Descansar. Según el diccionario, descansar es “cesar en el trabajo o en una actividad; reposar para reparar fuerzas”. Sin embargo, no todos los que interrumpen sus labores para vacacionar, logran volver descansados.
La escena está cargada de ternura. Los discípulos llegan cansados del trabajo realizado. La actividad es tan intensa que ya “no encontraban tiempo para comer”. Y entonces Jesús les hace esta invitación: “Venid a un sitio tranquilo a descansar”.
Con demasiada frecuencia olvidamos que un grupo de cristianos no es sólo una comunidad de oración, reflexión y trabajo, sino también una comunidad de descanso y disfrute.
Llama la atención cómo han aumentado los problemas de «estrés», en estos tiempos en los que el bienestar y la comodidad son de las primeras metas de muchos. Los expertos nos ayudan a distinguir entre tres términos que a menudo se confunden, pero que responden a tres experiencias diferentes; el cansancio, el agotamiento y el desgaste
El cansancio es la consecuencia normal y transitoria de cualquier esfuerzo que realizamos de manera algo intensa o duradera. Toda actividad lleva consigo una dosis de cansancio. Pero este cansancio, siempre que se mantenga dentro de unos límites normales, es sano; estimula el organismo, incita al sueño y da a la persona una sensación de vitalidad. Pretender eliminar este cansancio es una equivocación; lo importante es dosificarlo y saber descansar mediante el sueño y un reposo adecuado.
El agotamiento es otra cosa. Es cuando la persona sigue actuando por encima de sus límites, sin recuperarse debidamente de sus cansancios. El individuo emprende una tarea detrás de otra sin un minuto de respiro; siempre tiene algo que hacer. Pronto aparecen diferentes perturbaciones que son «señales de alarma»: la persona no puede conciliar el sueño, se hace cada día más irritable, crece su inseguridad, pierde el apetito o come con ansia exagerada, se deteriora su relación con las personas, cada día se siente peor.
Esa persona ya está «enferma», aunque no le sea fácil reconocerlo y asumir su propia responsabilidad. Para liberarse de este agotamiento ya no basta el descanso normal. Se necesitan unas semanas de reposo y un nuevo planteamiento de todo. La persona se cura cuando aprende a recomponer su vida, organizar mejor su trabajo y asegurar un ritmo sano de actividad y descanso. Si el individuo no reacciona y el estado de agotamiento se prolonga durante años, inevitablemente llega el desgaste con sus síntomas inequívocos de envejecimiento prematuro, insomnio permanente, apatía, fases depresivas y decaimiento general.
Por eso, organizar bien las vacaciones no es una trivialidad y puede ser un deber. El descanso veraniego ha de ser un período de recuperación física y psíquica. Pero puede ser además, una oportunidad para revisar nuestra vida, reconocer nuestras equivocaciones, respetar nuestros límites y aprender a vivir de manera más humana. Es también una manera de escuchar hoy la invitación de Jesús a sus discípulos: «Venid a un sitio tranquilo a descansar».
La Mirada de Jesús. Marcos describe la situación con todo detalle. Jesús se dirige en barca con sus discípulos hacia un lugar tranquilo y retirado. Quiere escucharles con calma, pues han vuelto cansados de su primera correría evangelizadora y desean compartir su experiencia con él.
La imagen es patética. Jesús parece estar recordando las palabras pronunciadas por el profeta Ezequiel seis siglos antes: en el pueblo de Dios hay ovejas que viven sin pastor: ovejas «débiles» a las que nadie conforta; ovejas «enfermas» a las que nadie cura; ovejas «heridas» a las que nadie venda. Hay también ovejas «descarriadas» a las que nadie se acerca y ovejas «perdidas» a las que nadie busca (Ezequiel 34).
Lo primero que destaca el evangelista es la mirada de Jesús. No se irrita porque la gente ha interrumpido sus planes. Nunca le molesta la gente; los mira detenidamente y se conmueve. Su corazón intuye la desorientación y el abandono en que se encuentran los campesinos de aquellas aldeas.
En la Iglesia debemos aprender a mirar a la gente como la miraba Jesús: captando el sufrimiento, la soledad, el desconcierto o el abandono que sufren. La compasión no brota de la atención a las normas o del recuerdo de nuestras obligaciones. Se despierta en nosotros cuando miramos atentamente a los que sufren. No podemos permanecer indiferentes ante tanta gente dentro de nuestras comunidades cristianas, que anda buscando un alimento más sólido que el que recibe. Debemos reaccionar de manera lúcida y responsable ante la desorientación religiosa dentro de la Iglesia. Muchos cristianos buscan ser mejor alimentados y necesitan pastores que les transmitan la enseñanza de Jesús: gente sola a la que nadie tiene tiempo de escuchar. Esposas y esposos que sufren impotentes y sin ayuda, el derrumbamiento de su amor. Jóvenes que abortan presionadas por el miedo y la inseguridad, sin encontrar apoyo y comprensión. Personas que sufren secretamente su incapacidad para salir de una vida indigna. Alejados que desean reavivar su fe y no saben a quién acudir. Debemos despertar la compasión entre nosotros, para darle a la Iglesia un rostro más parecido al de Jesús.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco

