“Discípulos Misioneros con corazón entero”
Evangelio: Lucas 14,25-33
Pablo nos habla de que “Los judíos piden milagros, los griegos buscan sabiduría mientras que nosotros anunciamos un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Cor 22-23). ¿Dónde está la verdadera sabiduría? La lógica de la cruz no es la del mundo… y nosotros crecemos asimilando la lógica del mundo.
Hasta finales del siglo III, los símbolos cristianos eran el ancla, el pescador, el pez… nunca la cruz. Será a partir del siglo IV, que la cruz se convertirá en símbolo de victoria. Tomar partido por la cruz es tomar partido por la Vida… Pero esto es difícil comprenderlo.
El texto de hoy empieza diciéndonos que a Jesús le seguía una multitud. Frente a los grandes números, a las muchedumbres Jesús, en vez de alegrarse, se preocupa. Él siempre imagina a sus discípulos como “un pequeño rebaño” (cf. Lc 12,32), como un poco de “sal” (cf. Mt 5,13), como “levadura” (cf. Mt 13,33), como un grano de “mostaza” (cf. Mt 13,31). Temiendo que se tratase de un equívoco, de que las gentes hubieran malinterpretado sus palabras, se vuelve hacia ellas y comienza a explicarles qué implicaciones tiene el ser discípulos suyo.
Jesús presenta tres exigencias, muy duras, que terminan, las tres, con el mismo, severo estribillo: “No puede ser mi discípulo”. Parece como si quisiera alejar en vez de atraer a aquellas personas.
La primera condición: “Si alguien viene a mí y no me ama más que a su padre y su madre, a su mujer y sus hijos, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Es la invitación dirigida a los cristianos de las comunidades de Lucas a oponerse de todas las maneras posibles, a aquello que es contrario al Evangelio, aun cuando esto signifique enfrentarse a un amigo, herir la sensibilidad de algún familiar, romper compromisos. Estos comportamientos radicales, este posicionamiento íntegro, pueden ser clasificados como “odio”; sin embargo, son gestos valientes de auténtico amor.
La segunda condición: “Quien no carga con la cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”. Jesús no hace un llamamiento a la resignación sino al compromiso de dar testimonio, incluso con la propia vida, de la propia fe. Esta es la cruz que debe esperar todo discípulo.
Antes de introducir la tercera condición, Jesús narra dos breves parábolas. Ambas pretender dejar en claro la seriedad y el compromiso que comporta esta elección. Quien ha escuchado el Evangelio no puede hacerse la ilusión de haberse convertido ya en discípulo; no son suficientes los arrebatos y el entusiasmo inicial; es necesaria la constancia y la fuerza para perseverar.
La tercera condición: “Quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo”. La exigencia de renuncia total a los bienes no se dirige solamente a algunos sino a toda persona que sigue a Jesús. Porque tu vida no depende de tus bienes, «un hombre nunca vale por lo que posee, ni por el color de su piel, sino por la calidad de sus sentimientos. Un hombre vale lo que vale su corazón» (Gandhi).
Con estas condiciones Jesús nos invita a “ir a la otra orilla”, a no quedarnos donde estamos, a no acomodarnos. Es una llamada a salir de situaciones de estancamiento personal y espiritual, a tomar decisiones, a afrontar nuevos desafíos, a remar mar adentro. Jesús pide sí una renuncia, pero renunciar a lo que nos impide crecer, ser felices. Quien renuncia como Jesús nos pide, descubre que renunciar por Él es igual que florecer.
Jesús María Amatria, CMF.

