CUARTO DOMINGO EN TIEMPO ORDINARIO – AÑO A
Evangelio: Mateo 5,1-12
El monte del que habla Mateo no hay que entenderlo en sentido geográfico sino en su significado teológico. Más que un lugar concreto, el “monte” es cualquier lugar o momento en que nos abrimos a la palabra de Dios.
Jesús abandona la llanura. Es como si abandonara la tierra donde se mueven las personas “normales” que siguen la lógica de este mundo, es decir, aquellas que se rigen por la “sabiduría” y la astucia mundana; esa “sensatez” que lleva a razonar pensando que “la salud lo es todo”; “lo que cuenta es el éxito”; “dichoso aquel que posee una abultada cuenta bancaria”; “feliz quien puede viajar, divertirse, quien no se priva de ningún placer”; “a mí lo que me interesa es el sexo”… ¿Sacrificarse, practicar renuncias en favor de los demás? ¡Ni pensarlo!”
La liturgia de hoy nos invita a subir con Jesús al monte para escuchar sus propuestas de felicidad, de éxito, de bienaventuranza. Serán propuestas desconcertantes, incluso insensatas para quienes tienen la mente absorbida por las propuestas sugeridas por la “sabiduría” de este mundo.
En el monte, donde se escucha la voz de Dios y se acoge su proyecto, se revela que la verdadera dicha no está en la riqueza, el éxito o el placer inmediato. Jesús nos dice que:
Felices son los Pobres de espíritu, es decir, aquellos que deciden no tener nada para sí mismos y ponen todo a disposición de los demás.
Son felices, los “afligidos”, aquellos que experimentan profundo dolor frente a una sociedad todavía dominada por la injusticia. Aquellos que se sienten insatisfechos y esperan de Dios la Salvación.
Y los mansos, aquellos que han sido privados de sus derechos, de su libertad, de sus bienes. Los que soportan injusticias sin protestar. No se resignan, pero rechazan recurrir a la violencia para restablecer la justicia.
También los que buscan la justicia de Dios para quien la justicia es siempre, sola y únicamente “salvación”, es la recuperación del que hace el mal y ha cometido pecado.
Son bienaventurados los misericordiosos, los que, como Dios, hacen obras de misericordia, aquellos que se comprometen a que las personas necesitadas encuentren siempre lo que necesitan.
Los puros de corazón son bienaventurados porque tienen un comportamiento ético que concuerda con la voluntad de Dios. Son aquellos que tienen el corazón íntegro, sin divisiones, porque no aman simultáneamente a Dios y a los ídolos.
Los “constructores de paz”, aquellos que se empeñan en hacer que esta vida rebosante de bienes se derrame también sobre excluidos y marginados. A estos constructores de paz se les reserva la más bella de las promesas, serán considerados hijos de Dios.
Quien sufre por su fidelidad al Señor es proclamado bienaventurado en el momento y por el hecho mismo de ser perseguido. La persecución no es un signo de fracaso sino de éxito. Es motivo de alegría ya que prueba que la decisión tomada ha sido conforme a la “sabiduría de Dios”.
Estas actitudes inauguran ya el Reino de los cielos, un mundo nuevo donde la lógica del amor, la entrega y la confianza en Dios sustituyen la lógica egoísta del mundo. Subir al monte con Jesús es aceptar este desafío y vivir una felicidad que, aunque parezca insensata a los ojos del mundo, es la única que conduce a la plenitud verdadera.
Jesús María Amatria, cmf.

