Evangelio: Marcos 13,24-32
A partir del siglo II antes de Cristo se difunde en Israel un movimiento cultural denominado apocalíptico. Los apocalípticos estaban convencidos de que el mundo no iba a mejor sino a peor, precipitándose en medio de terribles convulsiones hacia la muerte y la desaparición. Dios haría surgir de sus cenizas un mundo nuevo que les tocaría en suerte a los justos. Comenzaría una nueva era, tiempos de paz, de bendiciones y prosperidad, en un reino gobernado directamente por el Señor.
Este anuncio de alegría y esperanza que constituye el mensaje central de la literatura apocalíptica, es comunicado por los autores apocalípticos a través de un lenguaje oscuro y misterioso en el que todo tiene un valor simbólico: números, colores, animales salvajes, ropajes, partes del cuerpo, personajes. Son revelaciones transmitidas por medio de visiones, alegorías e imágenes que no hay que tomar literalmente, sino que deben ser cuidadosamente interpretadas.
El uso de este lenguaje tuvo su auge en tiempos de Jesús, por lo que no debe extrañarnos que también el Maestro lo haya empleado y que lo encontremos en todos los libros del Nuevo Testamento, no solo en el último que lleva el nombre de Apocalipsis.
Cuando Marcos escribe las páginas del evangelio que la liturgia nos presenta hoy, el imperio romano se debate en medio de guerras, calamidades y carestías. Las comunidades cristianas son golpeadas por la persecución y no entienden lo que está sucediendo.
Esta crítica situación enciende la fantasía de algunos fanáticos quienes, recurriendo al anuncio de la destrucción del templo de Jerusalén hecha por Jesús, difunden sus juicios creencias sobre una inminente catástrofe, el final de todo lo creado y el regreso de Cristo sobre las nubes del cielo. La serenidad de las comunidades se ve afectada y él, Marcos interviene con el fin de ayudar a los cristianos a reflexionar y comprender los acontecimientos.
El texto comienza con las imágenes típicas de la literatura apocalíptica: “El sol se oscurecerá, la luna no irradiará su resplandor, las estrellas caerán del cielo y los ejércitos celestes temblarán”. Jesús retoma estas imágenes no para asustar a sus discípulos sino para consolarlos. Las dificultades, la violencia y las persecuciones que deben afrontar son signos de un mundo todavía dominado por el maligno, pero el fin de esta realidad penosa ha sido ya decretado y empieza a surgir algo nuevo.
Posteriormente, Jesús introduce una nueva imagen apocalíptica: el Hijo del Hombre… “Enviará a los ángeles para que reúnan a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde un extremo de la tierra hasta un extremo del cielo”.
El significado de la imagen de los ángeles que reúnen a los elegidos desde los cuatro vientos, no se trata del anuncio de un juicio, no es señal de ningún castigo. El mensaje es todo lo contrario a una amenaza. Es la respuesta consoladora dada por Marcos a sus comunidades que están atravesando un momento dramático. Son perseguidas y sufren toda clase de abusos; algunos cristianos han sufrido hasta la muerte. El mensaje es, por tanto, de gozo y de esperanza: ni uno solo de los elegidos será olvidado, ninguno se perderá.
Solo el Padre, y nadie más, conoce el día y la hora en que el reino de Dios alcanzará su pleno cumplimiento. No obstante, hay signos evidentes que indican que el momento decisivo se está acercando.
Jesús María Amatria, CMF.

