¿QUIÉN DICE LA GENTE QUE SOY YO?
Apreciados hijos amados de Dios, seguimos avanzando por el tiempo ordinario iniciando hoy la décima segunda semana, donde Jesús nos hace una pregunta como base esencial para su seguimiento. En este día quiere centrar nuestra atención en aquel que es capaz de atraer nuestra mirada. Revistiéndonos de sí mismo para asumir su seguimiento como una vocación filial a la libertad, y ante la pregunta que se nos hace, debemos responder, y dependiendo de nuestra respuesta, identificaremos la calidad de nuestro seguimiento.
Sé que hoy en día el miedo, la angustia, la desesperación, la inseguridad, la falta de confianza y las diferentes guerras que hoy nos arropan, nos afectan a todos. A causa de la situación que hoy el mundo está viviendo, y que hasta en nuestra propia casa no nos sentimos seguros. Nos hemos enfermado psicológicamente, nos hemos vuelto prisioneros en nuestro propio mundo. Nos hemos alejado incluso hasta de Dios porque no le dedicamos tiempo, ni espacio para la oración.
Hoy es el momento propicio para presentarle tú corazón y dejar todo lo que te aqueja en las manos del único que te puede ayudar. Deposita en él tus miedos, tus violencias interiores, en fin, todos los problemas que te aquejan. Pues él hoy contigo quiere estar, pero necesita que tu corazón esté dispuesto para él poderse quedar. Y de esta manera esté libre para seguirle; es necesario que tú cada día vayas conociendo cual es su propia identidad y quién es él para ti.
Hoy el te invita a que prestes atención a lo que el día a día quiere anunciar. Y en la palabra de hoy Jesús nos vuelve hablar de su anuncio; de su pasión y su muerte. Y él todo esto lo anuncia cuando todos quedan admirados por las cosas que él hacía. Por eso es que era difícil para los discípulos entender el plan salvífico de Dios. Y les daba miedo referirse a aquello que Jesús les hablaba: Que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.
Ya en el evangelio nos encontramos con Jesús, quien hoy se encuentra junto con sus discípulos luego de haber estado en oración y les hace una pregunta: «Quién dice la gente que soy yo». Ciertamente eran muchos los que habían escuchado a Jesús y habían sido testigos de sus milagros. Ellos ciertamente creían que en él había unos poderes extraordinarios que no habían visto en nadie, sólo en los que narraban las escrituras del Antiguo Testamento; profetas e incluso Juan el Bautista en los últimos tiempos. En tiempo de Jesús ellos esperaban un Mesías poderoso. En sus mentes no cabía aquel que se debía entregar y padecer para salvarnos.
Jesús, cuando pregunta sobre su identidad quiere saber el impacto que él tiene para los demás. Él, evaluando su proyecto, debe estar seguro de que en verdad lo conocen. Por eso habla del camino de quienes lo quieren seguir. Y seguirle implica negarse a sí mismo, y aunque no lo entendamos implica sufrimientos. Analicemos nuestra respuesta y verifiquemos si ésta es clara y determinante como la de Pedro. “Tú eres el Mesías el Hijo de Dios”. Es decir el Señor el único a quien hay que someterlo todo. Porque de él hemos recibido todo.
El no es un Señor al estilo humano que nos domina, nos esclaviza. Él solo nos cuida, nos acompaña y nos advierte. Pero nos quiere en el buen camino y a pesar del sacrificio que conlleva, nos pide que le sigamos. Debemos de renunciar a todas esas realidades que se oponen al camino trazado por el Maestro. Él nos invita a tomar nuestra cruz es decir abandonarnos en sus manos y llevar la cruz de cada día, aunque conlleve sacrificio, dolor y muchas veces sufrimientos. Él puede llevarnos a un camino de liberación.
Hoy en día nosotros debemos dejarnos transformar por la experiencia y vida de Jesús. Para poderle seguir profundamente y hacerlo con un corazón dispuesto y entregado. Aun sabiendo que debe pasar por las pruebas y el sufrimiento. Aunque al final una vida eterna tendremos si permanecemos en su gracia. Asumamos el reto de seguir a Jesús, no abandonemos la oración, afiancemos nuestra confianza en el Maestro y Señor de nuestras vidas.
