En el año setenta después de Cristo, cuando las tropas romanas destruyeron Jerusalén y el pueblo judío desapareció como nación, los cristianos hicieron una lectura de este trágico hecho: Israel, aquel pueblo tan amado por Dios, no ha querido responder a sus llamadas. Sus dirigentes religiosos han ido matando a los profetas enviados por él; crucificando por último, a su propio Hijo. Ahora, Dios los abandona y permite su destrucción.
Así leían los primeros cristianos la parábola de los «viñadores homicidas», dirigida por Jesús a los sumos sacerdotes de Israel. Esta parábola no fue recogida para alimentar el orgullo de la Iglesia; la preocupación era otra: ¿Le puede suceder a la Iglesia cristiana, lo mismo que le sucedió al antiguo Israel? ¿Puede defraudar las expectativas de Dios? Y si la Iglesia no produce el fruto que él espera, ¿qué caminos seguirá Dios para llevar a cabo sus planes de salvación? El peligro es el mismo. Israel se sentía seguro: tenían las Escrituras; poseían las instituciones; se celebraba escrupulosamente el culto; se predicaba la Ley; se defendían las instituciones. No parecía necesitarse nada nuevo. Es lo más peligroso que le puede suceder a una religión: ahogar la voz de los profetas y que los sacerdotes, sintiéndose dueños de la «viña del señor», quieran administrarla como propiedad suya.
Puede ser nuestro peligro: pensar que la fidelidad de la Iglesia está garantizada por pertenecer a la Nueva Alianza. Sentirnos seguros por tener a Cristo en propiedad. Sin embargo, Dios no es propiedad de nadie. Su viña le pertenece sólo a él, y si la Iglesia no produce los frutos que él espera, Dios seguirá abriendo nuevos caminos de salvación.
Comentaristas y predicadores con frecuencia han interpretado esta parábola de Jesús, como la reafirmación de que la Iglesia cristiana es “el nuevo Israel” después del pueblo judío, que luego de la destrucción de Jerusalén en el año setenta, se dispersó por el mundo.
La parábola también está hablando de nosotros. Una lectura honesta del texto, nos obliga a hacernos graves preguntas: ¿Estamos produciendo en nuestros tiempos, “los frutos” que Dios espera de su pueblo: justicia para los excluidos, solidaridad, compasión hacia el que sufre, perdón…?
Dios no tiene por qué bendecir un cristianismo estéril del que no recibe los frutos que espera. No tiene por qué identificarse con nuestra mediocridad, nuestras incoherencias, desviaciones y poca fidelidad. Si no respondemos a sus expectativas, Dios seguirá abriendo caminos nuevos a su proyecto de salvación, con otras gentes que produzcan frutos de justicia.
Nosotros hablamos de “crisis religiosa”, “descristianización”, “abandono de la práctica religiosa”… ¿No estará Dios preparando el camino que haga posible el nacimiento de una Iglesia más fiel a su proyecto del reino? ¿No es necesaria esta crisis, para que nazca una Iglesia menos poderosa pero más evangélica, menos numerosa, pero más entregada a hacer un mundo más humano, donde surjan nuevas generaciones más fieles a Dios que nosotros?
Disfrutemos de la vida, entreguemos alegres la cosecha que Dios, su dueño, sabrá mejor que nosotros darle buen uso y repartirla donde haga falta. Suyos son los frutos que ha hecho crecer en mí para donarlos al mundo. Para mí tengo lo que dice Pablo: la alegría de todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable… ¡Qué buen precio! En verdad la paz de Dios es un buen y generoso salario.
Oración: Dios, Padre nuestro, que desde el comienzo de los tiempos nos has manifestado tu amor y que cuidas de nosotros como un viñador amoroso; guía nuestros pasos para que sepamos serte agradecidos, y haz que nuestra gratitud no sea sólo de palabra, sino con obras de «derecho y justicia», a favor de todos, y especialmente de los privados de sus derechos. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF
Párroco

