Evangelio: Juan 12,20-33
¿Quiénes son estos griegos que nos señala el texto del Evangelio de hoy? Con este término se indicaba a los paganos que simpatizaban con la religión judía o que se habían convertido al judaísmo. A pesar de no ser hijos de Abrahán, eran estimados y queridos por los israelitas, que veían en ellos las primicias de aquellos pueblos y de aquellas naciones que, según las profecías, un día llegarían a Jerusalén para ser instruidas en los caminos del Señor (cf. Isaías 2,3)
Lo que mueve a los griegos no es una curiosidad banal ni del deseo frívolo de encontrar a la estrella del momento, de conocer a quien todos buscaban porque había reanimado a Lázaro. En el evangelio de Juan, el término ver significa penetrar en lo más íntimo de una persona, estos griegos lo que querían era descubrir su identidad y saber si Él podía dar un nuevo horizonte a sus vidas.
Los griegos no van directamente a Jesús; pasan a través de sus discípulos porque éste es el único camino: es solamente pasando a través de la comunidad cristiana que se puede llegar a Cristo. Y no recurren a uno cualquiera de los apóstoles, sino que se dirigen a Felipe y Andrés, los únicos entre los doce que tienen un nombre griego y que, quizás por esto, piensan que son los que mejor pueden hacer de mediadores.
El evangelista no pretende contarnos el encuentro de los griegos y Jesús, ni siquiera qué fue de ellos. El objetivo del evangelista es hacernos ver a Jesús a sus lectores y por eso introduce un discurso en el que Jesús se hace realmente ver, en el que manifiesta su rostro.
Comienza con una imagen tomada del mundo agrícola. Todos los que cultivan plantas, saben que las semillas tienen que morir en la tierra para que los retoños puedan brotar de ellas y darnos flores llenas de color. La semilla tiene que morir para dar vida. De la misma manera, Jesús murió para darnos vida. Y nosotros, sus discípulos hoy, tenemos que seguir sus huellas. Tenemos que entregarnos a nosotros mismos para que los otros sean felices y vivan. San Pablo dice con Jesús: “Nadie vive para sí mismo”.
Jesús explica a los griegos en qué consiste la gloria verdadera: caer en tierra y morir para producir mucho fruto. Ha llegado el momento crucial de su misión y Jesús también siente la tentación de huir, de pedir al Padre que lo salve de aquella hora. Pero Él sabe que, solamente a través de su muerte, el Padre podrá revelar al mundo su inmenso amor por el hombre.
No es necesario haber conocido materialmente a Jesús para poderlo ver. Todos pueden contemplar su verdadero rostro, el que Él muestra a través del evangelio de hoy. Un rostro tan “desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano” (Isaías 52,13); “despreciado y evitado de la gente, un hombre habituado a sufrir, curtido en el dolor; al verlo se tapaban la cara; despreciado, lo tuvimos por nada” (Isaías 53,3).
El rostro que Jesús muestra a todos los griegos requiere un compromiso total. Su propuesta es “escándalo para los judíos y locura para los griegos” (1 Corintios 1,22). Y sin embargo solamente quien, como Él, muere por los hermanos, es un hombre que ha vivido su vida plenamente, según Dios.

