DE LA RELIGIÓN DEL TEMPLO AL CULTO DEL CORAZÓN
Evangelio: Juan 2,13-25
Fijándonos en la primera lectura existe un error que cometen incluso los educadores con las mejores intenciones: hablar de obligaciones morales antes de haber hablado de Dios y de su Amor; antes de haber dejado claro que Él no es el aguafiestas de la felicidad del hombre sino el Padre que quiere que sus hijos gocen de la plenitud de la vida. Este acercamiento erróneo, tanto desde el punto de vista teológico como pedagógico, es la primera razón del rechazo a la moral cristiana.
El texto del Evangelio de hoy, la expulsión de los mercaderes del templo es referido por los cuatro evangelistas, y esto demuestra la importancia que atribuían al hecho.
Para los comerciantes, el tiempo de Pascua significaba una oportunidad, en pocas semanas lograban acumular más ganancias que durante todo el resto del año.
Pero los que verdaderamente se beneficiaban de este comercio eran los aristócratas de Jerusalén pertenecientes a la secta de los saduceos. Los gestores eran miembros de la familia de los sumos sacerdotes Anás y Caifás quienes, desde hacía decenios, mantenían el control del poder religioso y económico de la capital. La casa de oración había sido transformada por sus propios ministros en un mercado.
El episodio dramático narrado por el evangelio de hoy fue con ocasión de una fiesta de Pascua en la que Jesús, sin mediar una palabra, confeccionó una especie de látigo y comenzó a expulsar con furia a todos los que se encontraban bajo el pórtico regio, lanzando al aire sillas, dinero y las jaulas de las palomas; después, ante la sorpresa de los cambistas de monedas, volcó sus mesas y, con ellas, las pilas de monedas preparadas para el cambio.
El gesto de Jesús decretó el fin de la religión ligada a la ofrenda de animales y declaró el rechazo, por parte de Dios, de sacrificios cruentos, cuya inconsistencia había sido ya anunciada por los profetas. En la prueba máxima de Amor que Jesús estaba a punto de dar, se exponía el único sacrificio agradable al Padre, el que, a los cristianos de su comunidad, Juan había explicado así: “Hemos conocido lo que es el Amor en aquel que dio la vida por nosotros” (1 Jn 3,16).
La enseñanza más importante, sin embargo, se encuentra en la siguiente frase: “Derriben este santuario y en tres días lo reconstruiré”. No se refería ya al comercio y al tráfico indignos que se desarrollaban en aquel santuario, sino a la inauguración de un nuevo templo; anunciaba el inicio de un nuevo culto: “Él se refería al santuario de su cuerpo”.
El pasaje evangélico concluye con una información sorprendente: Durante la fiesta, “al ver las señales que hacía, muchos creyeron en Él. Pero Jesús no se fiaba de ellos porque los conocía a todos, porque Él sabía lo que había en el corazón del hombre” (vv. 23-25). La razón de esta actitud de desconfianza de Jesús era debida a que aquellas personas se habían acercado a Él, no atraídas por su mensaje sino porque habían presenciado sus prodigios. La fe que tiene necesidad de ver, de pruebas a través de obras extraordinarias, es una fe frágil. Jesús no se fiaría, tampoco hoy, de quien lo busca como curandero o autor de milagros. La verdadera fe consiste en aceptar convertirse, junto a Él, en piedras vivas del nuevo templo, y en inmolar la propia vida por los demás.

