El final del discurso de Jesús a sus apóstoles sobre la misión a la que los envía es un texto muy complicado de entender. Porque plantea el problema de la familia. Los evangelios enseñan el amor que se ha de tener a la familia (Mt 15, 3-6; Mc 7, 8-13). Pero también encontramos hechos y dichos de Jesús que indican lo contrario. Cuando Jesús recibió el bautismo por Juan, se dedicó a anunciar el Reino de Dios, y lo primero que hizo fue abandonar su familia, su casa y su pueblo, para vivir como profeta por los caminos y aldeas de Galilea. Sus parientes decían que estaba loco (Mc 3,21) y cuando fue a su pueblo (Nazaret) por primera vez, se dio cuenta de que su familia “lo despreciaba” (Mc 6,4) y vio que sus paisanos “no creían” en él (Mc 6,6). En todo caso, es seguro que Jesús anteponía la comunidad de discípulos a su madre y hermanos (Mc 31-35). Pero lo más fuerte es cuando dice que él “no ha venido a traer paz, sino espadas”, hasta “enemistar al hombre con su padre, a la hija con la madre…” (Mt 10, 14), llegando a decir que hay que “odiar”, “aborrecer”, a los parientes ante la decisión de seguirle a él (Mt 10, 37).
Jesús nos dice: “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado” (Mt 10, 40). Lo primero en la vida no es mantener el modelo de “familia patriarcal” de la Antigüedad. Lo primero en la vida es “recibir al otro. Porque, en el otro, a quien recibimos es a Jesús. Y en Jesús, al Padre. Recibir a alguien es vivir “la relación pura” que se basa en la comunicación, de manera que lo esencial es entender el punto de vista del otro.
«El que quiera a su padre o a su madre…». Con frecuencia, los creyentes hemos defendido la «familia» en abstracto, sin detenernos a reflexionar sobre el contenido concreto de un proyecto familiar entendido y vivido desde el evangelio. Hay familias abiertas al servicio de la sociedad y familias replegadas sobre sus propios intereses. Familias que educan en el egoísmo y familias que enseñan solidaridad. Familias liberadoras y familias opresoras. Lo decisivo no es la familia de carne, sino esa gran familia que hemos de construir, entre todos sus hijos e hijas, colaborando con Jesús en abrir caminos al reinado del Padre. Por eso, si la familia se convierte en obstáculo para seguir a Jesús en este proyecto, Jesús exigirá la ruptura y el abandono de esa relación familiar: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí». Cuando la familia impide la solidaridad y fraternidad con los demás y no deja a sus miembros trabajar por la justicia querida por Dios entre los hombres, Jesús exige una libertad crítica, aunque ello traiga consigo conflictos y tensiones familiares. ¿Son nuestros hogares una escuela de valores evangélicos como la fraternidad, la búsqueda responsable de una sociedad más justa, la austeridad, el servicio, la oración, el perdón?
«Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí». Uno de los mayores riesgos del cristianismo actual, es ir pasando poco a poco de la «religión de la Cruz» a una «religión del bienestar». Cristo hace gozar y hace sufrir, consuela e inquieta, apoya y contradice. Sólo así es camino, verdad y vida.
Creer en un Dios Salvador que, desde ahora y sin esperar al más allá, busca liberamos de lo que nos hace daño, no debe llevarnos a entender la fe cristiana como una religión de uso privado al servicio de los propios problemas y sufrimientos. El Dios de Jesucristo nos pone siempre de cara al que sufre. El evangelio no centra a la persona en su propio sufrimiento sino en el de los otros. Sólo así se vive la fe como experiencia de salvación. En la fe como en el amor todo suele andar muy mezclado: la entrega confiada y el deseo de posesión, la generosidad y el egoísmo. Por eso, no debemos borrar del evangelio esas palabras de Jesús que, por duras que parezcan, nos ponen ante la verdad de nuestra fe: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí la encontrará».
«El que dé a beber». Hemos oído decir, con frecuencia, que amar es dar. Pero ¿qué es dar? El gesto de dar es la expresión más rica de vitalidad, de fuerza, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en un grado muy modesto. Sólo el amor hace que la vida merezca ser vivida. Sólo la ayuda a los demás procura la gran alegría de vivir.
Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, sólo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás y enriquecer a otros. Todos necesitamos escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin recompensa, ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a dar; regalar lo que está vivo en nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, nuestra comprensión, aliento, esperanza, acogida y cercanía. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor por pequeño que nos pueda parecer. Se llama Dios nuestro Padre.
Fuentesː Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

