En los cruces de los caminos.
Jesús conocía muy bien cómo los campesinos de Galilea disfrutaban las bodas que se celebraban en la aldeas. Conocía sus vidas duras y monótonas. Sabía cómo esperaban la llegada del sábado para «liberarse» del trabajo. Los veía disfrutar en las fiestas y en las bodas. ¿Qué experiencia podía ser más gozosa para aquellas gentes, que ser invitados a un banquete y sentarse a la mesa con los vecinos a compartir una fiesta?
Movido por su experiencia de Dios, Jesús les hablaba de manera sorprendente. La vida no es sólo de trabajos y preocupaciones, penas y sinsabores. Dios está preparando una fiesta final para todos sus hijos. Los quiere ver a todos sentados junto a él, en torno a una misma mesa, disfrutando para siempre de una vida plenamente feliz. Jesús invitaba a todos a su mesa e incluso comía con pecadores e indeseables. Quería ser para todos la gran invitación de Dios a la fiesta final.
¿Qué ha sido de esta invitación?, ¿quién la anuncia?, ¿quién la escucha?, ¿dónde se puede tener noticias de esta fiesta? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a todo lo que no sea nuestro propio interés inmediato, no creemos necesitar de Dios. ¿Nos estamos acostumbrando, poco a poco, a vivir sin necesidad de una esperanza última?
En la parábola de Mateo, cuando los que tienen tierras y negocios rechazan la invitación, el rey no cambia. A pesar de tanto rechazo y menosprecio, habrá fiesta. Dios no ha cambiado. Hay que seguir convidando.
Pero ahora, lo mejor es ir a «los cruces de los caminos» por donde pasan tantas gentes errantes, sin tierras ni negocios, a los que nadie ha invitado nunca a nada. Ellos pueden entender mejor que nadie la invitación. Pueden recordarnos la necesidad última que tenemos de Dios. Pueden enseñarnos la esperanza.
Jesús entendió su vida como una gran invitación en nombre de Dios. No imponía nada, no presionaba a nadie. Anunciaba la buena noticia de Dios, despertaba la confianza en el Padre, quitaba los miedos, encendía la alegría y el deseo de Dios. Su invitación debía llegar a todos, sobre todo a los más necesitados de esperanza.
Son muchos los seres humanos que ya no escuchan llamada alguna de Dios. Les basta con responder de sí mismos ante sí mismos. Sin ser, tal vez, muy conscientes de ello, viven una existencia «solitaria», encerrados en un monólogo perpetuo consigo mismos. El riesgo es siempre idéntico: vivir cada día más sordos, a toda llamada que puede transformar de raíz su vida.
Son muchas las ofertas de salvación en nuestra sociedad dominicana; ofertas parciales, reductoras, que no proporcionan todo lo que el hombre anda buscando. El hombre sigue insatisfecho mientras la invitación de Dios sigue resonando. Su invitación la hemos de percibir, no al margen, sino en medio de las insatisfacciones, gozos, luchas e incertidumbres de nuestra vida. «Incluso allí donde se busca ofrece algo parcial que tiene acogida entre los hombres, habrá que atisbar a Dios intentando llegar al hombre» (J.M. Mardones).
Los seres humanos seguirán siendo eternos buscadores de orientación, felicidad, plenitud, verdad, amor. Lo seguirán buscando de alguna manera. Por eso, en medio de nuestra vida a veces tan alocada y superficial, en medio de nuestra búsqueda vana de felicidad total, estemos alertas y veamos si no estamos desoyendo una invitación, que quizás, otras personas sencillas y pobres están escuchando con gozo «en los cruces de los caminos» de este mundo nuestro tan paradójico.
Una de las tareas más importantes de la Iglesia, es crear espacios y facilitar experiencias donde las personas puedan escuchar de manera sencilla, transparente y gozosa la invitación de Dios a la Vida.
Oración: Dios, Padre nuestro: te pedimos que tu gracia y tu luz nos acompañen siempre, de modo que estemos dispuestos a obrar en todo momento con justicia y con amor. Quédate entre nosotros y haz que siempre sepamos reconocerte presente en las personas. Amén.
Padre Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF.
Párroco

