El episodio es narrado con una intensión especial: Jesús se pone en camino hacia Jerusalén, pero antes de que se aleje de aquel lugar, llega “corriendo” un desconocido que “cae de rodillas” ante él para retenerlo. Necesita urgentemente a Jesús. No es un enfermo que pide curación. No es un leproso que implora compasión. Su petición es de otro orden. Lo que busca de aquel maestro bueno es luz para orientar su vida: Maestro bueno, tú debes saber: «¿Qué tendría que hacer yo para tener derecho a la vida eterna?», así, como si fuera una herencia ya asegurada. No es una cuestión teórica, sino existencial. No habla en general; quiere saber qué ha de hacer él personalmente.
Jesús daba por supuesto que los mandamientos que se refieren a Dios eran fundamentales; pero ya había tenido la experiencia de la capacidad de perversión que tenemos los hombres; el gran conflicto que tuvo con los fariseos lo llevaba a poner el énfasis en el amor a los demás, para que comprendiéramos, en primer lugar, que Dios no quiere de nosotros nada para sí mismo ni que cuidemos de Él o de sus intereses. -¡Él se cuida solo!-, sino que quiere que, si lo amamos, amemos a quienes les ha dado la vida; y, en segundo lugar, que lo que a él como Padre lo hiere y ofende, son las relaciones injustas entre sus hijos, el desprecio a la vida y a los derechos de los pobres, los pequeños, los desprotegidos; porque en la vida de los pobres es donde está en juego la verdad de su nombre de Padre en la historia. La gloria de Dios es que el hombre viva y, sobre todo el pobre, que es quien tiene la vida amenazada.
Los discípulos se preguntan: ¿quién se podrá salvar? Jesús deja claro que Dios no es un gran mago que anda haciendo cosas sorprendentes, como pasar camellos -así se llamaba a unas sogas gruesas, que servían para amarrar las barcas- por los ojos de las agujas, o como meter ricos al Reino; pero hay algo que si puede hacer, y que para los hombres es imposible: hacer que un rico se haga pobre y así pueda entrar al Reino de Dios como a su propia casa, sin sentirse mal en ella, como herencia dada por el Padre.
El hombre era bueno, por lo que había vivido. Pero hay terrenos donde la Palabra de Dios no puede dar fruto; uno de ellos es el corazón que se enreda en la trampa de las riquezas. Porque el dinero exige que se deje todo para conseguir más riquezas: la salud, el bienestar de la familia, el amor de la esposa, de los hijos, incluso la misma conciencia… es como si fuera un Dios celoso que exige la totalidad del ser.
Jesús es claro. No basta pensar en la propia salvación; hay que pensar en las necesidades de los pobres. No basta preocuparse de la vida futura; hay que preocuparse de los que sufren en la vida actual. No basta con no hacer daño a otros; hay que colaborar en el proyecto de un mundo más justo, tal como lo quiere Dios.
Vivimos en la “cultura del tener”. Ciertamente ganar dinero, poder comprar cosas y poseer toda clase de bienes produce bienestar. La persona se siente más segura, más importante, con mayor poder y prestigio. Pero cuando la vida se orienta sólo en la dirección del acaparar siempre más y más, la persona puede terminar arruinando su ser.
El tener no basta, no sostiene al individuo, no le hace crecer. Sin darse cuenta, la persona va introduciendo cada vez más necesidades artificiales en su vida. Poco a poco va olvidando lo esencial. Se rodea de objetos, pero se incapacita para la relación viva con las personas. Se preocupa de muchas cosas pero no cuida lo importante. Pretende responder a sus deseos más hondos satisfaciendo necesidades periféricas. Vive en el bienestar pero no se siente bien. Muchas personas terminan cayendo en la frustración y el vacío existencial.
Debemos hacernos preguntas muy concretas si queremos seguir a Jesús en estos momentos. Y revisar nuestra relación con el dinero. ¿Qué hacer con nuestro dinero? ¿Para qué ahorrar? ¿En qué invertir? ¿Con quiénes compartir lo que no necesitamos? Luego revisar nuestro consumo para hacerlo más responsable y menos compulsivo y superfluo: ¿Qué compramos? ¿Dónde compramos? ¿Para qué compramos? ¿A quiénes podemos ayudar a comprar lo que necesitan? Son preguntas que debemos hacernos en el fondo de nuestra conciencia y también en nuestras familias, comunidades cristianas e instituciones de Iglesia.
Fuentes:
- Día a día con Monseñor Romero.
- José Antonio Pagola.
- Diario Bíblico.
- Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

