El Espíritu de Jesús. Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz, ni de hablar impulsado por su Espíritu. Tenían la sensación de que Dios los había olvidado y ya no le preocupaban los problemas de Israel.
El evangelio de Marcos nos relata que apenas fue bautizado, Jesús «vio rasgarse el cielo» y experimentó que «el Espíritu de Dios bajaba sobre él». Por fin sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios.
Ese Espíritu es el aliento de Dios que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, a curarla y hacerla más humana.
Por medio de ese Espíritu todo se vivifica, la confianza en Dios renace, la fe se fortalece, la Iglesia florece. Sin el Espíritu de Jesús, sucede lo contrario: Jesús queda reducido a un personaje del pasado, el Evangelio se convierte en letra muerta, el amor se enfría y la Iglesia no pasa de ser una institución religiosa más. La libertad se ahoga, la alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la misión se olvida, la esperanza se muere y los miedos crecen.
Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el descuido de su Espíritu. No podemos pretender lograr, con organización, trabajo, devociones o estrategias diversas, lo que solo puede nacer del Espíritu. Debemos volver a la raíz y bautizarnos con el Espíritu de Jesús. Dejarnos reavivar y recrear por ese Espíritu, para poder aportar a la sociedad actual, el amor solidario y la tan necesitada esperanza cristiana.
Cansancio. Hay momentos en que el ser humano se cansa de casi todo: de las ocupaciones que llenan su vida, de las personas que le rodean, de luchar, de vivir, de ser bueno. El cansancio es propio de la condición humana. El esfuerzo desgasta nuestro cuerpo y nuestro espíritu se debilita. Hay otros cansancios destructores, cuya raíz es un estilo equivocado de vivir. Así, quien vive atrapado por el activismo y la ocupación permanente, sin alimentarse por dentro, tarde o temprano cae en un cansancio inevitable. La incoherencia interior, el autoengaño o el vivir sin satisfacer las verdaderas aspiraciones del ser humano, engendran el hastío y la decepción, invaden las zonas más profundas de nuestro ser, vacían nuestra vida de toda ilusión creadora, apagando el amor en la pareja o debilitando de raíz la fe.
Es necesario adoptar una actitud de sano realismo y de paciencia, aceptar nuestras limitaciones y desgastes, sin ceder al desaliento, ni caer en el aislamiento, sino prestos a pedir ayuda a quien nos puede aliviar y estimular de nuevo. Por esto es fundamental la renovación de nuestro espíritu y nuestra transformación interior, por medio del Espíritu Santo.
Según el Bautista, lo propio de Cristo es su capacidad para “bautizar con Espíritu Santo”; ese Espíritu creador de Dios capaz de despertar nuestras almas cansadas, de liberarnos del pecado convertido en costumbre y de comunicarnos nueva vitalidad. Por eso, tal vez, la oración más apropiada en las horas bajas del cansancio, sea esa invocación humilde y confiada: “Ven Espíritu Santo e infunde en mí la fuerza de tu amor”.
JUAN ANDRÉS HIDALGO LORA, CMF

