«RECIBAN EL ESPÍRITU SANTO».
Hijos muy amados y adorados de Dios, hoy celebramos la fiesta de la comunidad, la fiesta del Espíritu Santo que es la gran fiesta de pentecostés. Justo hoy debemos de estar felices porque Jesús crucificado, muerto y resucitado se queda con la Iglesia para siempre y es el Espíritu Santo quien nos acompaña y nos impulsa e indica el camino y muestra la ruta que debemos seguir para poder ser fieles al proyecto de Dios y a la propuesta de liberación que él nos ha hecho.
Es dentro de cada uno de nosotros que el Espíritu Santo es capaz de actuar, pero debemos abrirnos para que él sea quien actúe, porque si nos encerramos, sería nuestro egoísmo lo que no nos dejaría avanzar. Al principio surgió como una fiesta agrícola. Ahí se presentaba la cosecha del trigo, del maíz y todos los productos agrícolas. Pero después de la historia de la salvación, ésta fue destinada por los judíos como la fiesta de la alianza. Justamente el día de esta fiesta es que el Espíritu Santo se derrama en la comunidad de los discípulos del Señor.
Nosotros, reunidos en la Iglesia por la acción del Espíritu, también hemos recibido ese don y es donde somos comprometidos con la tarea de anunciar el evangelio. Nosotros hemos sido convocados por Dios para extender el destino que él ha preparado para crear una humanidad nueva. Donde el pecado sea superado con el perdón y las diferencias no sean armas de separación sino dones para la edificación del bien común de una sociedad alegre y en paz. Cristo es quien da su espíritu y entrega su propia misión y es éste quien unifica y vivifica nuestras vidas, como miembros del cuerpo de Cristo. En esta fiesta Jesús quiso que naciera el pueblo de Dios, es decir su Iglesia y como lo dice el evangelio, el sopla sobre los discípulos dándole vida.
En el evangelio podemos sentir el miedo y la angustia que sienten los discípulos que se encontraban encerrados. Ellos han perdido la capacidad de soñar un tiempo nuevo. No han confiado plenamente en la palabra de Dios, anunciada y ratificada por la vida de Jesús de Nazaret. Los discípulos han olvidado la promesa del Maestro de que no los dejaría huérfanos. Es tan fuerte el miedo que les imposibilita creerle a Dios y a su enviado. Pero será el resucitado quien les traerá la paz y les permitirá tener una experiencia novedosa de la vida que Dios ofrece a la humanidad. Jesús se presenta a ellos resucitado, pero cargando consigo las cicatrices de la crucifixión. Él no es un fracasado, él es el signo del amor de Dios.
Hoy él nos invita a no tener miedo; a que lo miremos y esperemos en él, aunque no tengamos confianza, aunque sintamos dudas. Él nos trae la paz y nos muestra sus manos y su costado, indica que no es un fantasma. Su resurrección es una realidad que se da a la historia y que debemos vivir de manera existencial. Aún en todo lo que el mundo está pasando, en medio de la enfermedad, de la violencia, de la guerra; Jesús te ofrece su paz. Paz que él ha traído con su resurrección.
Dejémonos tocar por la vida que trae su resurrección para que podamos experimentar una experiencia de amor, capaz de invadir nuestra vida para así dar a conocer y transmitir a un Cristo vivo. También hoy se nos invita a confiar y a creer en las maravillas y grandezas del Señor. Que en este día de Pentecostés yo me pueda dejar acompañar por ese amor inmenso que viene de Dios, y que yo pueda experimentar la fidelidad a él. Señor ayúdame a vivir un encuentro vivo y sincero a tú lado. Y que hoy, en medio de mi guerra existencial, yo pueda recibir esa paz que solo proviene de ti, de la fuerza del Espíritu Santo y de esta manera yo tenga vida en abundancia.
Hoy vemos el cambio de vida que experimentaron los cristianos en la Iglesia. Ellos, que superaron el egoísmo, ponían todo en común. A diferencia de hoy en día, en que cada quien busca su bienestar. Pero sería bueno unificarnos y vivir en unidad como lo hicieron los primeros cristianos quienes abrazaron la fe en Jesús muerto y resucitado, buscando instaurar el reino de Dios en su mundo inmediato.
Hoy el Señor nos invita a poner la mirada en él, para vencer los miedos e inseguridades en nuestros días de tanta violencia. Ese miedo que genera angustia, se roba la paz, te quita la alegría e incluso te roba la capacidad de soñar un tiempo nuevo. Eso nos podría estar pasando hoy a nosotros, como les pasó a los primeros discípulos, quienes no confiaron plenamente en la Palabra de Dios. Ellos se habían olvidado de las promesas del Maestro, que no los dejaría huérfanos. Por eso es que Jesús aparece trayéndoles paz, y les demuestra que él está vivo, que ha resucitado. Y es él quien viene en este día también a tu vida, a tu familia o a la realidad por la que estás pasando, y trae la paz a tu corazón.
