Cuarto Domingo de Cuaresma – Año B
Evangelio: Juan 3,14-21
Un día, Dios evaluará la vida de cada uno como un éxito o un fracaso. «Desde allí vendrá a juzgar» … es uno de los artículos del Credo de la fe que profesamos. Pero quizás no nos hayamos preguntado nunca qué significa “desde allí” … ¿Dónde es ese “desde allí”? Seguramente no nos hemos hecho nunca esa pregunta porque la respuesta nos parecía obvia: regresará desde el Cielo. El Resucitado ha prometido a sus discípulos permanecer con ellos “todos los días, hasta el fin del mundo”. Por lo tanto, no hay que esperar ningún regreso y el trono en que está sentado para pronunciar su juicio no hay que colocarlo en el Cielo, sino aquí, en la tierra. ¿Dónde? He aquí la sorpresa: Es desde la cruz que Él está juzgando al mundo.
Es Jesús, el Crucificado, el que, destruyendo las expectativas y valores de este mundo, juzga las derrotas como victorias, el servicio como poder, la pobreza como riqueza, la pérdida como ganancia, la humillación como triunfo, la muerte como nacimiento. Es con Jesús Crucificado con quien cada uno se debe confrontar, porque solo Él es quien nos dice la verdad sobre las decisiones que el hombre debe tomar, y solo su juicio debe ser “temido”, es decir, escuchado y puesto en práctica.
No infunde temor el juicio del Crucificado. Constituye, eso sí, la condenación más severa de toda maldad. Pero es motivo de alegría y esperanza para el pecador; de la boca del Crucificado, en realidad, solamente oímos estas palabras: “Yo no he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo”.
El Evangelio de hoy nos habla del diálogo de Jesús con Nicodemo. Solo el evangelista Juan habla de Nicodemo, personaje importante entre los fariseos, quizás miembro del gran Sanedrín que, aprovechando la oscuridad y el silencio de la noche, salió al encuentro de Jesús. Parece que lo estamos viendo: un hombre ya entrado en años, moviéndose en la oscuridad, pegado a los muros de la ciudad de Jerusalén para no ser reconocido por algunos de sus colegas. Va en busca de la luz y ha intuido quién se la puede dar: el joven rabino de Nazaret, el hombre “venido de parte de Dios para enseñar”.
El pasaje de hoy es la última parte de aquel diálogo nocturno.
En la primera parte Jesús le recuerda un episodio acaecido durante el éxodo que él, “maestro de Israel”, debe conocer bien. En el desierto, muchos israelitas habían sucumbido víctimas de mordeduras de serpientes venenosas; Moisés se dirigió al Señor, que le mandó construir una serpiente de bronce e izarla sobre un palo. Quien, después de ser mordido, levantara los ojos hacia aquella serpiente, salvaría la vida. Jesús se refiere a este hecho y lo interpreta como un símbolo de lo que pronto va a suceder. contemplar a Jesús “exaltado” en la cruz, significa “creer en Él, poner nuestros ojos en el Amor que nos ha manifestado.
En la segunda parte del pasaje encontramos una meditación teológica sobre la misión del Hijo del Hombre: Dios no lo ha enviado “para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por medio de Él”. El juicio de Dios no será pronunciado al final de los tiempos sino hoy. Frente a cada opción que el hombre está llamado a tomar, el Señor hace oír su parecer: indica lo que es conforme a la sabiduría del cielo y pone en alerta ante las decisiones de muerte.
Jesús María amatria, cmf.

