esús fue clavado en una cruz, y así murió. Junto a él crucificaron también a dos bandidos. Y allí tuvo lugar uno de los más extraños diálogos que haya habido: El bandido, impresionado por la mesura y serenidad de Jesús, le dijo: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Y Jesús respondió: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.” ¡el Nazareno, un hombre condenado a muerte, agonizando en la cruz aparentemente por una causa criminal, promete un reino y un paraíso de felicidad! Esto proclama por sí solo qué clase de rey celebramos hoy: Cristo, el rey no del poder y la riqueza, sino de la verdad, de la entrega, del amor y la paz.
En el relato de la Pasión se dice que “Entonces Pilato se hizo cargo de Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados entrelazaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto rojo, y acercándose a Él, le decían: «¡Salud, Rey de los Judíos!» Y le pegaban en la cara”.
Jesús fue sometido a una parodia muy conocida en la antigüedad. Un prisionero que a los pocos días sería ajusticiado, era revestido con insignias reales y tratado como emperador. Una burla cruel a la que Jesús también fue sometido. En la escena descrita por Juan aparecen todos los elementos que caracterizan la entronización de un emperador: la corona, el manto púrpura, las aclamaciones. Es la parodia de la realeza y Jesús la acepta porque demuestra de la manera más explícita cuál es su juicio sobre la ostentación de poder y la búsqueda de la gloria de este mundo. La ambición de sentarse en un trono para recibir honores e inclinaciones es para Él una farsa.
En la escena final del proceso, Pilato conduce fuera a Jesús, y lo hace sentar sobre una tribuna elevada. Es mediodía y frente a todo el pueblo, señala a Jesús coronado de espinas y cubierto con el manto púrpura, proclamando: “Ahí tienen a su Rey”. Es el momento de la entronización; es la presentación del soberano del nuevo reino, el reino de Dios.
Para los judíos, la propuesta es tan absurda que les sabe a provocación. De ahí que, furiosos, reaccionan indignados: “¡Fuera, fuera, crucifícalo!”. No quieren un rey así. Desean el rey del salmo que se empezaba a recitar después de que Pompeyo conquistase Jerusalén en el año 63 a. de C. “Señor, tú eres nuestro rey. El reinado de nuestro Dios es eterno sobre todas las naciones. Tú has elegido a David como rey de Israel, y juraste que su descendencia nunca se extinguirá ante ti. Ahora, a causa de nuestras culpas, los pecadores se han levantado contra nosotros. Mira, Señor, y suscita a un hijo de David, en el tiempo que tú hayas establecido, para reinar sobre Israel”.
Jesús está allí, en alto, para que todos lo puedan contemplar, iluminado por el Sol que brilla en todo su esplendor; está en silencio; no añade nada a la burla porque ya ha quedado todo explicado. Espera solamente que cada uno se pronuncie y haga su elección. Uno se puede decidir por las grandezas, por los reinados de este mundo, o bien seguirlo a Él renunciando a todos los bienes y aceptando la derrota por amor. De esta elección dependerá el éxito o el fracaso de una vida.
Pilato termina entregando a Jesús para que sea crucificado, pero no termina el tema de la realeza. En la Cruz, Pilato hizo poner una inscripción en tres idiomas: hebreo, latín y griego, para que fuera leída y comprendida por todos: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” (Jn 19,19). De forma, el representante del reino más poderoso de este mundo reconocía, oficialmente, la realeza de Jesús. Cuando los sumos sacerdotes protestaron pidiendo que rectificara, afirmó que esa declaración era irreversible: “Lo escrito, escrito está”. Él, el depositario de la autoridad del emperador, no podía cambiarlo: la victoria de los vencidos se inició con su rey levantado en la cruz. Ningún reino de este mundo será capaz de detener su avance. Esta era la gran sorpresa de Dios.
Jesús María Amatria, CMF.

