No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.
El recuerdo de la ejecución de Jesús estaba todavía muy reciente. Por las comunidades cristianas circulaban diversas versiones de su Pasión. Todos sabían que era peligroso seguir a alguien que había terminado tan mal. Se recordaba una frase de Jesús: «El discípulo no está por encima de su maestro». Si a él le han llamado Belcebú, ¿qué no dirán de sus seguidores? Jesús no quería que sus discípulos se hicieran falsas ilusiones. Nadie puede pretender seguirle de verdad, sin compartir de alguna manera su suerte. En algún momento, alguien lo rechazará, maltratará, insultará o condenará. ¿Qué hay que hacer?
La respuesta le sale a Jesús desde dentro: «No les tengan miedo». Pues la predicación del Reino de Dios enfrenta a quien se dedica a esa tarea, con situaciones muy peligrosas. El reinado de Dios es un asunto que da miedo, porque es origen y fuente de situaciones muy peligrosas. Que Dios va a ser de verdad Rey, que va a ser el que mandará y cuya voluntad se impondrá en la conciencia de los ciudadanos, eso es, que se toma en serio y se acepta firmemente, resulta ser la más grave de todas las amenazas -especialmente en este tiempo de elecciones en nuestro país-, para quienes tienen el poder y con el poder se imponen a los demás. El reinado de Dios es un anuncio que da miedo a los que tienen el poder y no están dispuestos a dejarlo. Basta pensar que, si el que manda es Dios y su voluntad se impone, pierden todas sus fuerzas todos los que nos someten y nos imponen su voluntad.
En definitiva, lo que Jesús está diciendo es que, cuando se predica el Reino, pero no se transmite de manera que no da miedo predicarlo, entonces hay que preguntarse si realmente lo que anunciamos es el Reino de Dios o es otra cosa, que se puede parecer al anuncio del Reino, pero que en realidad no lo es. Si el Reino de Dios se anuncia con impunidad y hasta con aceptación y aplauso, entonces hay que preguntarse si lo que se anuncia es o no realmente el Reino de Dios. Por ejemplo, puede ocurrir que se anuncie y propague la religiosidad, la piedad, la devoción, la sumisión a la Iglesia…, lo que sea. Pero no el Reino de Dios. El Evangelio es así. Jesús (con su Evangelio) es bondad, es misericordia, es perdón, es libertad. Pero, si es que aceptamos a Jesús (con su Evangelio), ¿vamos a seguir indiferentes ante tanto sufrimiento, tanta injusticia, tanta codicia, tanto escándalo, tanto robo, impunidad, indiferencia…, como lo estamos viendo, viviendo y soportando? ¡Que el Señor nos dé luz y fuerza para vivir, en esta sociedad dominicana y en este mundo, tal como son la luz y la vida del Reino que anunció el mismo Jesús!
Jesús les va a explicar cómo han de situarse ante la persecución. Con él ha comenzado ya la revelación de la Buena Noticia de Dios. Deben confiar. Lo que todavía está «encubierto» y «escondido» a muchos, un día les será patente: conocerán el Misterio de Dios, su amor al ser humano y su proyecto de una vida más feliz para todos.
Los seguidores de Jesús están llamados a tomar parte activa desde ahora en ese proceso de revelación: «Lo que yo les digo de noche, decidlo en pleno día». Lo que les explica al anochecer, antes de retirarse a descansar, lo tienen que comunicar sin miedo «en pleno día». «Lo que yo les digo al oído, pregónenlo desde los tejados». Lo que les susurra al oído para que penetre bien en su corazón, lo tienen que hacer público.
Jesús insiste en que no tengan miedo. «Quien se pone de mi parte», nada ha de temer. El último juicio será para él una sorpresa gozosa. El juez será «mi Padre del cielo», el que los ama sin fin. El defensor seré yo mismo, que «me pondré de su parte». ¿Quién puede infundirnos más esperanza en medio de las pruebas?
Jesús imaginaba a sus seguidores como un grupo de creyentes que saben «ponerse de su parte» sin miedo. Una comunidad de seguidores de Jesús debe ser, ante todo, un lugar donde la gente se libera de sus miedos y aprende a vivir confiando en Dios. Una comunidad donde se respira una paz contagiosa y se vive una amistad entrañable, que hace posible escuchar hoy, la llamada de Jesús a vivir en confianza. ¿Por qué somos tan poco libres para abrir nuevos caminos más fieles a Jesús? ¿Por qué no nos atrevemos a plantear de manera sencilla, clara y concreta lo esencial del evangelio?
Necesitamos detenernos en experimentar a Dios sólo como amor. Todo lo que nace de él es amor. De él sólo nos llega vida, paz y bien. Dios sólo me pide que aprenda amar. Nunca estaré solo. Todos «vivimos, nos movemos y existimos» en Dios. El será siempre esa presencia comprensiva y exigente que necesito, esa mano fuerte que me sostendrá en la debilidad, esa luz que me guiará por sus caminos. Un día, cuando termine mi peregrinación por este mundo, conoceré junto a Dios la paz y el descanso, la vida y la libertad.
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

