Lo que más hacía sufrir a las mujeres en la Galilea de los años treinta, era su sometimiento al varón dentro de la familia patriarcal. El esposo las podía repudiar en cualquier momento abandonándolas a su suerte. Este derecho se basaba, según la tradición judía, nada menos que en la Ley de Dios.
En tiempos de Jesús había dos maestros, Hillel y Shammay, que habían jugado un papel muy importante en este asunto del divorcio. Ambos pensaban que el divorcio era un privilegio concedido por Dios a los varones judíos. Diferían en la interpretación de la frase ‹‹algo vergonzoso››, que Shammay interpretaba como una falta seria, por ejemplo, si la mujer cometía adulterio; en cambio, Hillel pensaba que podía ser incluso algo tan banal, como que la esposa hubiera dejado quemar la comida. Esta escuela que se había impuesto favorecía absurdamente al hombre, y dejaba en franca desprotección a la mujer.
En nuestro país hay cada vez más personas que, una vez fracasado su primer matrimonio, se han vuelto a unir civilmente. La realidad es compleja y delicada. Separación y divorcio son experiencias que casi siempre generan lucha interior y sufrimiento y, muchas veces, soledad e incomprensión.
Muchos de ellos no se sienten queridos ni comprendidos por la comunidad cristiana. Durante estos 12 años de sacerdocio he podido compartir y acompañar de cerca el duro camino de la separación de esposos que un día se quisieron de verdad. Los he visto sufrir, dudar y también luchar por un amor ya desaparecido. Los he visto soportar reproches, incomprensión y el distanciamiento de quienes parecían sus amigos. Junto a ellos he visto también sufrir a sus hijos y familiares.
No es del todo cierto que la separación de los padres cause un trauma irreversible a los hijos. Lo que de verdad hace daño es el desamor, la agresividad o el miedo que, a veces acompaña a una separación cuando se realiza de forma poco humana. Nunca se debería olvidar que los que se separan son los padres, no los hijos. Estos tienen derecho a seguir disfrutando de su padre y de su madre, juntos o separados, y no tienen por qué sufrir su agresividad ni ser testigos de sus disputas. Tienen derecho a que sus padres mantengan ante ellos una postura digna y de mutuo respecto sin denigrar nunca la imagen del otro.
Conozco los esfuerzos que hacen muchos separados para que sus hijos sufran lo menos posible las consecuencias dolorosas de la separación. No siempre es fácil ni para quien se queda con la custodia de los hijos (qué agotador ocuparse a solas de su cuidado), ni para quien ha de vivir en adelante separado de ellos (qué duro sentir su vacío). Estos padres necesitan, en más de una ocasión, un apoyo, una compañía, un tiempo para el duelo y para el perdón; saber que la vida necesita amor, misericordia, compasión, no lástima. Sentirse parte de la Iglesia es la ayuda que no siempre encuentran en su entorno, en su familia, en sus amigos o en su Iglesia.
En el texto de hoy, el redactor ha unido dos episodios diferentes: la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio y su acogida a los niños en contra de la reacción de sus discípulos.
Los cristianos no podemos cerrar los ojos ante un hecho doloroso. Este es el reto. ¿Cómo mostrar a los divorciados la misericordia infinita de Dios a todo ser humano? ¿Cómo estar junto a ellos de manera cristiana? Debemos mostrarles que siguen siendo miembros de la Iglesia, que forman parte de una comunidad y que han de encontrar la solidaridad y comprensión que necesitan, para vivir su difícil situación de manera humana.
Oración. Dios de amor y de bondad que has sembrado en cada corazón las semillas del bien y de la justicia; haz que despojándonos de nuestras tendencias de dominio, volvamos a tu proyecto original de armonía y de equilibrio en nuestra relación con los demás, en la relación entre hombres y mujeres, y en la relación con nuestra madre. Amén.
Fuentes:
- Carlos Bravo, sj. GALILEA AÑO 30.
- José Antonio Pagola.
- Diario Bíblico.
- Juan Andrés. DIVORCIADOS Y VUELTOS A CASAR EN LA IGLESIA CATÓLICA. Reflexiones morales y pastorales. 2006.

