ESTEN SIEMPRE ALEGRES, EL SEÑOR ESTÁ CERCA
Apreciados amigos, hoy ya entramos a la tercera semana de Adviento y éste, de manera especial, nos llama a la alegría. Pues ya llega el advenimiento de Jesús y es un momento para desprendernos de todo lo que nos ata, y compartir lo que somos y tenemos. Que ahora, más que nunca, alejemos la tristeza de nuestras vidas, pues solos no estamos y justamente el Señor que viene, es la fuente de nuestra alegría y con él podemos mantener la esperanza de que un mundo más justo y humano sea posible. Nuestro Dios es fiel y no nos deja solos.
Hoy necesitamos estar atentos a la escucha y para ello necesitamos abrir los ojos y el corazón, para así detenernos y poder analizar nuestras vidas. Por eso, te invito en este domingo hacerte una pregunta: ¿Estoy siendo yo verdadero testigo del camino que conduce a Cristo? Algunos responderán que sí, otros no sé. Pero con tu testimonio de vida tú lo puedes ser. Como imitador del Bautista, tendrás clara nuestra propia identidad. Es por esa razón que él no miente, pues él no era la luz sino el testigo de la luz. Daba testimonio de ella, se dejaba inundar y llenar de esa luz que es Cristo Jesús.
En este tiempo de adviento debemos dejarnos llenar por la luz de Jesús y descubrir que la luz también brilla en el interior de nuestros corazones. Por eso, es necesario que él venga a nacer de nuevo para llenarnos de su amor. Y en el servicio a los hermanos, aunque veamos la tanta oscuridad que hoy rodea el mundo. Sentir muchas veces que nuestros esfuerzos, en esta cultura de consumo y de muerte, no se note mucho. Y aunque nuestro esfuerzo flaquee, es ahí donde más necesitamos confiar en Jesús. Porque de él podemos conseguir las fuerzas necesarias para que su luz brille en nosotros y lleguemos a todas partes.
Juan nos ayuda a no tener miedo al hablar de Dios en la vida cotidiana. Qué mejor manera que hacerlo como testigos del que viene o del que perdona nuestros pecados, del que nos liberta, del que puede desinstalar nuestros caprichos, limpiar el corazón del egoísmo para así lograr ser testigos alegres de Jesús. Te invito a que en este día prepares tu corazón y tu vida. Perdona, sé generoso, saca tiempo para la oración, a pesar de las dificultades, se agradecido por todo lo que hace nuestro Padre de amor.
Ya en el evangelio nos encontramos con Juan, quien ha invitado a la gente a la conversión, a un cambio radical y total de vida. Por eso la pregunta que le hacen es evidente; a todas él da respuesta: La solidaridad con las personas más necesitadas, compartir con los pobres, no dejarse contagiar con la corrupción, no chantajear ni extorsionar a nadie, no utilizar la violencia como mecanismo de defensa.
Él, en todo eso nos invita a ser hermanos. Pues la necesidad de provocar un cambio en aquella sociedad y en la nuestra es evidente, Cuántos hoy necesitan de nosotros sin embargo no les ofrecemos ayuda. Cuánto abuso de poder también se da en nuestra sociedad. Donde pisoteamos al que nada tiene.
Por eso, él nos llama a la conversión que trae consigo un compromiso de humanización, donde entendamos que la vida no es solo mía, sino también de mi hermano. Es aquí donde debemos aprender el arte de compartir. El saber que no somos dueños de las cosas sino administradores de ella. Que nadie se lleva nada de este mundo, que tu responsabilidad es guiar, conducir e iluminar a otros por el buen camino.
El bautismo de Espíritu nos hace hermanos y por ende, a través de este, Jesús nos ha vuelto creaturas nuevas; por eso debemos vivir según la voluntad de Dios. Como bautizados tenemos la responsabilidad de mantenernos fieles a Dios, mantener una escucha activa de su palabra, ser acogedores y atrayentes de muchos que hoy se han alejado. No olvidemos las palabras de Juan el Bautista que nos recuerda que Jesús viene para salvarnos, para llenarnos de su espíritu santo, para darnos vida. Por eso quiere que nos alejemos del pecado y que vivamos siempre en gracia.
