Juan 2,1-12
La liturgia de hoy nos invita a sentir que la vida es una fiesta. Sin embargo, parece que lo que sentimos es un sentimiento opuesto, muchas carencias, mucha lucha, muchos problemas, mucha miseria. Hoy se nos afirma, sí, la vida es una fiesta. Tenemos que aprender a mirarla con ojos de fe, sólo así llegaremos a percibir lo que hace bella la vida.
Todos nosotros tenemos nuestros afanes y preocupaciones diarios; tenemos días de luto y muchos problemas; pero la realidad más profunda es que no estamos solos, que tenemos a Dios que nos invita a beber el vino de su Amor.
El texto del Evangelio que se nos propone es el de las Bodas de Caná. Es un relato que el evangelista ha dado mucha importancia. Con este signo que se narra los discípulos han creído y han dado su adhesión al Maestro y el relato del milagro termina con una expresión solemne que no aparece en ninguna otra parte del Nuevo Testamento: “Jesús manifestó su gloria”
Nos toca profundizar en el texto y su contexto para llegar a captar toda la riqueza de su mensaje. Estamos inmersos en la fiesta de bodas. En una aldea de Galilea se celebra una fiesta de bodas. Han llegado los invitados a pasar unos días felices.
Los profetas introducen el simbolismo conyugal para describir las relaciones de su pueblo con el Señor. El nombre ‘Israel’, en hebreo es femenino, por lo que Dios, dicen los profetas, es el esposo fiel mientras que Israel es la esposa que a menudo se deja seducir por los ídolos, entrega su amor a extranjeros.
Así declara Dios su amor por boca de los profetas: “La alegría que encuentra el esposo con su esposa la encontrará tu Dios contigo” (Is 62,5); “Voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón… Allí me responderá como en su juventud, como cuando salió de Egipto… Aquel día lo llamarás Esposo mío, ya no lo llamarás ídolo mío” (Os 2,16-18). En la primera de las lecturas de este segundo domingo del tiempo ordinario tenemos también un bonito texto del profeta Isaías. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el esposo con su esposa la encontrará tu Dios contigo.
Pero Juan constata que la felicidad se convierte en desilusión, se ha acabado el vino. Una situación lamentable, ¡tristeza general!
En tiempos de Jesús, Israel esperaba el reino de Dios, un reino descrito por los profetas como un “festín de manjares suculentos, de vinos añejados, manjares deliciosos, vinos deliciosos” (Is 25,6). Este reino, sin embargo, parece estar todavía muy lejos y el pueblo está triste como quien celebra una fiesta de bodas sin vino
Las bodas de Caná “sin vino” representan la condición triste del pueblo de Israel, desilusionado e insatisfecho, que ha substituido la atracción amorosa hacia el Señor por el cumplimiento de una serie de obligaciones. Este modo de relacionarse con Dios nunca ha producido alegría. Siempre produce sensaciones de culpa.
Juan coloca este ‘signo’ al comienzo de su evangelio porque es una síntesis de todo lo que Jesús hará a continuación. Él es el Esposo que celebrará sus bodas con la humanidad.
No ha llegado aún su hora porque está al comienzo de su vida pública. La fiesta solo ha comenzado, pero se encamina a su culminación cuando ‘llegue su hora’, cuando en el Calvario Jesús manifieste todo su Amor, dando la vida por su esposa; cuando de su costado abierto brote “sangre y agua”. En Caná, Jesús realiza solo un signo de lo que hará en la hora en que pase de este mundo al Padre, donará realmente el agua “que brota dando vida eterna”.
Jesús María Amatria, CMF.