Reconozcámoslo siempre como nuestro Señor y Maestro de nuestras vidas. Hagamos nuestra la salvación que él nos ofrece y sirvámosle siempre en todo momento. Asumamos el compromiso de transmitir a un Cristo vivo que se hace presente en nuestras vidas y en nuestra historia. Señor que nunca sienta miedo, mejor dame sabiduría para entender tu palabra y explicarla a los demás. Señor que yo crea y piense en ti siempre y que el miedo que sienta sea para no pecar y obedecerte en todo.
Que este texto nos permita no tener miedos sino confianza en Jesús quien ha entregado su vida para salvarnos. Quiero hacerte hoy las siguientes preguntas:
¿Cómo enfrentas y vences tus miedos?
¿Eres tú capaz de entender el plan salvífico de Dios?
¿Está Dios hoy presente en cada acontecimiento de tú vida?
Que hoy puedas tu sentir el poder del Dios que todo lo puede en cada acontecimiento de tu vida y lo puedas enfrentar con esa fuerza que solo viene de él.
Terminemos orando con mucha confianza en ese Dios de Jesús.
«Todos quedan asombrados. Por lo que había hecho Jesús. Pero les dijo Jesús. Oigan bien lo que les digo. Pero tampoco lo olviden. Que soy el Hijo del Hombre. Pero me van a entregar. Sé que me van a poner. En manos de aquellos hombres. Pero ellos no entendían. Pues Dios no permitió. Que ellos lo entendieran. Además tenían miedo. De pedirle a Jesús. Que le explique la palabra. Que eran Palabras de Dios. Amén».
«En tiempo. Dentro de la admiración general. Era por lo que decía. Jesús dijo a sus discípulos. Tienen que meterse bien. Todo esto en la cabeza. Es que el Hijo del Hombre. Tiene que ser entregado. Y es en manos de los hombres. Pero ellos no entendían nada. Les resultaba oscuro. Y a la vez tenían miedo. Lo que ellos no sabían. Que Jesús se iba a enfrentar. No debemos tener miedo. A la palabra también. Los compromisos nos dan fe. Y podemos profundizar muchas expresiones de Jesús. En nuestras vidas. Amén».
«Que pueda imitarte. En lo que tú haces. Pues todo lo bueno. Tú lo haces Señor. Que siempre a tu lado. Yo pueda seguirte. Y pueda servirte. Con todo mi amor. Tú eres mí Señor. En quien puedo confiar. Y me puedes entrar. En tú corazón. Amén».
«No crean que yo estoy lejos. De ustedes yo estoy muy cerca. De lo que hacen me doy cuenta. Su tiempo es para orar. Yo no me puedo quejar. Yo se que ustedes me aman. Así lo amo yo a ustedes. Como se mueve su amor. Dentro de su corazón. Por su Padre que los quiere. Amén».
«Si se llevaran de mí. Las almas no se perdieran. Les ruego oren por ellas. Para que lleguen a mí. Todas vienen tan felices. Pues saben que aquí hay gozo. Y mucha felicidad. También reciben la paz. Que se vive aquí en el cielo. No sabía que era bueno. Estar contigo Señor. Amén».
«Tantos dolores pasé. Por la cruz que yo cargaba. Cuántos dolores sufrí. Por los látigos en mi espalda. Pero nunca me queje. Por tantos maltratos dados. Eran tantos los pecados. Que iban sobre mis espaldas. Yo me dije puedo cargarlo. Con mi fuerza y con mi amor. Esas almas rescatadas. Fueron a los pies del Señor. Amén».
«Vengo a regalarte. Mi amor, hijo mío. Porque en este día. Mi amor yo te doy. Y hoy te llenaré. De mucha alegría. Tú Madre María. Que vive en el cielo. Por eso le pido. A mi Hijo Jesús. Que seas bendecido. Te llene de luz. De paz y amor. Tú Madre te lleva. En su corazón. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

