En República Dominicana hay personas que, más que creer en Dios, creen en aquellos que hablan de él. Sólo saben de Dios «de oídas». Les falta experiencia personal. Quizás asisten a celebraciones religiosas, pero nunca abren su corazón a Dios, ni se detienen a percibir su presencia en el interior de su ser. Es un fenómeno frecuente. Vivimos girando en torno a nosotros mismos, pero fuera de nosotros. Trabajamos y disfrutamos, amamos y sufrimos, vivimos y envejecemos, pero nuestra vida transcurre sin misterio y sin horizonte último. Incluso, los que nos decimos creyentes, no sabemos muchas veces «estar ante Dios». Se nos hace difícil reconocemos como seres frágiles, pero amados infinitamente por él. No sabemos admirar su grandeza insondable ni gustar de su presencia cercana. No sabemos invocar ni alabar. A todos se nos pueden aplicar las palabras del Bautista: «En medio de nosotros hay uno al que no conocen». ¿Qué sabemos nosotros de Dios, fuera de algunos viejos tópicos? ¿Qué sabemos de Cristo fuera de cuatro datos superficiales? Esta es quizás nuestra peor pobreza: ignorar lo que tenemos.
La voz del desierto. Según el profeta Oseas, es en el «desierto» donde Dios «habla al corazón». En el «desierto» sólo se vive de lo esencial. No hay lugar para lo superfluo: se escucha la verdad de Dios, mejor que en los centros comerciales. Tampoco hay sitio para la complacencia y el autoengaño: el «desierto» casi siempre nos acerca más a Dios, que el templo. Cuando la voz de Dios viene del «desierto», nos llega sin las distorsiones por los intereses económicos, políticos y religiosos que, casi siempre, enredan todo. Es una voz limpia y diáfana que nos habla de lo esencial, no de nuestras disputas, intrigas y estrategias. En medio de la agitación, el ruido, la información y difusión constante de mensajes, ¿quién escuchará la «voz del desierto»?, ¿quién nos hablará de lo esencial?, ¿quién abrirá camino a Dios en este mundo?
Juan grita. Lo hace porque ve al pueblo dormido y quiere despertarlo, lo ve apagado y quiere encender en él la fe en un Dios Salvador. Su grito se concentra en una llamada: «Preparen el camino del Señor». La preparación consiste en allanar dificultades, en igualar desigualdades. Cuando la vida se le hace más fácil a la gente, cuando se recortan las desigualdades y se dignifica lo insignificante, es que Dios se acerca. Jesús se presenta en nuestra vida. y nos surgen estas preguntas: ¿Cómo abrirle caminos a Dios? ¿Cómo hacerle más sitio en nuestra vida?
Búsqueda personal. Para muchos, Dios está hoy como oculto y encubierto por toda clase de prejuicios, dudas, malos recuerdos de la infancia o experiencias religiosas negativas. ¿Cómo redescubrirlo? Lo importante no es pensar en la Iglesia, los curas, la misa o la moral sexual. Lo primero es abrir el corazón y buscar al Dios vivo, que se nos revela en Jesucristo y que se deja encontrar por los que lo buscan.
Atención interior. Para abrirle un camino a Dios es necesario descender al fondo de nuestro corazón. Quien no busca a Dios en su interior, difícilmente lo encuentre fuera. Dentro de nosotros hay miedos, preguntas, deseos, vacío… No importa. Dios está ahí. Él nos ha creado con un corazón que no descansará si no es en él.
Con un corazón sincero. No debe preocuparnos el pecado o la mediocridad. Lo que más nos acerca al misterio de Dios es vivir en la verdad, y reconocer nuestros errores sin engañarnos a nosotros mismos. El encuentro con Dios acontece cuando a uno le nace desde dentro esta oración: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador». Éste es el mejor camino para recuperar la paz y la alegría interior.
En actitud confiada. El miedo es el que cierra a muchos el camino hacia Dios. Temen encontrarse con Él, pensando en su juicio y sus posibles castigos. No consiguen creer que Dios es sólo amor y que, incluso cuando juzga al ser humano, lo hace con amor infinito. Despertar la confianza total en este amor, puede ser el comienzo de una vida nueva y gozosa con Dios.
Caminos diferentes. Cada quien debe hacer su propio recorrido. Dios nos acompaña a todos. No abandona a nadie y menos cuando se encuentra perdido. Lo importante es mantener el deseo humilde de Dios. Quien sigue confiando, quien de alguna manera desea creer, es ya «creyente», ante ese Dios que conoce hasta el fondo el corazón de cada persona.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf. Fuentes: José María Castillo, José Antonio Pagola