Y vino para que hoy tú tengas ese encuentro con él y al recibirle, se transforme tu vida en alegría y entusiasmo, y los puedas transmitir a tus hermanos. Hoy también se nos invita a tener fe y confianza. El Maestro quiere que tú lo aceptes y que vivas tu encuentro de una forma diferente. Se nos hace un llamado a experimentar ese encuentro personal y comunitario con el resucitado, y con la fuerza del Espíritu Santo, nos dejemos tocar por la vida que él nos da, a través de los dones y los frutos de su espíritu, inundando nuestro corazón, nuestra mente y todo nuestro ser.
Jesús entrega su Espíritu Santo a sus discípulos y amigos. Un fruto de ese espíritu es el don de la paz, que hoy mucha falta nos hace y que solo nos lo puede brindar Dios. Cabe notar que el plan original de Dios para el hombre en principio era amar y servir en todo y a todos. Para así generar una paz capaz de animarnos en todo momento. Y que nos permitiera ver un mundo diferente, más justo, fraterno y humano. Imagínense un mundo donde el mal no existiera, y la gracia del Espíritu Santo sea la que habite en todos los corazones. Viviéramos con una entrega total de uno por el otro. El Señor envía su espíritu santo sobre sus discípulos con el objetivo de no dejarlos solos y mantener una alianza con Dios. Este era el regalo que Jesús nos otorgaba para no dejarnos solos. Nuestra vida logra una transformación con el espíritu del Señor a nuestro lado, nos hace hijos de Dios, iluminan nuestra mente y llena nuestro corazón de amor.
También en este texto queda patente la capacidad del perdón que entrega Jesús a todos sus discípulos, a toda la Iglesia. Es decir que el perdón de los pecados no está reservado para un grupo, sino que toda la comunidad está encargada de poder entregar y recibir el perdón de los pecados. Y es aquí donde podemos notar que la paz es proporcional a la capacidad de dar y recibir el perdón.
Sé que hoy hay muchas familias divididas que se han cerrado a la unidad, al amor, al perdón y al diálogo. Pero hoy este texto nos motiva a que abramos nuestro corazón y el lugar donde nos encontramos por miedo. Para lograr recibir esa paz que solo podemos recibir si nos dejamos encontrar. Hoy Jesús también quiere entrar y pararse en medio de tu vida, de tus problemas y de tus miedos para traerte la paz que tú necesitas para continuar luchando por la causa del evangelio. Esta causa es la lucha por construir una sociedad más humana, sin esclavitudes, sin opresión, sin tantas miserias. Una sociedad donde se respire el viento de la libertad, de la justicia y de la paz.
Que, en esta fiesta, cada uno de nosotros pueda experimentar el gozo de reconocer a Jesús como el Señor de nuestra vida. Y que la fuerza del Espíritu Santo sea la que siga impulsando nuestras vidas, al servicio y al amor a los demás. Señor, te doy gracias por enviarme el Espíritu Santo y que tu presencia me ilumine siempre.
Terminemos orando con el Espíritu Santo.
«Era al amanecer. De aquel día, el primero. Y era de la semana. En una casa en que estaban. Los discípulos. Pero a puerta cerrada. Pues sentían mucho miedo. Y era a los judíos. Pero en esto entró Jesús. Entonces en medio de ellos. Les dijo paz a ustedes. Y les enseñó las manos. Y les volvió a decir. Otra vez, paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado. También los envío yo. Y sopló sobre ellos. Les dijo que recibieran. El Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados. Les quedarán perdonados. Y a aquel que se los retengan. Les quedarán retenidos. Amén».
«Todos tus pecados. Tráemelos, hijo mío. Tú Padre del cielo. Te perdonará. Cuéntale a tú Dios. Dile qué te pasa. Pues Dios lo que quiere. Es darte un abrazo. Se siente feliz. Porque te has humillado. Pediste perdón. Dios te ha perdonado. En tu corazón. Hijo de mi alma. No quedó pecado. El Dios de los cielos. Te ha perdonado. Y te quedarás. Hijo para siempre. Aquí a mi lado. Amén».
«Que tú Santo Espíritu. Me envuelva en tú amor. Que yo sienta el fuego. En mi corazón. Derrama tos dones. Espíritu Santo. En toda mi alma. Que siempre esa llama. Viva encendida. Espíritu Santo. Por toda mi vida. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

