PARA PROFUNDIZAR MÁS EN MATEO 21, 33-46
La parábola de los labradores homicidas está colocada por Mateo en medio de otras dos parábolas: la de los dos hijos (21, 28-32) y la del banquete de bodas (22, 1-14). Las tres parábolas juntas contienen una respuesta negativa: la del hijo al padre, la de algunos campesinos al dueño de la viña, la de ciertos invitados al rey. Las tres parábolas intentan mostrar un único punto: se trata de aquéllos que no aceptaron la predicación y el bautismo de Juan, y que ahora rechazan el último enviado de Dios, la persona de Jesús. La introducción (Mt 21, 23) a la primera parábola sirve también para la parábola de los labradores homicidas: “Llegó al templo y mientras enseñaba los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se le acercaron y le preguntaron: ¿Con qué autoridad obras así? ¿Quién te ha dado esta autoridad?” Son las autoridades religiosas y civiles las que se acercan a Jesús cuando Él entra en el templo. Están preocupados por la popularidad de Jesús y hacen sus preguntas a Jesús para saber dos cosas: qué tipo de autoridad se atribuye para hacer aquello que hace, y el origen de esa autoridad. No se recuerda jamás que los profetas tengan autoridad directamente de Dios.
En la Palestina del siglo 1º después de Cristo, grandes extensiones de terrenos pertenecían a latifundistas extranjeros, los cuáles arrendaban los terrenos a grupos de arrendatarios. El contrato de arrendamiento preveía que parte de lo que se cosechaba era para el patrón, el cual ejercía su derecho enviando a gente de confianza a recaudar lo debido. En esta situación se puede comprender cómo estaría probado el estado de ánimo de los campesinos: existía un fuerte descontento que alguna vez acababa en revuelta. Jesús en su parábola toca esta situación concreta, pero la transporta a un estado de comprensión más alto: aquella situación se convierte en un compendio de la historia de Dios con su pueblo. Para Mateo, al lector se le invita a hacer una lectura simbólica de la parábola.
Esta parábola tiene una gran importancia en el conjunto del evangelio, pues en ella está la clave para entender el envío de los discípulos(as) a todos los pueblos. Al principio la buena noticia fue dirigida sólo a Israel (10,5-6), pero el pueblo elegido ha rechazado repetidamente la invitación a recibir el reino. Por eso Jesús fue reuniendo, en torno al grupo de los discípulos, un “nuevo Israel”, cuya misión será anunciar a todos los pueblos la salvación (28,16-20). El reino ha sido quitado a Israel y entregado a este nuevo pueblo mesiánico congregado por Jesús, la Iglesia.
Esta parábola es una puerta abierta siempre a la conversión, a la esperanza. En tiempos de Jesús, muchos que esperaban la llegada de un mundo nuevo, se dieron cuenta de que aquella parábola iba por ellos y no quisieron aceptar que el tiempo nuevo había llegado con aquel profeta que hablaba de aquella manera. Quien entiende que esta parábola nos introduce en un mundo donde solamente hay vida cuando no se vive a costa de otros, habrá dado con esa puerta abierta a la esperanza, a la fraternidad, a la paz y a la justicia. Sabemos que la realidad última, para la fe cristiana, es Dios mismo, un Dios Padre de toda la humanidad. Y este Padre de Jesús, el profeta de Nazaret, y nuestro, cuando se asesina o se hace daño a cualquier persona, siente en sus entrañas lo que sintió con la muerte de Jesús. También esta parábola es un canto de amor por la vida.
El propio evangelio de Mateo nos dirá unos capítulos más adelante que, no dar de comer al pobre, no atender al enfermo, no recibir al forastero, etc. es negarlo a Cristo mismo, lo que significa condenar al pobre, y a Cristo, a la muerte. Ser cristiano(a) es precisamente lo contrario, es dar vida. Eso es lo que pide el Evangelio.
¡Aleluya tenemos un Padre que nos ama, nos perdona y… nos bendice!
Fuente: Red Bíblica Claretiana (REBICLAR).

