Cuando los cristianos se propusieron la transformación del mundo esclavista, inhumano y violento impuesto por el imperio romano, no comenzaron su labor apelando al hambre de la gente, ni a sus deseos de «acabar con los opresores romanos», sino que apelaron a la conciencia. Lo mismo ocurre con el deseo de derrocar a los poderosos del imperio y colocar allí a gente del pueblo. En poco tiempo, los líderes se llenan de ambiciones y se convierten en tiranos implacables. La única alternativa que nos queda y de la cual habla la carta de Santiago, es la frágil dignidad humana. Si la comunidad no está dispuesta a transformar en su interior toda esa realidad de muerte, miseria y marginación, es inútil que se proponga transformarla afuera. La solidaridad de la comunidad no es sólo un camino para remediar la injusticia en «pequeña escala», es una alternativa de vida. La solidaridad de una comunidad nos permite descubrir que «otra sociedad dominicana es posible».
El profeta Isaías nos enseña que el camino de la justicia, de la misericordia y la solidaridad no es un sendero idílico tapizado de pétalos de rosa. La persona que opta por la verdad y la equidad debe prepararse para el conflicto en una sociedad injusta.
El camino a Jerusalén estaba plagado de dificultades, incertidumbres y ambigüedades. Una de ellas, era la incapacidad del grupo de discípulos para reconocer la identidad de Jesús.
Este episodio marca el centro del evangelio de Marcos y es punto de quiebre del camino de Jesús que sorprende a sus seguidores. Ninguno está de acuerdo con él, aunque él esté realizando la voluntad del Padre. En medio de esta crisis del grupo de los discípulos, Jesús decide continuar el camino y tratar de enderezar la mentalidad de sus discípulos, torcida por ideologías sectarias y triunfalistas.
Jesús les anuncia las dificultades que van a venir, la «Pasión», la «Cruz», que deben ser tomadas siempre como una consecuencia inevitable, no como algo buscado… Jesús no buscó la Cruz, ni debemos buscarla nosotros…
Ante la pregunta de Jesús a sus discípulos ¿Quién dice la gente que soy yo? Algunos pensadores comparten sus testimonios: La filósofa francesa, Simone Weil, expresa su convicción: «Antes de ser Cristo, es la verdad. Si nos desviamos de Él para ir hacia la verdad, no andaremos un gran trecho sin caer en sus brazos». El científico Albert Einstein valoraba el mensaje judeocristiano: «Si se separan del judaísmo los profetas y del cristianismo, tal como lo enseñó Jesucristo, todas las adiciones posteriores, en especial las del clero, nos quedaríamos con una doctrina capaz de curar a la humanidad de todos sus males». A. Gide ha pasado a la historia de la literatura como prototipo del renegado que rechaza su bautismo cristiano. Sin embargo, en sus escritos encontramos oraciones como ésta: «Yo vuelvo a ti, Señor Jesús, como al Dios del cual tú eres forma viva. Estoy cansado de mentir a mi corazón. Por todas partes te encuentro cuando creía huir de ti… Sé que no existe nadie más que tú, capaz de apagar mi corazón exigente». Para Hegel, «Jesucristo ha sido el quicio de la historia». F Mauriac confiesa: «Si no hubiera conocido a Cristo, Dios hubiera sido para mí una palabra inútil». Otros, como el poeta argentino agnóstico, J. L. Borges, lo buscan: «No lo veo y seguiré buscándolo hasta el día último de mis pasos por la tierra». En el filósofo Soren Kierkegaard podemos leer esta preciosa oración: «Señor Jesús, tú no viniste para ser servido, ni tampoco para ser admirado o, simplemente, adorado. Tú has deseado, solamente, imitadores. Por eso, despiértanos, si estamos adormecidos en este engaño de querer admirarte o adorarte, en vez de imitarte y parecernos a ti». Y para Juan Andrés en la recuperación de su accidente, tú eres Señor, confianza, luz, fortaleza, auxilio, fuerza de voluntad y en quien me sostengo.
No se trata de recurrir al catecismo para responder a Jesús, sino sencillamente desde tu corazón: ¿Quién es hoy Jesucristo para mí? ¿Qué lugar ocupa en mi vida? ¿Qué relación hay entre él y yo? ¿Qué hago por conocerlo y seguirle?
Si queremos seguir a Jesús hemos de estar dispuestos a dos cosas. Primero, renunciar a proyectos que se opongan al reino de Dios. Y segundo, aceptar los sufrimientos que nos puedan llegar por seguir al Cristo Crucificado.
Oración. Padre, abre nuestros oídos para que escuchemos las continuas llamadas a la Justicia que Tú nos haces por medio de los pobres; abre nuestros ojos para que veamos la miseria y el dolor, de nuestra dominicana y de nuestro mundo, que nosotros tenemos que transformar en dignidad y esperanza; abre nuestros corazones para que veamos a todas las personas como a tus hijos, nuestros hermanos. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco
(Fuentes: José Antonio Pagola, Carlos Bravo, SJ y propias)

