El papa Francisco nos está llamando a una «nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría de Jesús». ¿En qué consiste su novedad y que debemos cambiar? ¿Cuál fue la intención de Jesús al enviar a sus discípulos a prolongar su tarea evangelizadora? Marcos deja claro que solo Jesús es la fuente: No harán nada en nombre propio; son «enviados» de Jesús. No se predicarán a sí mismos; solo anunciarán su Evangelio. No tendrán otros intereses, más que dedicarse a abrir caminos al reino de Dios.
AUTORIDAD. Dándoles autoridad sobre los espíritu inmundos. La autoridad se hace cada vez más inaccesible y no se sabe exactamente de dónde parten las disposiciones. Poco a poco se va suprimiendo el diálogo y se hace cada vez más rara la comunicación para buscar juntos una solución común a problemas comunes. Es más difícil el debate y la discrepancia y hay algunos que piensan y hablan por todos. No se puede pensar o decir nada diferente excepto en temas de importancia secundaria.
Sin embargo, es peligroso que la sociedad dominicana, civil o religiosa, se deje guiar ciegamente por quienes detentan el poder. El diálogo, la mutua escucha, la luz que nace del contraste, la búsqueda común, son más necesarios que nunca. «Autoridad» es una palabra muy noble. Proviene del latín «augere» (hacer crecer) y, en sus inicios, indicaba la capacidad para hacer crecer a los demás, hacerlos más adultos y más capaces de una vida digna. Hoy, por el contrario, significa casi siempre, «control», «poder», «gobierno», «imposición». Éste es tal vez nuestro infortunio: necesitamos personas con autoridad y sólo contamos con personas poderosas.
Para los seguidores de Jesús, no es malo perder el poder la seguridad y el prestigio social que tuvimos cuando la Iglesia lo dominaba todo. Al contrario, puede ser una bendición si nos conduce a una vida más fiel a Jesús. El poder no transforma los corazones; la seguridad del bienestar nos aleja de los pobres; el prestigio nos llena de nosotros mismos. Jesús pensaba a sus seguidores de otra manera: liberados de ataduras, identificados con los últimos, curando a los que sufren, buscando la paz para todos con la confianza puesta en Dios.
En Minoría. No le va a ser fácil a la Iglesia aprender a «vivir en minoría», en medio de una sociedad secularizada y pluralista. Sin embargo, es bueno para la Iglesia ir perdiendo poder económico y político, pues ese despojamiento la va acercando de nuevo hacia el movimiento que puso en marcha Jesús cuando envió a sus discípulos de dos en dos, sin alforjas, sin dinero ni túnica de repuesto, y con una sola misión: «predicar la conversión».
La intención original de Jesús es clara. No precisa de ricos para sostener su proyecto. Basta con gente sencilla que sabe vivir con pocas cosas, pues ha descubierto lo esencial: la importancia de construir una sociedad más humana y digna acogiendo a un Padre de todos.
Jesús no quiso dejar el Evangelio en manos del dinero. Advertía sobre «acumular tesoros en la tierra». Tarde o temprano el dinero se convierte en signo de poder, de seguridad, de ambición y dominio sobre los demás. El dinero le resta credibilidad al evangelio. Desde el poder económico no se puede predicar la conversión que necesita nuestra sociedad, ni crear un espacio de solidaridad para todos.
Jesús no necesita de poderosos que protejan la misión de sus discípulos. El poder suele ir acompañado del autoritarismo impositivo, incapaz de transformar los corazones. Jesús cree en el servicio humilde de los que buscan una sociedad mejor para todos. Por eso no quiso dejar el evangelio en manos del poder. Él mismo nunca se impone por la fuerza, no gobierna, no controla, no vigila. En su comunidad, «quien quiera ser el mayor se ha de hacer servidor». Jesús no encumbra a sus discípulos dándoles un poder sobre los demás. Desde el poder no se puede impulsar la transformación evangélica que necesitamos entre nosotros.
Lo que hemos recibido gratis, lo hemos de compartir agradecidos y con alegría. El Señor nos envía en comunidad. Aquí está el sentido de toda familia, de toda amistad y de toda comunidad; acompañarse, animarse, alentarse, amarse y servirse de apoyo.
Oración: Dios, Padre nuestro, que continuamente nos llamas a anunciar ese Reino de justicia y fraternidad que Tú nos darás; ayúdanos a caminar por la vida anunciando a todos la Buena Noticia de tu amor materno y paternal, y nuestra condición de hijos tuyos destinados a la Vida plena. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco.

