fruto del inmenso amor que él y su Padre amado nos tienen. Esta paz que él nos trae nos hace capaz de sabernos amados y reconciliados con Dios.
Y esa es la paz que él nos ofrece; la seguridad de la permanencia de Cristo por su espíritu entre nosotros. Que a pesar de que su partida podría traer tristeza en su momento e intranquilidad, trae alegría y paz. Que se convertirán en bendiciones para sus seguidores.
Por eso les dice claro a sus discípulos que con su partida no debe haber inquietud, ni tristeza en ellos. Porque él va al Padre para derramar bendiciones sobre sus seguidores. Este evangelio nos llama a confiar en Jesús y tener presente sus palabras. Vivir con él es vivir en paz. Una paz mucho más plena y autentica que la que nos ofrece el mundo. Y esta es el resultado de nuestra fidelidad sincera con él.
Nosotros hoy, a pesar de los ataques y persecuciones que tengamos, también podemos sentirnos confiados de que Jesús está a nuestro lado, dándonos el valor y la fuerza para superar todas las adversidades. Donde el Espíritu Santo se haga presente en nuestras vidas. Para que nos capacite y nos anime a continuar. Que hoy alejemos el miedo de nosotros y nos dejemos llenar de esa paz que solo Cristo nos da. Y vemos como Dios mismo es capaz de transformar la vida de aquellos que le obedecen y siguen sus caminos. Así como Jesús obedeció siempre al Padre en todo momento, fue capaz de aguantar hasta el final, y mantuvo la calma y la confianza en Dios.
Pidamos en este día al Espíritu Santo que nos ilumine y nos impulse aceptar a los demás. Que yo pueda brindar mi amor a los demás y que hoy yo pueda transformar mi vida en solidaria y fraterna. Pidamos también a nuestro Padre Dios en este día, que nos conceda la gracia de sentir esa paz que solo él nos puede dar. Y que ésta, nosotros la podamos llevar a los demás. Que yo pueda mantenerme fiel también en mi seguimiento a Él, y que sea bajo la acción del Espíritu Santo; que hoy yo pueda sentir esa fuerza necesaria para avanzar.
Y que Jesús nos llene siempre de su paz en medio de las dificultades que se nos puedan presentar; que con la fuerza que procede de él podamos mantenernos fieles y obedientes en todo momento y sintamos que no estamos solos, que nuestra vida está en tus manos Señor. Dejemos en este día y acojamos al Espíritu Santo que se nos ha enviado para que podamos ser agentes de compasión, respeto, paz, amor y armonía con todos los que yo día a día me encuentre. Señor, solo la paz eres tú que la das, y con tú gracia la conservaré en mi corazón.
Terminemos orando al Dios del amor y de la paz.
«SI estas a mi lado. Yo no siento miedo. La paz que yo tengo. Me la diste tú. No debo turbarme. Me has dado la fuerza. Tú estás a mi lado. Me llevas de mano. Y sigues a mi lado. A donde yo voy. Amado Señor. Tú vienes conmigo. Amén».
«Hay una luz muy brillante. Que nadie puede tener. En los ojos de María. Solo puede aparecer. Es una Madre muy tierna. Humilde, pobre y sencilla. Que le pide a su hijo. Piedad por el mundo entero. Eso es lo que yo quiero. Que tus hijos de la tierra. Vengan a gozar al cielo. Amén».
«Que hermosa eres María. Tienes una sonrisa bella. Que parece una estrella. Acabada de salir. Nunca he tenido una Madre. Que me quiera como tú. A ti te tengo por Madre. Y por hermano a Jesús. Amén».
«Que agradecidos estamos. De tener un Padre bueno. Que nos quiere y nos aconseja. Nos quiere salvar el alma. Oh, mi Dios, que tanto nos amas. Que nos coges de las manos. Caminaremos contigo. Y llegaremos al final. Contigo mi Dios querido. Amén».
«Yo quiero aceptar. Y también guardar. Todo mandamiento. Tú sabes que te amo. Y tú me amarás. Mi Padre del cielo. Lléname Señor. De Espíritu Santo. Que sienta tu fuerza. En todo mi ser. Y permanecer. Hablando Señor. Hermosas palabras. Cargadas de amor. Que lleguen al fondo. De los corazones. Llenos de alegría. Alaben a Dios. Él es poderoso. Y los quiere ver. Que todos mis hijos. Se puedan amar. Unos a los otros. Amén».
«Solo tú Señor. Es quien da la paz. Con nada del mundo. Se puede comprar. Es lo más hermoso. Que pueda pasar. Que tú corazón. Se llene de paz. Yo debo servirte. En todo momento. Dame de esa gracia. Que la necesito. Y tú mi Señor. Me la puedes dar. Y vivir en paz. Postrado en tu altar. Saber que me miras. Con amor profundo. Solo ese amor. Lo da el Señor. Porque ama a sus hijos. Vengan a mi lado. A gozar conmigo. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