Que en este día podamos experimentar el gozo y la alegría de sentirnos amados y transformados por ese Dios de amor que hoy llega a tu vida y te pide que confíes en él. Pues él es el único que puede ayudar. Pues Dios premia a los corazones que son generosos con los necesitados Señor, dame la gracia de compartir todo lo que tenga con cada hermano necesitado y mirar que en cada rostro hay un Jesús.
Hermanos, cuántos de nosotros hoy nos hemos encerrado en nuestros propios miedos. Miedos que no nos permiten ir más allá, ni confiar plenamente en el que nos puede ayudar y más ahora en que esta enfermedad ha cobrado auge otra vez, con esta nueva variante llamada Ómicron. Y en la que muchos desaprensivos andan como si nada, olvidan que muchos lo han perdido todo, trabajos, amigos y familiares. Y con miedo a contagiarse, porque a su edad y sus tantos años, se pueden ver afectados por esto. Pero no solo tenemos miedo a esta enfermedad, sino a cualquier otra que se nos pueda presentar. Miedo a estar solos, a la delincuencia que tanto nos afecta, a las responsabilidades, al compromiso duradero y la lista podría seguir.
Muchos de estos, son normales que los sintamos, pero hay otros que debemos presentarlos ante Nuestro Padre Dios. Para que Él nos ayude a sobrellevarlos y los destierre de nuestras vidas. Y podamos confiar plenamente en nuestro Padre de amor. Para que de esta manera nuestra vida pueda ser transformada, Si miras a tú alrededor podrías notar la gran desconfianza que hoy poseemos, Porque ya no sabemos identificar quien se acerca a nosotros para hacernos el bien o el mal, ni quien pide ayuda para su sustento o satisfacer sus vicios, y esas son cosas que también provocan que muchas veces ignoremos al hermano, y que no nos permiten que nos acerquemos a ellos.
En el contexto de este texto, vemos a la figura de Juan el Bautista, que a pesar de ser un testigo clave del tiempo de adviento, ha sido quien nos ha ayudado a buscar y madurar nuestra fe a lo largo del camino. Él y sus seguidores sienten dudas y por esa razón hacen tantas preguntas a Jesús. Estos seguidores esperaban con ansia al Señor que anunciaba, porque sabía que sus anhelos en él serían colmados. Juan no deja de simbolizar a todos aquellos que, con su testimonio, nos ayudan a preparar el camino del Señor.
Y Jesús sabiendo todo esto da una respuesta: que sean solidarios con los necesitados y que actúen de una forma justa. En pocas palabras, den testimonio de lo que han visto y oído. Pues Jesús es el Señor y no hay otro fuera de él; para demostrarlo hizo tantos milagros. Nosotros no podemos desilusionarnos de Jesús, porque las cosas no marchen como esperamos o porque lo que tú quieras no se dé a tu manera. Él siempre va más allá de lo que tú y yo podemos esperar. Él puede arrancar tus miedos, limpiar tus lepras, abrir tus ojos. Él es el único que puede curar todas tus necesidades, él solo te pide que confíes en ese amor que él tiene para cada uno de sus hijos.
Terminemos orando.
«La gracia más grande. Me la ha dado el Señor. Que ame a mi hermano. Con todo mi amor. Que hagas el bien. Al que necesita. Esa gracia hijo. Es la de Jesucristo. Pídele a Jesús. Con toda tu alma. Que te lleve al cielo. A gozar contigo. La Madre del cielo. Y todos los Ángeles. Amén».
«Tú eres mi Señor. Del cielo y la tierra. Éntrame, Señor. En tu corazón. Lo que yo más quiero. Estar a tu lado. Es que soy tu hijo. Yo me siento amado. Cógeme de manos. Porque yo iré. A donde tú vayas. Amén».
«Quiero que me llenes. De gozo Señor. Yo quiero alegrar. Hoy tú corazón. Quiero muchas rosas. Frescas y olorosas. Ponerla en tú pecho. Una flor hermosa. Aquí estoy Señor. Moviendo mis manos. Te digo que te amo. Siempre yo quisiera. Estar a tú lado. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

