Evangelio: Marcos 3,20-35
“¿Quién es este? es la pregunta que, desde el principio del evangelio de Marcos, todos se preguntan acerca de Jesús. ¿Quién es este hombre que echa afuera demonios, enseña con autoridad, acaricia a los leprosos, se sienta a la mesa con los pecadores, no practica el ayuno, rompe el precepto del sábado y tiene valentía para desafiar a los escribas y fariseos “que lo miran con indignación”?
En el pasaje que la liturgia nos ofrece en el día de hoy tenemos dos interpretaciones de la identidad de Jesús. La primera es la de los miembros de la familia y la segunda es la formulada por una delegación de escribas, probablemente enviados por el Sanedrín de Jerusalén a pedirle cuentas.
Hacía ya varios meses que Jesús había dejado Nazaret y recorría Galilea. A Nazaret habían llegado informes contradictorios sobre sus actividades. Algunos hablaban con entusiasmo, otros, los más, ponían objeciones y estaban desconcertados. Ahora todos se han dado cuenta de que su mensaje no está en sintonía con la doctrina oficial de los escribas y fariseos, y que su comportamiento no se ajusta a las tradiciones sagradas de los antiguos. Alguien comienza a llamarlo loco y herético.
Cuando la madre, los hermanos y hermanas vienen a Cafarnaúm Jesús se encuentra en casa, en medio de un círculo de personas. Ellos no entran, quieren hablar con Él y piden que salga afuera. El “dentro y fuera” adquiere un valor teológico: hay una clara distinción entre los hermanos, hermanas y madre de antes y los de ahora. Los familiares “que se quedan afuera” representan, en la intención de Marcos, el antiguo Israel. Con razón, el evangelista no menciona a María por su nombre, sino que simplemente la llama “madre”, porque la considera el símbolo de la “mujer Israel”, del pueblo del que nació el Salvador.
Jesús invita a todos a entrar y a aceptar lo que supone pertenecer a una nueva familia, la nueva madre de Israel, la comunidad cristiana. Hay que sentarse alrededor de Jesús, como hermanos y hermanas, y dejarse mirar por Él, escuchar su Palabra y estar disponibles para el Señor, para “hacer la voluntad de su Padre del cielo”.
En la parte central del texto, insertada entre la partida y la llegada de los familiares, se introduce el segundo grupo, los escribas. Estos tienen ya formada su opinión acerca de Jesús y la propagan entre la gente. Afirman que es un hombre poseído y que realiza curaciones porque lo hace en nombre de Belcebú, el príncipe de los demonios.
A las acusaciones de los escribas Jesús responde con un argumento que nos permita discernir quién trabaja en nombre de Dios y quién está del lado del mal. El que trabaja en nombre de Dios es el que busca el bien para la vida humana. Es fácil para Jesús probar que sus obras son de Dios, porque devuelve la vida. Sus acciones son, por lo tanto, incompatibles con los diseños de Satanás. El que trabaja a favor del hombre, sana a los enfermos, da pan al que tiene hambre, sea creyente o no; son acciones que solo pueden ser animadas por el Espíritu de Dios.
Concluyendo su propia defensa, Jesús hace una afirmación solemne: “Todos los pecados serán perdonados, excepto la blasfemia contra el Espíritu” Blasfema contra el Espíritu Santo el que se aleja de Jesús y de su Evangelio porque cree que indican caminos de muerte.
Jesús María Amatria, cmf.

