En la última parte del pasaje del pasado domingo, escuchamos la declaración de Jesús: “Yo soy el Pan de Vida”. Él es “pan” en cuanto es sabiduría de Dios. Quien asimila su propuesta saciará su hambre y sed de felicidad y amor. Ante esta demanda sin precedentes, los judíos reaccionan con total resolución. Están convencidos de poseer ya el “pan” que sacia: la Toráh, la palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras.
Israel no necesita otro pan y no puede admitir que un hombre se proponga a sí mismo como el “Pan de Vida”. Desconcertados, murmuraban entre sí: “¿No es este Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice que ha bajado del cielo?”. Murmurar significa contradecir, rechazar la afirmación provocadora y escandalosa que han oído.
Dios no se ha limitado a revelarse a sí mismo a través de la Creación. En la plenitud de los tiempos se ha presentado al mundo. Ahora es posible verlo, tocarlo y escucharlo en un hombre, Jesús de Nazaret, que es el rostro humano de Dios: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”.
Los judíos murmuran, es decir, se niegan a seguir este camino que conduce a Dios. Piensan que es inconcebible que un hombre pueda albergar la pretensión de hacer presente al Señor, les repugna la idea de un Dios que se hace hombre, convencidos como están de que el Todopoderoso tiene su trono en el cielo, de que vive alejado del mundo y manifiesta su majestad y su poder a través de intervenciones prodigiosas y voces arcanas. No conciben que se revele en un hombre débil y frágil, en el hijo de un carpintero.
Jesús reconoce que nadie ha visto al Padre, pero indica la manera de poderlo contemplar; asegura que se puede ver a Dios a través suyo, observando lo que hace, a quién frecuenta, a quién amonesta, a quién defiende, a quién se acerca, a quién acaricia, por quién se deja tocar, por quién se deja besar… porque sus gestos, sus opciones y sus decisiones y preferencias son las del Señor.
La segunda parte del pasaje de hoy responde a la pregunta sobre la raíz de la incredulidad. Jesús dirá que la razón es que nadie puede ir a Él si no es atraído por Padre que lo envió. El descubrimiento del “Pan del cielo” no es un logro del hombre sino un don gratuito del Padre.
Hasta este punto de su discurso, Jesús no ha invitado a sus oyentes a “comer” el Pan que ha bajado del cielo. Se ha limitado a identificarse a sí mismo como este Pan. En la última parte del texto declara por primera vez que, para poseer la vida, es necesario comer el Pan que es su carne.
Comer a este Dios hecho carne es reconocer que a través de “hijo del carpintero” pasa la revelación plena de Dios. Significa aceptar la sabiduría venida del cielo, aunque la contemplemos revestida de carne, es decir, de todos los aspectos caducos que caracterizan nuestra debilidad humana.
Aún en el discurso, Jesús no habla de la Eucaristía. Jesús se refiere siempre a su mensaje, a su Evangelio, que todos los hombres son invitados a asimilar como pan hasta hacerlo vida propia. De la íntima relación entre esta acogida de la Palabra y el signo del Pan eucarístico, nos hablará el texto del próximo domingo.
Jesús María Amatria, cmf.

