Evangelio: Lucas 2,22-40
Han pasado cuarenta días desde la Navidad y la Liturgia de hoy nos invita a contemplar de nuevo a Jesús Niño. La fiesta de la Presentación del Señor en Oriente ya se celebraba en el siglo IV. Cuando en el siglo VII fue introducida en Roma, recibió el nombre de ‘Fiesta de la purificación de María’ y, como se caracterizaba por una procesión nocturna con candelas, tomó también el nombre de la ‘Candelaria’. El rito de la luz la asociaba a la Navidad, fiesta de Cristo-luz.
Han pasado ya cuarenta días desde Navidad y tal vez la luz de Belén que iluminó la noche del 24 haya perdido intensidad, ya no nos conmueve tanto, o peor si otras estrellas fugaces más concretas, que reflejan mejor nuestros sueños y expectativas, nos están llamando hoy más la atención.
Vamos en esta fiesta a encontrarnos de nuevo con el Niño, vamos a recibirlo en los brazos como lo han hecho Simeón y Ana, los pobres de Israel, personas atentas a la voz del Espíritu.
En el evangelio de hoy Lucas nos narra la desconcertante respuesta del Señor a la esperanza que el profeta Malaquías expresaba en la primera de las lecturas. El pueblo se imaginaba, posiblemente, un ingreso triunfal en el Templo, entre legiones de ángeles, cual juez severo rápido para condenar. Pero he aquí, que quien ingresa en el templo es un recién nacido, débil e indefenso, envuelto en pañales, en brazos de una muchacha poco más que adolescente, acompañada de su joven marido.
Es difícil reconocer en aquel niño, que es igual en todo a los otros niños, al enviado por Dios para iluminar a todas las naciones. Solamente personas muy sensibles espiritualmente podían apreciarlo.
La ley judía mandaba que todos los primogénitos, tanto de hombres como de animales, fueran consagrados al Señor. Como los niños no podían ser sacrificados, se los rescataban con la oferta de un animal puro que era inmolado en lugar de ellos.
María y José han cumplido esta prescripción de la Torá y Lucas nos indica que la familia de Nazaret pertenecía a la categoría de los pobres, no podía ofrecer un cordero, ofrecen un par de palomas
Además de querer resaltar que la Sagrada Familia era pobre, Lucas destaca la observancia escrupulosa, de la ley del Señor. Repite insistentemente: “Según la ley de Moisés”; “como está escrito en la ley del Señor”; “como prescribe la ley del Señor” “para cumplir la ley”; “según la ley del Señor”
María y José saben que el niño que llevan en brazos no es suyo: les ha sido confiado por Dios para que cuiden de él, pero pertenece a Dios. Lo cuidarán con amor. Al llevarlo al templo lo consagran al Señor reconociendo que no es suyo. No se apropiarán de él, sino que lo prepararán para entregarlo como un don al mundo en el tiempo establecido por Dios.
Sin embargo, cuando perdidos en medio del gentío, José y María entran en el templo llevando al hijo en brazos, ninguno se da cuenta del acontecimiento extraordinario que está sucediendo, ninguno intuye que aquel recién nacido es “la luz del mundo”. Solo Simeón y Ana.
El episodio concluye con el regreso de la sagrada familia a Nazaret y señalando que Jesús en nada se diferenciaba de los niños de su aldea, a excepción de que “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba”.
Jesús María Amatria, CMF.

