«PAZ A USTEDES… ¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!»
Apreciados y amados hijos de Dios, ya llevamos una semana celebrando la resurrección de Jesús. Donde hemos vivido paso a paso un encuentro con el resucitado. Que a muchos ha transformado su vida. A pesar de los tantos problemas que padecen. De igual manera, en este segundo domingo de pascua. Celebramos el día de la misericordia en el que Jesús tiene como mensaje central, el tema del amor. Amor que es capaz de cambiar el mundo.
Hoy notamos el cambio de vida que experimentaron los primeros cristianos de la Iglesia. Ellos, que al superar el egoísmo ponían todo en común. A diferencia de hoy en día en que cada quien busca su bienestar. Pero hoy sería bueno unificarnos y vivir en unidad como lo hacían los primeros cristianos, quienes abrazaban la fe en Jesús, muerto y resucitado, buscaban instaurar el reino de Dios en su mundo inmediato.
Hoy el Señor nos invita a poner la mirada en él para vencer los miedos e inseguridades en nuestros días. Ese miedo que genera angustia, te roba la paz, te quita la alegría e incluso arranca la capacidad de soñar un tiempo nuevo. Eso nos podría estar pasando hoy a nosotros, como les pasó a los primeros discípulos, quienes no confiaron plenamente en la palabra de Dios. Ellos se habían olvidado de las promesas del Maestro de que no los dejaría huérfanos. Por eso es que Jesús aparece trayéndoles paz, demostrándoles que él está vivo, que ha resucitado y es quien viene en este día también a tu vida a traer paz a tu corazón. Y vino para que hoy tú tengas ese encuentro con él. Que te transformes al recibirle en tu vida con alegría y entusiasmo, y lo puedas transmitir a tus hermanos.
También se nos invita a tener fe y confianza, a que no seamos como aquel apóstol que en principio dudó por encerrarse en sus pensamientos. Pero hoy el Maestro quiere que lo aceptes y vivas tu encuentro de una forma diferente y que todos podamos decir: “¡Señor mío y Dios mío!”. Ya que en esta pequeña oración se encuentra resumido el sentimiento de pequeñez del hombre ante la grandeza y soberanía de Dios.
Ante la incredulidad de aquel discípulo, Jesús da una respuesta ¿Porque has visto, has creído? Resaltando aquí que debemos tener una fe más auténtica y confiada en el que ha obtenido la victoria sobre el pecado y la muerte. Hoy se nos hace un llamado a experimentar ese encuentro personal y comunitario con el resucitado. Dejemos que el Señor nos toque con la vida que él nos da a través de su amor y que éste invada nuestro corazón, nuestra mente y todo nuestro ser.
Justo hoy debemos estar felices porque Jesús crucificado, muerto y resucitado se queda con la Iglesia para siempre, y es el Espíritu Santo quien nos acompaña y nos impulsa e indica el camino y la ruta que debemos seguir para poder ser fieles al proyecto de Dios y a la propuesta de liberación que él nos ha hecho. Y es dentro de cada uno de nosotros que el Espíritu Santo es capaz de actuar. Pero debemos abrirnos a que él sea quien actúe, porque si nos encerramos, sería nuestro egoísmo lo que no nos dejaría avanzar.
En la presencia de Jesús es que vemos como él entrega su Espíritu a sus discípulos y amigos. Un fruto de ese espíritu es el don de la paz que hoy mucha falta nos hace y que solo nos lo puede brindar Dios. Cabe notar que el plan original de Dios para el hombre era, en principio, amar y servir en todo y a todos. Y así generar una paz capaz de animarnos en todo momento. (Un ejemplo claro son aquellas personas que solo les gusta que le den, pero ellos no dan nada). Hoy necesitamos todo lo contrario. Ver personas que nos muestren un mundo diferente, más justo, fraterno y humano. Imaginemos un mundo donde el mal no existiera, donde la Gracia del Espíritu Santo sea la que habite en todos los corazones. Viviríamos con una entrega total del uno por el otro.
También en este texto queda patente la capacidad del perdón que entrega Jesús a todos sus discípulos y a toda la Iglesia. Es decir que el perdón de los pecados no está reservado para un grupo. Sino que toda la comunidad es encargada de poder entregar y recibir el perdón de los pecados. Y es aquí donde podemos notar que la paz es proporcional a la capacidad de dar y recibir el perdón.
Que, en este Segundo Domingo de Pascua, cada uno de nosotros pueda experimentar el gozo de reconocer a Jesús como el Señor de nuestra vida y que la fuerza del Espíritu Santo sea la que nos impulse al servicio y al amor a los demás. Señor, te doy gracias por enviarme el Espíritu Santo y que tu presencia me ilumine siempre.
