En el evangelio de hoy se nos presenta otro encuentro del resucitado con sus discípulos, siendo esta su tercera aparición. Esta vez junto al lago de Tiberíades. Si estaban junto al lago era porque ya sus discípulos habían regresado a su vida cotidiana. Por eso deciden ir a pescar. Estos habían pasado la noche intentando pescar, pero su esfuerzo era en vano no cogían nada. Allí es que alguien le indica que echen las redes al otro lado. Ellos deciden confiar y cambian de perspectivas, por eso consiguen la abundancia al tirar las redes.
Ellos sin Jesús, a pesar de estar juntos, nada les era posible pues aún en su corazón faltaba la luz. En la mañana echan las redes en nombre de Jesús. Entonces todo es transformado. Ellos, a pesar de reconocer de lejos al Maestro por su pesca milagrosa caen en la cuenta de que es Jesús el que está en la orilla. Él que les invita a comer, es el que ha venido de la muerte y ha resucitado para darnos vida. Y es la presencia del amor en el lo que le hace afirmar que es el Señor.
Si nos damos cuenta, en este texto es la comunidad de los discípulos que ha tomado el reto de llevar la misión de pescar, pero es necesario centrar la mirada y la escucha en el resucitado para que de esta manera se puedan ver los frutos. Jesús actualiza en el evangelio el gesto de la multiplicación de los panes. Y es aquí que podemos ver que tener una experiencia de intimidad con Dios hace al ser humano un ser solidario y fraterno, y es lo que Jesús manifiesta a los suyos.
Cabe notar que a pesar de que los discípulos no reconocen en principio quien les da la orden de tirar la red, ellos simplemente obedecen a un extraño que manda hacer algo, obtienen como resultado una inmensa alegría por lograr su objetivo. Jesús quiere decirnos que obedezcamos y aunque estemos pasando por momentos de tristeza, que hagamos su voluntad.
Jesús hoy nos enseña que, por nuestras propias fuerzas nada es posible. Él nos invita abrir el oído, a escuchar, a obedecer y que aun nuestras fuerzas se estén agotando él nos da instrucciones para ver la luz. Reconoce siempre que él va de tu lado, no dejes que el cansancio, ni el desanimo mantengan tus redes vacías. Él ahí, en esa situación, quiere aparecer en tu vida. Detente un momento en oración y experimenta su presencia para que redescubras adonde te debes dirigir.
Pidamos que sea Jesús resucitado quien aliente nuestro caminar y que nos permita vivir en unidad y en alegría. Y que lo reconozcamos a él como nuestro alimento de vida. Que nuestro Padre también nos conceda la gracia de poder llenar nuestras redes para así experimentar un encuentro vivo con él. Que yo me deje abandonar en tus brazos y que a pesar de mis noches oscuras yo vea en ti la luz que me alumbra y me ayuda a seguir; que esa presencia tuya siempre me acompañe en mí día a día. Para que de esta manera mi vida sea diferente. Pues contigo todo se ilumina y se multiplica en bendiciones abundantes. Señor dame la gracia de tirar la red, si es tu voluntad, no llenarla de peces sino de almas rescatadas para ti.
«Apacienta mis corderos». En esta segunda parte vemos a Jesús quien tiene un diálogo intimo con Pedro. Ese puede ser llamado como un diálogo amoroso. Pedro, quien ha ido transformando todo hasta comprender a Jesús. Vemos que él lo ha acompañado en varios hechos importantes y es capaz de intervenir en diálogos y situaciones.
Pedro, presentado ante Jesús por su hermano Andrés, donde él obtiene un cambio de nombre, se llama Simón. Es decir, roca, es a quien Jesús llama específicamente a orilla del lago. Con esto Jesús lo saca de su zona de confort. Jesús cumple su promesa de que nunca lo dejará, da con esto mayor seguridad a Pedro. Quien es ahora seguro de sí mismo. Él, a pesar de su entrega, en su momento niega a Jesús y le traiciona. Pero sin embargo su proceso personal ya termina en este texto. Ante Jesús, su amor es más importante que sus pecados. El sí de Jesús ante Pedro muestra su meta, lo cual es la fidelidad y la libertad de pecado, quiere decir que todos merecemos o necesitamos de Jesús.
Aquí hay algo muy importante y es que los pecados del pueblo están cubiertos no siempre con marcas negativas, sino también positivas que nos hacen mantenernos en el rebaño. Es a través del servicio a la comunidad en donde Pedro definirá el sentido del amor que Jesús le está pidiendo. Por eso el día de hoy él es capaz de pedir que vivamos su amor de manera personal y comunitaria.
