SEGUNDO DOMINGO EN TIEMPO ORDINARIO – AÑO A
Evangelio: Juan 1,29-34
Los tres evangelios sinópticos inician el relato de la vida pública de Jesús recordando su bautismo. Juan no lo narra, pero dedica un amplio espacio al Bautista. Lo ve más que como precursor, lo presenta como “el hombre enviado por Dios a dar testimonio de la luz”. Su vida y su predicación suscitan interrogantes, expectativas y esperanzas en el pueblo; incluso circula la voz de que él es el Mesías… Una delegación de sacerdotes y levitas van más allá del Jordán para interrogarlo con el fin de aclarar su identidad y su quehacer. Él responde que no es el Mesías… “Yo bautizo con agua, pero entre ustedes hay alguien a quien no conocen, que viene detrás de mí, y no soy digno de soltarle la correa de sus sandalias”.
Es en este contexto vemos como Juan da testimonio de Jesús. Al verlo venir hacia él exclama: “Ahí está el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.
La expresión señala el punto de llegada de su largo y ciertamente fatigoso camino espiritual. Dirá dos veces: “Yo no lo conozco” (vv. 31.33) pero llega a definir su identidad.
Para Juan ningún título como el de “cordero de Dios” resumía quien es Jesús. Juan era conocedor de la historia de su pueblo y estaba familiarizado con las Escrituras. Como israelita piadoso, sabía que sus oyentes, al hablarles del ‘cordero’, entenderían inmediatamente la alusión al cordero pascual cuya sangre, puesta sobre los dinteles de las casas en Egipto, libró a sus padres de la masacre del ángel exterminador. El Bautista nos adelanta el destino de Jesús: un día será inmolado como un cordero, y su sangre quitará a las fuerzas del mal la capacidad de hacer daño; su sacrificio liberará al hombre del pecado y de la muerte.
Hay una segunda alusión en las palabras del Bautista. Los israelitas conocían muy bien las profecías contenidas en el libro de Isaías y no podían menos de percibir la alusión al fin ignominioso del Siervo del Señor. La primera lectura de la liturgia de hoy nos habla de Él. Así describe el profeta su camino hacia la muerte: “fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la esquilan… ha sido contado entre los pecadores, cuando llevaba sobre sí el pecado de muchos e intercedía por los pecadores” (Is 53,7.12).
Pero el Bautista tiene todavía en mente una tercera resonancia bíblica: el cordero se asocia también al sacrificio de Abrahán. Isaac, mientras caminaba junto a su padre hacia el monte Moria, le preguntó: “Aquí está el fuego y la leña. Pero ¿dónde está el cordero para el holocausto? Abrahán responde: “Dios mismo proveerá el cordero” (Gén 22,7-8).
“¡He aquí el cordero de Dios!”, responde ahora el Bautista., Es Jesús, dado por Dios al mundo para que sea sacrificado en el lugar del hombre pecador, merecedor de castigo.
En la segunda parte del texto que nos propone la liturgia hoy aparece el testimonio del Bautista que reconoce como “hijo de Dios” a aquel sobre el que ha visto descender y posarse el Espíritu. Se refiere a la escena del bautismo narrada por los sinópticos. Juan introduce, sin embargo, un detalle significativo: el Espíritu es visto no solo descender sobre Jesús sino permanecer en Él.
Es este el mensaje de esperanza y alegría que, a través del Bautista, el Evangelista Juan desde la primera página de su evangelio quiere anunciar a sus discípulos dando testimonio de quien es Jesús.
Jesús María Amatria, cmf.