Y recordemos a Santo Tomás Apóstol, el cual, a pesar de su incredulidad, accede a la fe. Él necesitó palpar lo referente al resucitado, donde fue capaz de decir “si no lo veo no lo creo”. Su fe queda en otro plano. Sin olvidar lo que nos conduce a ser miembros de la familia de Dios. Y por medio de ella nos centra en el camino de la vida del resucitado. Que es piedra angular de nuestras vidas; donde la misma depende de Él, pues sin él no podemos hacer nada.
Tomás era un hombre débil que, a pesar de seguir a Jesús a la hora de su muerte, dudó de su palabra. Su fe en las palabras de Jesús era frágil. Necesitaba más pruebas para poder creer. Él, quien no estaba en la primera aparición de Jesús. Pide, no solo verlo, sino palpar incluso sus heridas para poder creer en lo que los demás decían. Por eso la actitud de Jesús de ponerse frente a él para que lo toque. Por eso él se siente abandonado en la confianza que le hace expresar una profunda confesión de fe.
Me imagino que para Tomás fue vergonzoso ver a Jesús frente a él. Porque él había puesto en duda la Palabra que su maestro le había enseñado. Cuántos de nosotros muchas veces nos dejamos envolver por las dudas y no creemos que en verdad Jesús no nos abandona. Él es capaz de presentarse en tu vida y decirte aquí estoy. No estás solo. Y él es capaz de llamarnos dichosos a los que, a pesar de que no le hemos visto, hemos creído en su palabra.
Y es que nuestra fe muchas veces ha nacido y crecido por algún familiar, amigo, catequista, por un sacerdote e incluso por la escucha y el estudio de la palabra, donde nuestra fe se va acrecentando cada vez más. Pidamos a nuestro Padre Dios que nos ayude a mantenernos siempre confiados en el amor y en la voluntad de su hijo Jesús. Y que hoy podamos confiar como esos primeros testigos de la resurrección, en ese que nos trae paz, luz, alegría, perdón y amor. Y que cada día abramos nuestro corazón al servicio, y por qué no, a imitar a esos que creen sin tener que ver. Señor, ayúdame hacer una buena confesión que no retenga nada en mí corazón y que no tenga que ver para creer. Amado Señor, ayúdame a que, cuando te pida, darte gracias antes de ver, porque sé que tú me has escuchado.
Terminemos orando con el resucitado.
«El primer día de la semana. Y fue en el anochecer. Allí estaban los discípulos. Y estando en una casa. Tenían la puerta cerrada. Por miedo a los judíos. Y cuando entró Jesús. Se puso en medio de ellos. Les dijo “paz a ustedes”. Pero él les enseñó. Las manos y el costado. Entonces los discípulos. Se llenaron al ver al Señor. Todos llenos de alegría. Como me envió el Padre. Así los envío a ustedes. Cuando terminó de hablar. Sobre ellos él sopló. Y el Maestro les dio el Espíritu Santo. A quienes se les perdonen los pecados. Les quedarán perdonados. Pero a quienes se les retengan. Pues les quedan retenidos. Tomás uno de los doce. Él no estaba con ellos. Cuando vino Jesús. Los discípulos decían. Que habían visto al Señor. Pero él les contestó. Si no veo las señales. De los clavos que fueron clavados. En sus manos. Si yo no entro los dedos. En el agujero de los clavos. Yo no lo puedo creer. Estando Tomás con ellos. Entonces llegó Jesús. Se puso en medio de ellos. Les dijo “paz a ustedes”. Y le dijo a Tomás. Que trajera él sus dedos. Y también trae tus manos. Y éntralas en mi costado. Pero no seas incrédulo. Si no creyente de la palabra. Las palabras de Tomás. Fueron: “Señor mío y Dios mío”. Pero le dijo Jesús. Porque me has visto has creído. Bienaventurado es. El que ha creído sin haber visto. Pues tendrá que creer. Que Jesús es el Mesías. Y él es el hijo de Dios. Para que creyendo en él tenga vida eterna. Amén».
«Todos tus pecados. Tráemelos, hijo mío. Tú Padre del cielo. Te perdonaría. Cuéntale a tu Dios. Dile que te pasa. Pues Dios lo que quiere. Es darte un abrazo. Se siente feliz. Porque te has humillado. Pídele perdón. Dios te ha perdonado. En tu corazón. Hijo de mi alma. No quedó pecado. El Dios de los cielos. Te ha perdonado. Y te quedarás. Hijo para siempre. Aquí a mi lado. Amén».
«Que tú Santo Espíritu. Me envuelva en tu amor. Que yo sienta el fuego. En mi corazón. Derrama tus dones. Espíritu Santo. En toda mi alma. Que siempre esa llama. Viva encendida. Espíritu Santo. Por toda mi vida. Amén».
«Que hermosa te ves. Con ese rosario. Llevado en tus manos. Te suplico Madre. Que ores por mí. Yo sé Madre mía. Que tú a mí me quieres. Que me das tu amor. Y me llevas dentro. De tú corazón. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

