
LLAMADOS A SER LUZ Y SALVACIÓN
RESPONDIENDO A LA GRACIA DE DIOS
Evangelio: Lucas 5,1-11
En la Biblia vemos con mucha frecuencia que la persona que es llamada por Dios a cumplir una misión no se siente digna. Hoy tenemos en las lecturas que nos presenta la liturgia tres ejemplos de ello: Isaías, Pedro y Pablo.
La escena que nos presenta Lucas en el evangelio de hoy se sitúa a orillas del lago, en un ambiente de día ordinario, los hombres están inmersos en sus trabajos, sudando para ganarse la vida. Jesús proclama su Palabra en todos los contextos, no sólo durante la liturgia del sábado y en los ambientes y lugares de culto.
Subido a la barca de Pedro, Jesús se sienta, asume la posición de maestro. La barca representa la comunidad cristiana. Es éste el lugar privilegiado donde podemos oír la voz del Maestro. A esta barca debemos dirigir nuestra mirada en busca de la luz, de la alegría y la esperanza de la Palabra.
En la barca, junto a Jesús, no hay personas excepcionales, santas, perfectas. Solo Dios es santo. Hay gente buena, sí, pero también pecadora. Pedro lo reconocerá en nombre de los otros: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!” Nuestras Eucaristías las empezamos confesando que hemos pecado. Sin embargo, a pesar de estar ocupada por pecadores, desde esta barca se anuncia la Palabra de Dios.
Al anuncio de la Palabra, sigue la acción. El maestro invita a adentrarse en el lago, a salir a aventurarse sobre las aguas del mar. La comunidad cristiana que ha escuchado y asimilado el mensaje de la Buena Noticia de Jesús se dispersa por los caminos del mundo para llevar a cabo su misión.
Pedro no comprende, le parece insensata la propuesta, no es el momento adecuado, sin embargo, se fía de la palabra del Maestro. Es un riesgo que está dispuesto a correr. Es consciente que si fracasa se expone al ridículo y a las bromas de sus colegas. ¡Se las da de buen pescador y mira a qué hora sale a pescar!
El resultado de la confianza en el Maestro es sorprendente, la red está a punto de romperse, se debe recurrir a la ayuda de otros; la barca está sobrecargada y hay peligro de que se hunda. En este momento, Lucas introduce la reacción de Pedro y de los que han asistido al prodigio. Simón se echa a los pies de Jesús y declara la propia indignidad: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!” Es la reacción de todo ser humano que se encuentra con el Señor. Como Isaías en la primera lectura, también Pedro se siente pecador. No porque haya llevado una vida inmoral hasta aquel momento sino porque se ha dado cuenta de la distancia que lo separa de lo divino y confiesa la propia indignidad.
Lucas nos hace comprender después cuál es la misión a que hemos sido llamados, a ser pescadores de hombres. En la Biblia las aguas del mar son el símbolo del poder del mal, de las fuerzas que llevan a la muerte. Las personas que deber ser ‘pescadas’, es decir ayudadas a vivir, son aquellas que, si se sienten atrapadas por los vicios, a la merced de sus ídolos, de sus pasiones desenfrenadas, que solo saben hacer el mal a los otros y a ellas mismas.
Termina el relato subrayando el ministerio confiado a Pedro. Va a ser Pedro quien guía la barca hacia el lugar indicado, quien proclama su fe en el poder de la palabra del Señor, quien lo reconoce como Señor y a él es a quien se dirige la invitación a ser pescadores de hombres.
Pedro tiene una misión en la Iglesia, la de escuchar con atención la Palabra del Señor y dirigirse después, junto a los otros discípulos, no donde la experiencia y la habilidad profesional le sugieren ir sino allí donde el Maestro les indica, a pesar de que muchas veces parece que no es el camino adecuado.
Jesús María Amatria, CMF.

