Yo estoy con ustedes todos los días…
La fiesta de la Ascensión del Señor se suele explicar, a partir del relato del libro de los Hechos 1, 9-11, como exaltación a las alturas de la gloria o elevación a los cielos. La Ascensión es un desplazamiento de “lo terrenal” a “lo celestial”, del ámbito de “lo humano” al de “lo divino”. Al final del evangelio de Mateo, centra su atención en la universalización de lo cristiano. Y resalta en Mt. 28, 18. “Se le ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”.
En asunto de “religión”, las pretensiones de universalidad se traducen inevitablemente en violencia, divisiones, enfrentamientos, conflictos, deseos de dominación y prepotencia. Un “dios”, que pretende ser universal, y por eso mismo pretende igualmente anular a los demás “dioses”, frutos de culturas milenarias y constitutivas de la identidad de millones de seres humanos. ¿No sería más razonable entender y vivir la experiencia religiosa como la entendió y la vivió el Jesús terreno? ¿No sería más lógico vivir la fe en Jesús, como fe en la bondad, el respeto, la tolerancia, en la ayuda de todos para todos, sean cuales sean las formas concretas de creencias y prácticas religiosas que cada pueblo y cada cultura vive en concreto en este momento de dificultad?
La Ascensión es para el creyente una llamada a «seguir esperando» a pesar de las decepciones, desengaños y desalientos que amenazan de continuo nuestro caminar hacia el hogar definitivo. En este momento de crisis podemos sentir una doble tentación: o bien desistir de la marcha porque el camino nos resulta demasiado fatigoso, o bien anticipar la llegada a la meta porque el camino se nos hace demasiado largo.
La Ascensión es un buen día para escuchar la exhortación de la Carta de Santiago: «Tengan paciencia hasta que llegue el día del Señor». Hoy se habla poco de la paciencia. Tenemos miedo de caer en una postura de resignación o debilidad, indigna del ser humano. Olvidamos que, según S. Pablo, la paciencia engendra esperanza (Rom 5, 4).
La paciencia no consiste en adoptar una postura de «dimisión» ante la vida. Al contrario, el hombre paciente resiste activamente a las adversidades, manteniendo un espíritu firme y fuerte ante el desgaste de los años. Hemos de recordar, sobre todo en nuestros días, que la paciencia se opone a esa prisa y ansiedad que nos hacen vivir inquietos y agitados, siempre corriendo, aunque no sepamos muy bien hacia donde.
Hemos de aprender a respetar el ritmo de la vida. Cada cosa tiene su tiempo. Es una insensatez estirar el tallo de una planta para acelerar su crecimiento. Lo inteligente es regar bien la vida y saber esperar. Tener paciencia con nosotros mismos y con el caminar de la historia. Es peligrosa «la huida hacia adelante» del impaciente, que adopta siempre las posiciones que cree más avanzadas, sólo para sacudirse de encima el pasado, que se casa cuanto antes sólo por alejarse del hogar paterno, o que busca un nuevo amor sólo por olvidar su anterior fracaso amoroso.
Hemos de aprender a recorrer pacientemente nuestro propio camino, único y original. Con sus gozos y sus tristezas, sus logros, sus fracasos, sus momentos buenos y sus momentos malos. Recordemos los versos llenos de fe y de verdad de León Felipe. «Nadie fue ayer ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios, por este camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol, y un camino virgen. Dios». En ese caminar, los creyentes sabemos que no estamos solos. Nos acompaña el Resucitado. Su presencia nos sostiene, sus palabras nos llenan de nuevo aliento: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo».
Hoy, en nuestra sociedad dominicana y en el mundo, está creciendo el desencanto, la tristeza y hasta el miedo ante el futuro. A lo largo de la vida vemos tantos sufrimientos absurdos en las personas y en los pueblos, tanta injusticia y abuso, tantas guerras y miserias, que no es fácil mantener la esperanza. El ser humano ha logrado resolver muchos males y sufrimientos valiéndose de la ciencia y de la técnica, pero aún no intuimos la capacidad que se encierra en la mente humana, para desarrollar el bienestar físico, psíquico y social, mientras la historia, muy obstinada, sigue generando una y otra vez, sufrimiento, intolerancia, catástrofe, epidemias, guerras, enfermedades y muerte.
El cristiano puede vivir lleno de dudas e incertidumbres, pero vislumbra dónde está la salvación final. El amor es la experiencia más honda y plena del ser humano. Poder amar y poder ser amado de manera íntima, plena, libre y total: ésa es la aspiración más radical que espera cumplimiento pleno. Si el cielo es algo, ha de ser experiencia plena del amor: amar y ser amados, conocer la comunión gozosa con Dios y con las criaturas, experimentar el gusto de la amistad y el éxtasis del amor en todas sus dimensiones. Pues donde se goza el amor nace la fiesta. Es la fiesta del amor reconciliador de Dios. La fiesta de una creación sin muerte, rupturas ni dolor; la fiesta de la amistad entre todos los pueblos, razas, religiones y culturas; la fiesta de las almas y de los cuerpos; la plenitud de la creatividad y de la belleza; el gozo de la libertad total.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

