SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA – AÑO C
Evangelio: Lucas 9,28b-36
Lucas sitúa el episodio de la Transfiguración que hoy leemos, ocho días después de que Jesús hubiera hecho el dramático anuncio de su Pasión, muerte y Resurrección, tras la confesión mesiánica de Pedro. También ocho días después de haber presentado las condiciones para quien quiera seguirlo: “niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día”. El octavo día tiene para los cristianos un significado preciso: es el día después del sábado, el «Día del Señor», el día en que la comunidad se reúne para escuchar la Palabra y partir el Pan.
Esto es lo que nos quiere transmitir Lucas, nosotros los cristianos cada Domingo nos reunimos para celebrar la Eucaristía subimos “a la montaña”, contemplamos el rostro transfigurado del Señor, es decir, a Jesús Resucitado, comprendemos en la fe que el camino de cuaresma no termina en la Cruz y escuchamos la Palabra de Dios que nos dice una vez más, “¡Escúchenlo!”.
Solo el evangelista Lucas especifica la razón por la que Jesús sube a la montaña: para orar. En Lucas, Jesús solía dedicar mucho tiempo a la oración. Es en el desierto, lo veíamos el domingo pasado cuando Jesús se da cuenta de que ha sido llamado a salvar a los hombres no a través del triunfo sino de la derrota. Es comprensible, pues, que Él se interrogue sobre el camino que el Padre quiere que recorra. Por esto “subió a una montaña para orar” Durante la oración su rostro “cambió de aspecto”. La luz sobre el rostro de Jesús indica que, durante la oración, ha comprendido y hecho suyo el proyecto del Padre; ha comprendido que su sacrificio no terminaría con la derrota sino con la gloria de la Resurrección.
Durante la experiencia espiritual de Jesús, aparecen dos personajes, Moisés y Elías. Son el símbolo de la Ley y de los profetas y representan al Antiguo Testamento. Todos los libros sagrados de Israel tienen como objetivo conducirnos a dialogar con Jesús, están orientados hacia Él. Sin Jesús, el Antiguo Testamento es incomprensible, pero también Jesús, sin el Antiguo Testamento, permanece en un misterio. solamente Lucas recuerda el tema de su diálogo con Jesús: hablaban de su éxodo, es decir del paso de este mundo al Padre.
Los tres discípulos, Pedro Santiago y Juan, no comprenden nada de lo que está sucediendo. Son invadidos por el sueño. El sueño es frecuentemente usado por los autores bíblicos en sentido simbólico. Durante “el sueño” de Adán es creada la mujer (cf. Gén 2,21); cuando “la modorra” se apodera de Abrahán, el Señor establece un pacto con él (primera lectura de hoy). En el N.T. vemos también como Dios habla a José en sueños.
Las tres tiendas quizás indiquen el deseo de Pedro de quedarse para perpetuar la alegría experimentada en un momento de intensa oración con el Maestro. Sabemos, sin embargo, que la escucha de la palabra de Dios no lo es todo. No se puede uno pasar toda la vida en la iglesia, es necesario salir para encontrarse y servir a los hermanos, ayudar a quien sufre, acercarnos a quienes tienen necesidad de amor. Después de haber descubierto en la oración la senda a recorrer, hay que ponerse a caminar con Jesús que sube a Jerusalén para dar la vida.
La nube indica, según el lenguaje bíblico, la presencia invisible de Dios. De la nube sale una voz es la interpretación de Dios de todo lo que le ocurrirá a Jesús. Para los hombres será un derrotado, para el Padre será el Elegido, el Siervo Fiel en quien se complace.
Al término del episodio, Jesús se queda solo. Y los discípulos “guardaron silencio y, por entonces, no contaron a nadie lo que habían visto”. Nosotros hoy, saliendo de nuestras iglesias, podemos, por el contrario, anunciar a todos lo que la fe nos ha hecho comprender: quien da la vida por amor entra en la gloria de Dios.
Jesús María Amatria, CMF.

