REPARTIÓ A LOS QUE ESTABAN SENTADOS TODO LO QUE QUISIERON… TOMÓ LOS PANES Y DIJO LA ACCIÓN DE GRACIAS.
En el evangelio nos encontramos con el relato de la multiplicación de los panes. Este relato aparece en los cuatro evangelios, pero el único que lo llamó signo es Juan. Y todos ellos inician con el hecho de que Jesús tuvo compasión ante la situación de las personas, y que gracias a esto Jesús invitó a compartir. Frente a esta necesidad Jesús deja claro que el pan que saciará el hambre de la gente sea experimentado en la vida de los discípulos, y es allí donde Jesús se identifica como pan de vida.
Jesús ocupa el lugar central. Nadie le pide que intervenga. Es él mismo quien intuye el hambre de aquella gente y plantea la necesidad de alimentarla; el primero que piensa en el hambre de aquel gentío que ha acudido a escucharlo es Jesús. Esta gente necesita comer; hay que hacer algo por ellos. Así era Jesús. Vivía pensando en las necesidades básicas del ser humano. Jesús en este texto invita a sus discípulos a que descubran lo que tienen, y a ver qué pueden reunir entre todos. Y que ellos también aprendan a conmoverse ante las necesidades del prójimo y podamos entre todos solidarizarnos, sensibilizarnos y poder compartir. Muchas veces en nuestras vidas hemos experimentado esta situación, en que hemos puesto en común de lo que tenemos, para el servicio de los demás.
Y cuánta falta hace también que hoy día haya ese tipo de solidaridad. Porque son muchos los que hoy padecen hambre y necesidad, mientras muchos malgastan y tiran, en vez de ponerlo en común. Hoy Jesús quiere mostrarnos que es posible que el reino de Dios se haga presente entre nosotros, mirando a nuestro alrededor e identificando las necesidades del corazón del ser humano. Y que en medio de la realidad que hoy estamos viviendo, convirtamos nuestros cinco panes y dos peces en gran comida para muchos que hoy padecen hambre.
Ese joven sin nombre ni rostro va a hacer posible lo que parece imposible. Su disponibilidad para compartir todo lo que tiene, es el camino para alimentar a aquella gente. Jesús hará lo demás. Toma en sus manos los panes del joven, da gracias a Dios y comienza a “repartirlos” entre todos. Esta comida compartida era, para los primeros cristianos, un símbolo activo de la comunidad nacida de Jesús para construir una humanidad nueva y fraterna. Les evocaba al mismo tiempo, la eucaristía que celebraban el día del Señor para alimentarse del espíritu y la fuerza de Jesús, el Pan vivo venido de Dios.
En este tiempo que estamos viviendo, de angustia, tristeza y dolor. En que muchos se sienten solos y agobiados, muchos de ellos encerrados en sus casas, alejados de su vida cotidiana. Donde sienten que están alejados de todo y de todos. Y se sienten sin esperanza. Aquí se manifiesta Jesús para llenar esos vacíos que hoy padece la humanidad.
¿Cómo alimentar en medio del campo a una muchedumbre necesitada de comida? Los discípulos no encuentran ninguna solución. Felipe dice que no se puede pensar en comprar pan, pues no tienen dinero. Andrés piensa que se podría compartir lo que haya, pero solo un muchacho tiene cinco panes y un par de peces. ¿Qué es eso para tantos y con tantas necesidades? No debemos olvidar el gesto del joven. Ese joven, sin nombre ni rostro va a hacer posible lo que parece imposible. Su disponibilidad para compartir todo lo que tiene es el camino para alimentar a aquella gente. Jesús hará lo demás. Si hay hambre en el mundo, no es por escasez de alimentos, sino por falta de solidaridad. Hay pan para todos; falta generosidad para compartirlo. Hemos dejado la marcha del mundo en manos del poder económico inhumano; nos da miedo compartir lo que tenemos, y la gente se muere de hambre por nuestro egoísmo irracional.
