Juan 6,24-35
Jesús nos confronta hoy con esta pregunta: “¿Por qué me están buscando?” ¿Por qué buscamos nosotros a Dios, a Jesús? ¿Es únicamente por las cosas que él nos da? Recibimos mucho de Dios, es cierto, pero ¿buscamos a Jesús por Él mismo, por lo que significa para nuestras vidas? Él es quien da sentido a nuestra vida y quien nos dice cómo podemos seguir creciendo como hermanos y hermanas suyos. Y él nos pide también que aprendamos de Él a darnos a los demás, para llegar a ser, por nuestra entrega, como comida y bebida los unos para los otros.
Recordamos que el pasaje evangélico de la semana pasada terminó con el entusiasmo de las multitudes que querían proclamar a Jesús como rey y, por lo tanto, están en la cumbre del éxito, un triunfo en nuestra opinión, pero para Jesús fue la mayor decepción. Se había dado cuenta de que no había sido capaz de hacer entender a la gente el significado de la señal que había dado. Había tomado cinco panes y dos peces, es decir, todo lo que la gente tenía a su disposición, y había demostrado que esa comida no sólo era suficiente para alimentar a todos, sino que era simplemente superabundante. Había dado una señal que la gente no entendió. Consideraron a Jesús un hacedor de milagros. Es el malentendido en el que nosotros también podemos caer. Nuestro mundo tiene tantos fallos, tantos huecos y lagunas que necesitan ser reparados: el hambre, la miseria, las enfermedades, el dolor. ¿Qué dijo la gente de Cafarnaún? ¿Qué esperaban de Jesús? La gente debe haber dicho: ‘Qué gran cosa; finalmente aquí viene uno que resuelve todos nuestros problemas con milagros’. Es el malentendido en el que nosotros también podemos caer. Jesús no pudo hacerles entender que el nuevo mundo no viene del cielo con milagros, sino que tiene que ser construido siguiendo su propuesta. Solo así nacerá un mundo sin hambre, sin guerras, sin miseria. Esta era la señal que Jesús había dado y la gente lo malinterpretó.
Sin embargo, los discípulos han entendido la señal, pero su corazón está agitado. A diferencia de la multitud, se han dado cuenta de la propuesta que Jesús ha hecho, es decir, que deben dejar el mundo viejo y hacer un éxodo hacia el mundo nuevo que él propone construir, pero se dan cuenta de que aceptar la propuesta de Jesús es muy complicado porque implica comportarse como el niño que no se guardó la comida para sí mismo, no la vendía ni la hacía pagar, sino que la entregó por amor, había puesto todos los bienes que tenía a disposición de sus hermanos y daba pruebas de que comportándose así se satisfacía el hambre del mundo. Pero sus corazones están agitados porque aceptar esta propuesta es difícil.
La única obra que Dios nos pide es creer en aquel que ha sido enviado por el Padre celestial que es Jesús de Nazaret. ¿Qué significa creer? Creer significa confiar en la propuesta de vida que nos hace Jesús que es dar la vida por amor; no quedarse con los bienes para uno mismo sino darlos al hermano para que viva. Creer significa: ‘apuesto mi vida por lo que me pides hacer’. Y está claro que es una propuesta muy exigente.
Luego viene la duda. Por eso las multitudes de Cafarnaún le dicen a Jesús, danos una señal de que tu propuesta viene de Dios, una propuesta que tú estás encarnando.
Jesús pide la confianza que pide un enamorado. O te fías o no confías en él. Jesús solo te da una prueba: la belleza de su vida entregada por amor. Y ahora te pregunta: ‘También quieres comprometer tu vida con la mía y junto con la mía?’
Quien está enamorado quiere que la persona que ama sea feliz y también sabe que no puede serlo si no está con ella y por eso quiere conquistarla. Jesús es el enamorado que quiere convencernos de que sólo él puede llenar nuestra necesidad de amor infinito, de alegría infinita, de vida duradera.
Jesús María Amatria cmf.

