La cruz era el instrumento más cruel y horrible de los suplicios. Era la pena capital reservada a los bandidos, a los esclavos rebeldes, a los marginados de la sociedad, a los culpables de delitos execrables. Cicerón, el orador y escritor romano que vivió en el siglo I a.C., habla de la cruz como “un castigo cuyo mismo nombre deber se alejado no solo de la persona de los ciudadanos romanos, sino de sus pensamientos, de sus ojos, de sus oídos”. ¿Profesarse seguidores de un crucificado? ¡Una locura! Una vergüenza, una decisión contraria al sentido común. Pablo escribía a los corintios: “Los judíos piden milagros, los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros anunciamos un Cristo Crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos” (1 Cor 1,22-23).
Todavía encontramos grabados en las tumbas de los primeros siglos el ancla, el pez, el pescador, el pastor, pero no la cruz. Por largo tiempo han mostrado un cierto pudor, por así decir, a identificarse con la cruz. Solo en el siglo IV d.C., se convirtió en el símbolo por excelencia y se comenzaron a fabricar cruces
Durante la Semana Santa, este símbolo se nos ofrece a nuestra contemplación. Venerar la cruz no significa inclinarse ante un objeto material; ni siquiera fijar nuestra atención en el dolor físico de la Pasión de Jesús. La cruz indica una elección de vida: la del don de sí. Contemplarla significa tomarla como punto de referencia de todas nuestras decisiones.
Todos los evangelistas dedican un gran espacio a la Pasión y muerte de Jesús. Los hechos son fundamentalmente los mismos, aunque narrados de modo y desde perspectivas diversas. Cada evangelista, después, introduce en el relato episodios, detalles, llamadas de atención que expresan su interés por ciertos temas de catequesis considerados significativos y urgentes para las propias comunidades cristianas. La versión del relato de la Pasión que leemos hoy es la de Marcos. Vamos a ver los aspectos específicos que nos narra Marcos.
Un primer elemento significativo es la falta de reacción por parte de Jesús al beso de Judas y al comportamiento violento de uno de los presentes. Jesús al final, concluye: “Se ha cumplido la Escritura”. El evangelista nos muestra a un Jesús manso y desarmado, que se entrega en manos de sus enemigos sin reaccionar.
Solo Marcos recuerda un “detalle curioso”: “Lo seguía también un muchacho cubierto solo por una sábana. Lo agarraron; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo. La escena reproduce, en la intención del evangelista, el comportamiento desenvuelto de tantos cristianos que alegremente se olvidan de sus compromisos.
Ningún evangelista pone de relieve, como Marcos, la soledad de Cristo durante la Pasión. En el relato de la Pasión según Marcos, Jesús está siempre en silencio. A las autoridades religiosas que le preguntan si Él es el Mesías, y a Pilatos, que quiere saber si es rey, responde simplemente: “Sí, lo soy”. Después, nada.
El momento culminante de todo el relato de la Pasión de Jesús según Marcos es la profesión de fe del centurión al pie de la cruz: “El centurión que estaba enfrente, al ver cómo expiró, dijo: «Realmente este hombre era Hijo de Dios»”. Lo que sorprende es que el descubrimiento y la proclamación de Jesús “Hijo de Dios” no ha venido de uno de los apóstoles o discípulos sino de un pagano.
El velo del templo que “se rasgó en dos de arriba abajo” Nos muestra que no podemos ya imaginar a Dios lejano, inaccesible; aun el más grande pecador puede acercarse a Él con confianza, sabiéndose hijo suyo.
Abbá expresaba confianza y ternura. Jesús lo emplea en el momento más dramático de su vida, cuando, después de haber pedido al Padre que lo librara de aquella prueba tan difícil, se abandona confiadamente en sus manos. Es la invitación a no dudar nunca jamás de Amor de Dios, aun en las situaciones aparentemente más absurdas, y a recordar siempre que Él es el Abbá.
Jesús María Amatria, cmf.