Es muy hermoso encontrar lo que nos decía San Justino sobre la celebración de la eucaristía. Se nos dice que cada uno entrega lo que posee para «socorrer a los huérfanos y las viudas, a los que por enfermedad o por otra causa están necesitados, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso y, en una palabra, a cuantos están necesitados». Hoy sería una contradicción pretender compartir como hermanos la mesa del Señor, cerrando nuestro corazón a quienes en estos momentos viven la angustia de un futuro incierto. Jesús no puede bendecir nuestra mesa si cada uno nos guardamos nuestro pan y nuestros peces.
La Eucaristía tendría que ser para los creyentes, una invitación constante a crear fraternidad y a vivir compartiendo lo nuestro, aunque sea poco, aunque no sea más que «los cinco panes y los dos peces» que poseamos. La Eucaristía nos obliga a preguntarnos qué relaciones existen entre aquellos que la celebramos. Como «signo de comunión fraterna», la Eucaristía se convierte en burla cuando en ella participamos todos, creadores de injusticias y víctimas de los abusos; los que se aprovechan de los demás y los marginados, sin que la celebración parezca cuestionar seriamente a nadie.
No olvidemos hermanos que cuando falta la fraternidad, sobra la Eucaristía. Cuando no hay justicia, cuando no se vive en solidaridad, cuando no se lucha por cambiar las cosas, cuando no se ve esfuerzo por compartir los problemas de los abandonados, la celebración eucarística queda vacía de sentido. El pan de la Eucaristía nos alimenta para el amor y no para el egoísmo. Nos impulsa a crear una mayor comunicación y solidaridad, y no un mundo en el que nos desentendamos unos de otros. Al compartir el pan de la Eucaristía, los primeros cristianos se sentían alimentados por Cristo resucitado, pero, al mismo tiempo, recordaban el gesto de Jesús y compartían sus bienes con los más necesitados. Se sentían hermanos. No habían olvidado todavía el Espíritu de Jesús.
Amigos, la actitud de Jesús es la más sencilla y humana que podemos ver. Pero hoy sería bueno hacernos estas preguntas, ¿Quién nos va a enseñar a nosotros a compartir en medio de esta crisis, si solo sabemos comprar? ¿Quién nos va a liberar de nuestra indiferencia ante los que mueren de hambre, de sed por esta terrible enfermedad? ¿Hay algo que nos pueda hacer más humanos con los hermanos que hoy carecen de todo? ¿Se producirá algún día ese “milagro” de la solidaridad real entre todos, iniciando por los más próximos? No importa lo poco que tenemos en las manos, basta con la fe que depositemos en Dios y todo se nos multiplicará.
Terminemos orando.
«Si tenemos fe. Pues nada nos falta. Con solo tocarlos. Tú los multiplicas. También los bendices. Da gracias al Padre. Con todo el amor. Tú Padre te escucha. Tú le has pedido. Y él te lo ha dado. Que todos tus hijos. Estén a tu lado. Con los cinco panes. Y los dos pescados. Han sido saciados. Amén».
«Si tú vas a dar. No esperes de vuelta. Que en el cielo hijo/a. Esta tú recompensa. Si dan al hermano. Me están dando a mí. Esas son las cosas. Que me hacen feliz. La misericordia. Es que yo te pido. Da al necesitado. Y cuenta conmigo. Amén».
«La obra que hagas. Ofrécela a Dios. Dios te la recibe. Con mucha alegría. Tu mano vacía. Te la llenará. Y tú corazón. Lo bendecirá. Dios te da las manos. Y al cielo irás. Amén».
«En mi vida mi Jesús. Yo he tenido un amigo. Ese amigo eres tú. Que anda siempre conmigo. Mi amor es para ti. Y mi corazón entero. Yo no sé cómo decirte. Mi Jesús cuanto te quiero. Amén».
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

