CONFIAR EN DIOS CON EL CORAZÓN
Tanto amó Dios al mundo…
La pregunta de fondo es: ¿Qué nos viene a decir el misterio de la Trinidad? El evangelio nos dice: Dios (el Padre) nos ha querido tanto, que nos mandó a su Hijo (Jesús), para que, por la fuerza del Espíritu, podamos alcanzar nuestra propia humanidad, ser buenos y honrados de verdad, perder el miedo a la bondad y a la ternura. Porque solo eso es lo que puede arreglar este mundo tan desquiciado. Necesitamos a Dios. Necesitamos a ese Dios que encontramos queriéndonos sin miedo. En el cariño mutuo lo encontramos a él.
La inmensa mayoría de los cristianos no sabe que al adorar a Dios como Trinidad estamos confesando que Dios, en su intimidad más profunda, es solo amor, acogida, ternura. El misterio del Padre es amor entrañable y perdón continuo. Nadie está excluido de su amor, a nadie le niega su perdón. El Padre nos ama y nos busca a cada uno de sus hijos e hijas, por caminos que sólo él conoce. Mira a todo ser humano con ternura infinita y profunda compasión. Esta es quizás, la conversión que más necesitan muchos cristianos: el paso progresivo de un Dios considerado como Poder a un Dios adorado gozosamente como Amor.
Nuestra actitud ante el Padre Dios ha de ser la confianza. No hemos de sentirnos tristes por nuestra vida, casi siempre tan mediocre, ni desalentarnos al descubrir que hemos vivido durante años alejados de ese Padre. Podemos abandonarnos a él con sencillez. Nuestra poca fe basta.
Dios es Trinidad, es un misterio de Amor. Y su omnipotencia es la omnipotencia de quien solo es amor, ternura insondable e infinita. Es el amor de Dios el que es omnipotente. Dios no lo puede todo. Dios no puede, sino lo que puede el amor infinito. Y siempre que lo olvidamos y nos salimos de la esfera del amor, nos fabricamos un Dios falso, una especie de ídolo extraño que no existe.
Cuando todavía no hemos descubierto que Dios es solo Amor, fácilmente nos relacionamos con él desde el interés o el miedo. Un interés que nos mueve a utilizar su omnipotencia para nuestro provecho. O un miedo que nos lleva a buscar toda clase de medios para defendernos de su poder amenazador. Pero esta religión hecha de interés y de miedos está más cerca de la magia que de la verdadera fe cristiana.
Es cuando uno intuye desde la fe que Dios es solo Amor, y descubre fascinado que no puede ser otra cosa sino Amor, presente y palpitante en lo más hondo de nuestra vida, que comienza a crecer libremente en nuestro corazón, la confianza en un Dios Trinidad, del que lo único que sabemos por Jesús, es que no puede sino amarnos.
Jesús nos invita a la confianza. Estas son sus palabras: “No vivan con el corazón turbado. Crean en Dios. Crean también en mí”. Jesús es el vivo retrato del Padre. En sus palabras estamos escuchando lo que nos dice el Padre. En sus gestos y su modo de actuar, entregado totalmente a hacer la vida más humana, se nos descubre cómo nos quiere Dios.
En Jesús podemos encontrarnos, en cualquier situación, con un Dios concreto, amigo y cercano. Él pone paz en nuestra vida. Nos hace pasar del miedo a la confianza, del recelo a la fe sencilla en el misterio último de la vida que es solo Amor.
Jesús nos enseña a vivir una docilidad incondicional. Es bueno vivir atentos a la voluntad de ese Padre, pues sólo quiere una vida más digna para todos. No hay una manera de vivir más sana y acertada. Esta es la motivación secreta de quien vive ante el misterio de la realidad, desde la fe en un Dios Padre. Para vivir con el Hijo de Dios encarnado es necesario: conocerlo, creerle, sintonizar con él, aprender a vivir siguiendo sus pasos. Mirar la vida como la miraba él; tratar a las personas como él las trataba; sembrar signos de bondad y de libertad creadora como hacía él. Vivir haciendo la vida más humana.
En este tiempo de desolación, acoger el Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús, es acoger dentro de nosotros la presencia invisible, callada, pero real del misterio de Dios. Cuando nos hacemos conscientes de esta presencia continua, comienza a despertarse en nosotros una confianza nueva en Dios.
Nuestra vida es frágil, llena de contradicciones e incertidumbre: creyentes y no creyentes, vivimos rodeados de misterio. Pero la presencia, también misteriosa del Espíritu en nosotros, aunque débil, es suficiente para sostener nuestra confianza en el Misterio último de la vida que es solo Amor. Lo esencial es vivirlo todo con amor y desde el amor. El amor es la fuerza que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. Es el amor el que nos salva de tantas torpezas, errores y miserias.
Y quien se siente “ungido por el Espíritu de Dios” se siente enviado de manera especial a anunciar a los pobres la Buena Noticia. Su vida tiene fuerza liberadora para los cautivos; pone luz en quienes viven ciegos; es un regalo para quienes se sienten desgraciados y excluidos de la sociedad.
Fuente: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