Pidamos en esta segunda parte a nuestro Padre Dios, que nos transforme, así como a Pedro, sabiéndonos pecadores en manos de Dios. Que podamos afirmar eso que dijo Pedro. “Señor tú sabes que te quiero”. Permíteme además llevar tu mensaje y así con mí testimonio seguir construyendo tú reino. Señor, que yo con tu ayuda pueda cuidar y buscar esas ovejas perdidas que son nuestros hermanos. Y que te pueda amar como te amó Pedro. Y, Señor dame la fe de Pedro cuando tú lo mandaste a echar la red. Pasó un milagro y se llenó de peces.
Terminemos orando a nuestro Padre Dios que nos ama de manera incondicional.
«Pero dice Simón Pedro a Tomás, Natanael, Zebedeos y otros dos. Es que me voy a pescar. Y ellos le contestaron. Nosotros vamos contigo. Y se embarcaron de noche. Y no pudieron pescar nada. Y se presentó Jesús. Cuando estaba amaneciendo. Pero fue allá en la orilla. Que se presentó Jesús. Pero ellos no sabían. Que había sido Jesús, que se les había presentado. Jesús les dice muchachos. ¿Ustedes tienen pescados? Pero contestaron no. Entonces dijo Jesús. Echen la red a la derecha. Pues ahí van a encontrar. Pero ellos la echaron. Fue tanto lo que encontraron. No podían sacar la red. Estaban llenas de peces. Pero Jesús dice a Pedro. Es el Señor. Al oír es el Señor. Simón Pedro que ahí estaba. Pues desnudo se encontraba. Pero se ató con la túnica. Y él se tiró al agua. Y remolcaba la red. Con los peces que llevaba. Pero saltaron a tierra. Allí vieron una braza. Y un pescado puesto encima. Pero también tenía un pan. Entonces Jesús les dice. Que le trajeran los peces. Que acaban de pescar. Pero entonces Simón Pedro. Él arrastraba la barca. Hasta llegar a la orilla. Estaba llena de peces. Pero era una cantidad. De ciento cincuenta y tres. Pero aun eran tantos. La red no se rompió. No se atrevió a preguntar. Quien era pues ya sabía. Que él era el Señor Jesús. Se acercó y tomó el pan. Y a ellos se los dio. También les dio el pescado. Pues fue la tercera vez. Que se les apareció. A los discípulos. Después de resucitar. Se les apareció Jesús. Pero fue a sus discípulos. Después de comer con ellos. Le dice a Simón Pedro. Que era hijo de Juan. Jesús no le preguntó. Una vez sino tres veces. Simón Pedro tú me amas. Le contentaba que sí. Pero Jesús le decía. Apacienta mis ovejas. Pero en una Simón Pedro. El sintió mucha tristeza. Pero él le contestó. Tú que lo conoces todo. Pero tú sabes que te quiero. Entonces Jesús le dice. Apacienta mis ovejas. Pero en verdad te digo. Que cuando tú eras joven. Ibas donde tú querías. Pero cuando seas viejo. Tú extenderás las manos. Y otro te ceñirá. Te llevará donde quiera. Se refería a la muerte. Que iba a dar gloria a Dios. Luego de esto añadió. Amén».
«La gracia más grande. Que da el Señor. Que un hijo de Dios. Viva en oración. Si oras hijo mío. Tú Dios te acompaña. Pero él te escucha. Cuando tú lo llamas. Lo que tú le pidas. Dios te lo regala. Amén».
«En aquella noche. Echaron la red. No pescaron nada. Jesús vino a ellos. Se les presentó. Y él fue a la orilla. Les dijo Jesús. No tienen pescados. Ellos contestaron. No tenemos nada. Pues echen la red. Que sea a la derecha. Y se llenará. Trabajo dará. De poder sacarla. Sácame la duda. Que llevo por dentro. De mi corazón. Yo quiero entrarte. A ti mi Señor. Con toda la fuerza. De mi corazón. Es que yo te quiero. Tú eres mi Señor. Amén»
«Que te siga amando. Con toda mi alma. Que lleve la calma. A tú corazón. Eso es lo mejor. Vivir en la paz. Y en la soledad. Junto con Jesús. Quiero que me lleves. A donde tú vas. Amén».
«Que solo te quedes. En mi corazón. Yo sería feliz. Contigo Señor. Si tú te quedaras. Y no te salieras. Qué pena me da. Si tú me dejaras. No me dejes nunca. Quédate a mi lado. Amén».
«Hijo yo quiero mirarte. Con mucho amor y ternura. Decirte que eres dulzura. Porque te llevo muy dentro. Es mi corazón que siente. Decirte cuanto te quiero. Tu Madre que desde el cielo. Te mira con mucho amor. Sabe que tú eres mi hijo. Y yo sé que soy tu Madre. Que no nos separaremos. Hasta juntarnos los dos. Aquí y yo en el cielo. Amén».
«Que bonito rostro. Que tiene María. Hay que venerarla. Con mucha alegría. Pídele a María. Que vayamos con ella. La Madre más buena. Que hay sobre la tierra. María de mi amor. Nunca me separe. De tu corazón. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

