¡Encontré mi razón de vivir!
Evangelio: Mateo 13: 44-52
No se puede vivir sin atar el corazón a un tesoro. También podemos ser engañados al elegir nuestros tesoros, pues es fácil dejarse deslumbrar y confiar en lo inconsistente y poco fiable
La primera parábola del Evangelio que nos propone la liturgia de hoy de hoy relata como por pura casualidad, un hombre descubre un tesoro en el campo donde trabaja. Lo esconde en otro lugar, vende todo lo que tiene y compra ese campo.
El tesoro del que habla Jesús es el reino de los cielos, es la nueva condición a la que entran quienes acogen las bienaventuranzas. Este tesoro tiene un valor incalculable y solo lo descubren gradualmente quienes deciden arriesgar sus vidas por él y se encuentra por casualidad porque Dios lo ofrece gratuitamente a las personas. No es un premio por nuestras excelentes obras.
Debemos invertir todo. No se nos pide que renunciemos a algo, sino que dediquemos todos nuestros pensamientos, atención, intereses y esfuerzos a este nuevo proyecto. El descubrimiento del Reino de Dios implica un cambio radical. Este es el significado de la decisión de “venderlo todo para comprar el campo”.
Esto fue lo que le sucedió a Pablo, el judío y fanático intachable, convencido de que la Torá era el tesoro que le daría la salvación. Un día, camino a Damasco, conoció a Cristo. Todo aquello que antes consideraba valioso, lo consideró una pérdida. “Pero desde que encontré a Cristo, lo he dejado todo atrás, y ahora lo considero basura, con tal de ganar a Cristo” (Filipenses 3, 7-8). Quien no haya encontrado un tesoro similar no puede comprender ni encontrar una explicación que justifique la emoción de la vida que experimentan quienes han entrado en el Reino de Dios.
La segunda parábola, la de la perla preciosa, se considera la gemela de la anterior y contiene el mismo mensaje. Sin embargo, difiere en algunos detalles importantes. En primer lugar, el protagonista no es un humilde obrero, sino un rico comerciante que recorre el mundo con un objetivo específico, encontrar perlas. Siendo consideradas de gran valor, Jesús las eligió como imagen del tesoro incalculable que ofrecía el Reino de Dios.
A diferencia del campesino que encuentra un tesoro por casualidad, el mercader halla su perla tras una búsqueda exhaustiva. Ambos descubrimientos son fruto de la buena fortuna y la perseverancia. El comportamiento del mercader refleja al hombre que busca con pasión aquello que da sentido a su vida y llena sus días de alegría. Las dos parábolas se complementan, el Reino de Dios, por un lado, es un don divino y, por otro, el fruto de la actividad humana.
La tercera parábola introduce el tema presentado el domingo pasado en la parábola del trigo y la cizaña. La imagen proviene de la pesca en el mar de Galilea, donde se usaban redes de arrastre. En la playa, los pescadores procedían a clasificar la pesca. Así, dice Jesús, sucede en el reino de los cielos.
En esta red, no solo se acoge a los buenos y capaces, sino a todos, sin distinción. El Reino de Dios no se presenta hoy en un estado puro. Dentro de la comunidad cristiana, la presencia del mal y del pecado se acepta serenamente junto con la del bien. Nadie, aunque impuro, debe sentirse excluido ni marginado. Este es un tiempo de misericordia y de la paciencia de Dios, que “no quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 Pe 3,9).
El discurso de Jesús concluye con una pregunta, ¿Han entendido? y con el llamado a la labor del escriba. La pregunta va dirigida a los discípulos, que han hallado el tesoro y la perla de gran valor. El reino de los cielos que ahora poseen ha sido preparado mediante el Antiguo Testamento, lo antiguo, y realizado en Cristo, lo nuevo. Se nos anima a los cristianos a tomar conciencia y estar bien informados, mediante el estudio de las Sagradas Escrituras, del inmenso don que hemos recibido de Dios.
¿Encontraste a Cristo? ¡Hazlo tu razón de vivir!
Jesús María Amatria, CMF.

