Evangelio según san Mateo 22, 34-40
El mandamiento más grande o el primer mandamiento es éste: “Amar a Dios con todo el corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22,37). En la medida en que el pueblo de Dios, a través de los siglos, ha profundizado sobre el significado de este amor, ha caído en la cuenta de que, el amor de Dios ha sido real y verdadero sólo si se ha concretado en el amor hacia el prójimo. Por eso es por lo que el segundo mandamiento es semejante al primero (Mt 22,39). “Si alguno dice: Amo a Dios, pero odia a su hermano, es un mentiroso” (1Jn 4,20). “Toda la ley y los profetas dependen de estos dos mandamientos” (Mt 22,40). En esta identificación de los dos amores ha existido una evolución dividida en etapas:
1ª Etapa: “Prójimo” es el pariente de la misma raza. El Antiguo Testamento enseñaba la obligación de “¡amar al prójimo como a uno mismo!” (Lv19,18). Se sentían obligados a amar a todos los que hacían parte de la familia, del mismo clan, del mismo pueblo.
2ª Etapa: Prójimo es aquél a quien me acerco o el que se me acerca. Y en el tiempo de Jesús hubo una discusión acerca de: “¿Quién es mi prójimo?” Algunos doctores de la ley pensaban que se debía extender el concepto de prójimo más allá de los límites de la raza. Otros no querían ni hablar de esto. Entonces un doctor de la ley se dirige a Jesús con esta polémica pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Jesús responde con la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,29-37), en la cual el prójimo no es sólo el pariente o amigo, sino cualquiera que se acerca a nosotros, independientemente de la religión, del color, de la raza, del sexo o de la lengua.
3ª Etapa: La medida del amor hacia el “prójimo” es amar como Jesús nos ha amado. El Reino consiste en unir el amor de Dios con el amor al prójimo, como ya había afirmado un doctor ante Jesús (Mc 12,33). Pero para poder entrar en el Reino debía dar un paso más. En el Antiguo Testamento el criterio del amor hacia el prójimo era el siguiente: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús ensancha este criterio y dice: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como Yo los he amado” (Jn 15,12-13). Ahora, en el Nuevo Testamento el criterio será: “Amar al prójimo como Jesús nos ha amado”. Es mucho más exigente.
¿Uno o dos amores? Amor a Dios y amor al prójimo son dos dimensiones fundamentales, responde Jesús a los fariseos que quieren ponerlo a prueba. Algunas tensiones que vivimos en la Iglesia tienen su raíz en la separación que hacemos entre estas dos exigencias. Hay quienes ponen la fuerza en el amor de Dios de una manera tan fuerte que hace aparecer la relación con el prójimo como algo secundario. Desde esta visión se hace difícil presentar la importancia de cambiar la realidad histórica, así como las exigencias que vienen de los pobres, lo que la Biblia llama el huérfano, la viuda, el extranjero (cf. Ex. 22,20-26). De otro lado, algunos sugieren que el ser cristiano se manifiesta en forma más o menos exclusiva en el compromiso y la solidaridad con los demás. Esto es importante, sin duda, para un creyente. Pero se corre el peligro de que la oración, la celebración, el saber y el saborear la Palabra de Dios, expresiones vitales de nuestra fe, pierdan su plena significación y disminuyan sus alcances. Por eso, si queremos quedarnos con uno solo de esos amores, perdemos los dos. Lo importante no es saber cuál es el mandamiento más importante, sino buscar el origen de todos ellos. Jesús propone claves: amar a Dios y amar al prójimo. Toda la enseñanza de la ley y los profetas pueden deducirse de estos dos mandamientos. Ésta es la puerta para llegar a Dios y al prójimo. No hay otra. La más grande tentación del ser humano es la de querer separar estos dos amores, porque así la pobreza de los otros no inquietaría para nada su conciencia.
Se trata en este texto de una catequesis que Mateo presenta para orientar a las comunidades hacia una auténtica práctica de la vida cristiana. No interesa discutir prescripciones, normas, preceptos y prohibiciones, aunque tengan origen divino. Se invita a las comunidades a revisar su opción de amor a Dios y al prójimo en la vida cotidiana según el juicio final, que será sobre la práctica concreta del amor y la misericordia (25,31-46).
¡Gracias Señor por amarme sin condiciones!
Fuente: REBICLAR.

