Evangelio: Juan 20,1-9
Juan comienza su Carta anunciando “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos, es lo que les anunciamos, la Palabra de vida” (1Jn 1,1-3). Una experiencia inolvidable e irrepetible la suya.
Testimoniar no equivale a dar buen ejemplo. Esto es ciertamente útil, pero el testimonio es otra cosa. Lo puede dar solamente quien ha pasado de la muerte a la vida, quien puede afirmar que su existencia ha cambiado y adquirido un nuevo sentido desde el momento en que fue iluminada por la luz de la Pascua, quien ha experimentado que la fe en Cristo da sentido a las alegrías y a los sufrimientos e ilumina tanto los momentos felices como los tristes.
El evangelio de este Domingo de Pascua comienza diciéndonos que “El primer día de la semana, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena se encamina al sepulcro…” En estas primeras palabras del evangelio, casi se respiran, las señales de que la muerte ha vencido. Silencio sobre la tierra, inmovilidad, calma… Una mujer sola y sin miedo se mueve en la oscuridad de la noche. La muerte, sin aparente rival, parece dominarlo todo; se diría que el silencio y la oscuridad están celebrando su triunfo. La ley del poder y de la fuerza, de la discriminación y la injusticia, han derrotado definitivamente a las fuerzas de la vida.
Pero cuando María se da cuenta de que el sepulcro está vacío la escena cambia. Un temor repentino se apodera de los personajes y comienzan a moverse con rapidez. María Magdalena llega corriendo a donde estaba Simón Pedro que se mueve con el otro discípulo.
Veamos a estos dos discípulos correr hacia el sepulcro. El discípulo sin nombre llega primero, se inclina, ve las vendas en el suelo, pero no entra. Llega también Simón Pedro que entra, ve las vendas en el suelo y el sudario que cubría la cabeza de Jesús, no en el suelo como las vendas, sino doblado en un lugar aparte.
Nada de milagros, ninguna aparición de ángeles; solo se ven signos de muerte por doquier. Pedro se da cuenta de la situación, pero no es capaz de sacar la conclusión. Sus pensamientos permanecen bloqueados ante la presencia de la muerte. El discípulo sin nombre, por el contrario, da un paso hacia adelante: ve y comienza a creer. Es el momento culminante de su camino hacia la fe en el Señor Resucitado. Frente a los signos de muerte (la tumba, las vendas, el sudario…) él comienza a percibir la victoria de la vida.
Después, los dos discípulos “se volvieron a casa”. Da la impresión de que todo volvió a ser como antes. Pero no es así. Los dos conocieron a Jesús, comprobaron los mismos hechos y vieron los mismos signos. Los dos retoman la vida de todos los días. Pero uno sin ánimo y desilusionado y el otro guiado por una nueva luz y fortalecido por una nueva esperanza.
¿A quién representa, el discípulo sin nombre? Representa al discípulo auténtico. A aquel que, apenas encuentra a Jesús, no duda ya más. A quien se esfuerza por conocer a Jesús, le sigue, aunque sea necesario dar la vida. No tiene nombre porque cada uno de nosotros está invitado a ser ese discípulo, a darle nombre.
Jesús María Amatria, cmf.

